Reseñas

El escritor y sus demonios

Por Jair Villano

Especial para El Espectador

 

La mesita de noche de los buenos lectores suele estar abarrotada de libros. Nada más placentero que leer antes del sueño. Bueno, leer en sí mismo ya es un placer. 

En la mesita de noche suelen encontrarse libros de toda naturaleza: novedades, clásicos (de obligada relectura), divertimentos, piezas atípicas. O volúmenes amenos por lo entretenidos que son, los fluidos, lo informativos, lo instructivos y hasta lo cortos.

Ignoro si los lectores doctos tienen establecido un orden de lectura, digamos si un mes deciden regresar al siglo de oro, y luego devolverse al simbolismo francés, para más adelante leer la novela que le falta de la generación del beat y esa que estaba por fuera del Boom –como Zama o Paradiso– para poder hablar mal con los amigos o los estudiantes del Boom.  A mí me gusta leer por autor. Es decir, elijo uno y, si me gusta, hago lo posible por leer cuanto más pueda de su obra y luego informarme (reseñas, críticas, entrevistas) y sacar una conclusión escrita de lo suyo. Pero además me gusta transitar por libros que no tengan relación con la literatura, como ensayos, biografías de músicos excéntricos, teoría literaria y en general volúmenes que se salgan de la rutina novelesca pero que sean entretenidos.

 Pues bien: El escritor y sus demonios, es uno de ellos.

Me acuerdo que en la presentación de la segunda entrega (ah, sí, ya van dos) le escuché decir a alguien: “Sería bueno tenerlo, como para informarse de todo aquello”. José Luis Díaz Granados no necesita presentación, pero esa noche en la FILBO hablaba con singular vehemencia –bueno, yo no lo había visto en vivo y en directo–, decía que Shaw no se podía encontrar con Chesterton, que Lope de Vega blasfemó a Cervantes, que decir que los literatos son borrachos es un pleonasmo (así haya notables excepciones), que Zalamea es injustamente desconocido, que Rulfo y Reyes son dos antítesis geniales, etcétera.

El libro, sobrará decirlo, da cuento de ello, esto es, textos de no más de cinco páginas en los que el autor esboza una opinión  sobre uno de esos asuntos que tanto nos atraen a los que nos dedicamos a este oficio. 

Y entonces encontramos lo que creen los grandes sobre cuestiones aparentemente bizantinas, pero siempre inquietantes. Sobre la razón por la cual se escribe y sobre la respuesta de los escritores, Díaz Granados dice: “Realmente son pocas las respuestas luminosas (o ingeniosas) y muchas las tonterías (o tomaduras de pelo). De todas maneras, sinceras o postizas, las respuestas reflejan la personalidad de cada autor”. Y pasa a citar lo dicho por Roa Bastos, Beckett, Kundera (esta me encantó: “por el placer de contradecir” y “la felicidad de estar contra todos”), Onetti, Cortázar, Sartre, Hemingway, entre otros.

 No sabemos de dónde salen los datos, pero eso no le resta la importancia. Como él mismo lo dice, en otro interesante texto, “a veces el plagio supera lo plagiado” y pasa a ocuparse de eso –la imitación – en los autores y recuerda caso célebres como el del Poema 16 de Neruda (de los 20 poemas de amor) y el 30 de El jardinero de Radindranath Tagore. Ambos muy parecidos, pero (ya endulzado el café) más bonita la paráfrasis. O aquel ilustrísimo de Barba-Jacob –“Hay días que somos tan móviles, tan móviles…”– con unos versos de Alberto Samaín. 

 A veces es más informativo, como cuando sostiene que Uruguay es el país de las mujeres poetas, y uno que sabe algo de Quiroga, Felisberto, Onetti, se educa cuando encuentra referentes como María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini, Juana de Ibarbouru, Sara de Ibáñez, Clara Silva y muchas más. (Carmiña Navia estaría encantada).

También es anecdótico  y recuerda su relación de amistad con Gabo, y habla de las supersticiones y paranoias de algunos escritores como Flaubert y Juan Ramón Jiménez.

 En otros pasajes se pone triste y recuerda los casos célebres de rechazos a grandes obras, y hace quedar mal a André Gide, el editor que descartó a Proust, o a Virginia Woolf, por desechar uno de los primeros borradores del Ulises de Joyce. Y hablando de Joyce, recuerda que Nora, su esposa, decía sobre esa obra cumbre de la narrativa moderna que era “una cochinada”. (Y uno dizque quejándose porque a la enamorada no le gustan los poemas que de sus efluvios surgen).

 Díaz Granados no desaprovecha para reconocer el trabajo de colegas a los cuales les tiene respeto y/o afecto (no se sabe), y valora el trasegar de figuras como Juan Filloy, Darío Fo, Borges, Daniel Chavarría, Jorge Enrique Adoum,  Saramago y, por Colombia, poetas como Mario Rivero, María Mercedes Carranza, Luis Vidales,  etcétera, etcétera.

 Con algo de picardía reconoce que en todos los libros hay erratas y habla del diablillo de la imprenta y de casos famosos y jocosos. Como escritor que es, sabe lo doloroso que son las mismas: “La errata es la mayor tortura que puede padecer un escritor. Nadie como él puede sentir el desequilibrio absoluto de su sistema nervioso, de su cerebro y de su corazón, a causa de un cambio o supresión de letra, palabra o frase por algo que deforme o confunda lo que quiso decir en su escrito”.

Totalmente de acuerdo. Nada más terrible. De hecho, en sus libros encontré algunas. Pero él mismo resuelve: “No suframos, pues, por las erratas, pues ellas son inevitables. Algunas son positivas, otras nos divierten y las nefastas, terminan convirtiéndose en anécdotas”.

Y en es que el libro eso: un agradable anecdotario que demuestra el vasto conocimiento de un referente del ayer y el hoy de las letras colombianas.