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Reseñas

La mujer que ayudó a cerrar cárcel de Gorgona, el Alcatraz colombiano

La mujer que ayudó a cerrar cárcel de Gorgona, el Alcatraz colombiano

No siempre la historia la enseñan como es. A Gorgona llegué en octubre de 2019 para certificarme como buzo profesional. Conocía su pasado. ‘No robe, no mate, no se vuelva mala. De lo contrario, la policía se la llevará a una isla rodeada de tiburones donde aprenderá que da más fuerza sentirse amado que sentirse fuerte’, me decían de pequeña. Entonces leía libros de historia para confirmar si tanta maldad había sido cierta. Lo fue.

Gorgona, a quien Diego de Almagro llegó en 1525 en uno de sus viajes al Perú y la bautizó con nombre de medusa griega por la cantidad de serpientes que allí viven, empezó a tejerse tras el Bogotazo de 1948 cuando los homicidios aumentaron por la violencia bipartidista y las cárceles fueron insuficientes. “¿Qué hacemos con la justicia?”, le preguntó el presidente Alberto Lleras Camargo a su consejero Bernardo Gaitán Mahecha. “Descentralizarla, señor presidente”, le respondió.

Había que liberar las ciudades de los peores criminales. ¿Qué mejor que ningunearlos en la mitad del mar? Las islas prisión estaban de moda. Alcatraz, en San Francisco (Estados Unidos); la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa; Presidio Modelo en isla de Pinos, en Cuba. ¿Por qué no? “Me acuerdo –le diría Mahecha a la historiadora y periodista Silvia Luz Gutiérrez– que se hizo una averiguación sobre las islas. Había muchas en el Atlántico, pero todas estaban habitadas. La única isla que no tenía habitantes y que se prestaba para eso era Gorgona, en el Pacífico”. La construyeron en 1960.

“Aquí quedaba la enfermería”, explican los guías guardaparques durante el recorrido turístico que dura un par de horas. “Los médicos venían de cuando en vez y los presos tenían que aguantar úlceras, fracturas, heridas. En épocas de lluvias proliferaban los hongos en manos, pies, genitales. Era tal el desespero que se lo curaban con ácido de batería y agua”.

“Y aquí quedaba la peor de las torturas”, continúan mientras señalan un hoyo profundo que ya no es. “La llamaban botellón. Era un embudo de cemento con un sifón en el piso en el que solo cabía el preso parado, desnudo, día y noche, al sol y al agua. Le arrojaban comida. Pero casi toda caía al piso. El sifón se tapaba y, como llovía mucho, el agua subía y sus excrementos también. Se les hinchaban los pies, les daban calambres”.

¿Hay alguien que haya entrevistado a quienes vivieron esto? “Una mujer”, me diría el guardaparques que deslizó en mi mano una USB con el PDF de ‘Gorgona, Isla prisión’, escrito por Cecilia de Robledo. “Hubo dos libros antes: ‘Gorgona, imagen y realidad’, escrito por el médico Carlos E. Restrepo, y ‘La prisión Gorgona, ¿paraíso o infierno?’, de Isaac Bello, el sacerdote. Los dos trabajaron aquí, pero eran funcionarios. Sabían, pero no podían decir. Cecilia jamás recibió un peso del Estado. Perdía credibilidad. Y los presos se lo confesaron todo”. ¿Confesar qué?

Por ejemplo, Álvaro Ernesto Arias Robledo había soportado meses entre el tal botellón. A los doce años se metió en drogas. “Los últimos años del colegio fui insoportable: allí hacía lo que no me dejaban hacer en casa. Soy dominante, pero, ante todo, no admito injusticia. Por eso me reboto y en un momento de esos no sé lo que hago”, le contó a Cecilia. “Aprovecho el calabozo para meditar y soy consciente de mis fallas. No temo a la muerte, pero quiero vivir (…)”. Cuando ella le preguntó qué sentía dentro de ese hoyo, le dijo: “Todo… angustia, rencor, ira, venganza, odio, casi locura. Pero cuando uno vuelve al patio lo respetan más. El botellón es para machos”.

Cecilia fue macha. “Cuando cierro la puerta de la alcoba en que vivo, esta se convierte en uno de esos calabozos en que abomino encontrar a los hombres y entiendo por qué ellos se someten voluntariamente al aislamiento (…). Aquí vuelvo a ser la señora respetada y querida de mi ciudad; la madre de tres hijos maravillosos, mi más grande orgullo, pero que jamás entenderán por qué estoy aquí y por qué dejé la ciudad tranquila donde tengo comodidades y querencias (…)”, cuenta en el libro.

Era una mujer con un temperamento recio, recta y perseverante. Cuando los hijos salimos de la casa, ella se sintió libre. A mi mamá nada la atajaba, nada le daba miedo. Antes de morir, nos dijo: ‘No quiero estar encerrada en un hueco oscuro’. Así que lanzamos sus cenizas al cañón del Combeima, uno de los sitios más bellos del Tolima”, diría Victoria, la mayor de los tres hijos.

¿Por qué se fue para Gorgona?

“Soy una persona que cree ciegamente en el destino. Uno nace con su vida escrita (…). Todo empezó en 1974, cuando el cura Noel Uribe trajo unas muestras de artesanías elaboradas por los reclusos de la isla prisión de Gorgona al almacén de promoción artesanal del Tolima, en Ibagué. Me di cuenta de que había una magnífica mano de obra, pero que carecían de diseño (…). Al mes me llegó una carta de un médico de Buenaventura invitándome a ser jurado de un concurso de exposición de artesanías del litoral Pacífico. Gorgona se había quedado en mi cabeza”, explicó Cecilia en su libro.

En Buenaventura conoció a un policía tolimense. Le mostró la carta del director de prisiones que se había conseguido para visitar la isla. Se embarcó a las cinco de la tarde en un buque de carga. Llevaba tres vestidos, cinco naranjas y sus útiles de aseo. “Mi objetivo era ayudarles a hacer artesanías, que las vendieran, que se sintieran útiles. De esa gente nadie se apiada, y el caído es el que más necesita que se le dé. En el segundo viaje quedó claro que todo lo que yo podía hacer eran pañitos tibios sobre un cáncer. Había que lograr como fuera que cerraran esa prisión”, le contaría muchos años después en una entrevista a José Luis Holguín, director de cine y fotógrafo.

“¿Meterle su vida a una isla que era el coco? Eso no lo hace nadie. De ella se me quedó una frase: los gobiernos están más preocupados por castigar y construir cárceles que son gallinitas de huevos de oro, corruptas y rentables, que por educar”, diría Holguín.

De padre bogotano y mamá tolimense, desde pequeña Cecilia cuestionó la autoridad. “Me metieron a un colegio de monjas y luego a uno particular. No me gustaban los uniformes. Creo que uniforman el alma y la mente, y uno no puede entregarle la libertad a nadie”, escribió. Se casó a los 18 años. “Me dediqué a los niños. Pero cuando los hijos entraron al colegio estudié Bellas Artes en la Universidad del Tolima”, dijo en la entrevista con Holguín.

Su forma de actuar en Gorgona la hizo ser respetada por los presos. La quisieron. La llamaron mamá Ceci. “Al principio, yo era un personaje gracioso para las autoridades. Decían que era una gitana porque andaba con faldas, pañoletas, gafas oscuras. Que había ido a buscar novio. Pero me volví un problema. No sabían cómo sacarme. Entonces llamaba al ministro de Justicia de entonces, Alberto Santofimio, a quien conocí de pequeño y le decía: ‘Mijito, ¿cuándo vienes a la isla?’ ”, le contaría Cecilia a Holguín.

Los diez años que vivió en Gorgona Cecilia los resumió en 355 páginas divididas en 56 pequeños capítulos con títulos como ‘Las fugas’, ‘El sexo’ y ‘La paloma mensajera’.

“Era consciente de que la causa no era fácil. Pedir misericordia y comprensión para los ‘malos’ a una sociedad que no se siente culpable de nada no dejaba de ser una utopía. Para la justicia, la prisión en Gorgona era un productivo negocio (…). Nuestra religión católica llega hasta la puerta de las cárceles. La real esperanza era la parte ecológica que por ese tiempo estaba despertando furor en todo el mundo”, escribiría una Cecilia preocupaba porque el 70 % de la isla había sido deforestada, pues semanalmente se usaban 10 toneladas de leña para cocinarle a más de mil personas.

La naturaleza fue su carta ganadora. En 1985, Belisario Betancur cerró una prisión en la que pagaron condena más de 4.000 presos. “Las batallas se ganan con inteligencia, razones y un poco de paciencia. Las armas son elementos de los bárbaros”, solía decir Cecilia, quien, junto con los científicos, logró argumentar el cierre del penal.

“Vine aquí por primera vez como ‘boy scout’ ”, me contaría Mateo López, 45 años, director del programa de Biología de la Universidad Javeriana en Cali y quien viene con frecuencia a la isla a investigar corales. “Gorgona es una barrera contra el cambio climático. Llueve tanto que la producción de aguas es inmensa: 75 quebradas en invierno. Hay especies únicas: el lagarto azul, el cangrejo pulmonado, los micos capuchinos cariblancos, varios peces. ¡Este es un pequeño Galápagos!” .

Cecilia sabía que para un futuro había que preservar el ambiente. Eso es lo bueno de revisar su historia, no solo de leerla, pues su legado quedó plasmado en la hoy abandonada prisión de Gorgona.
 

TOMADO DE ALEJANDRA DE VENGOECHEA*
Para EL TIEMPO* Periodista, autora de ‘Mujeres que dicen verdades’ y ‘La huella de José Alejandro Cortés Osorio’.


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