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¡A leer juntos!: 'Los tiempos del encierro' Capítulos 5 y 6

¡A leer juntos!: 'Los tiempos del encierro' Capítulos 5 y 6

Capítulo 5

No eran pocos eventos los que podían hacerse dentro de la casa. Descubríamos un nuevo mundo, aunque era viejo, pero hasta ahora nos percatábamos de tantas cosas, como por ejemplo recorrer la tierra desde los google maps y examinar las ciudades amadas que un día nos alojaron en el tránsito alegre de los viajes. Desde los satélites no resultaba difícil volver a las calles de París o a las de Barcelona, las de Madrid o Roma, donde el interminable desfile de los muertos camino al crematorio, recordaban los campos nazi de concentración y regresaban con su visión de espanto de otros años. Quise alejarme pronto y al voltear la mirada me detuve en Islandia con curiosidad, convirtiendo en propicio ese momento para ir a conocerla. Solo sabía de ella por el descubrimiento que hicieron los vikingos y me enteré otro día por una serie proyectada en Neflix. Allí me olvidaba del ángel de la muerte recorriendo el globo y me convertía en un turista privilegiado sin hacer tantas caminatas ni alcanzar la fatiga. Entre tanto escuchaba por la radio las quejas de los hoteleros al borde de la quiebra, los reclamos de las familias de artistas que vivían del diario hacer y no le censuraba a la India que cogieran a fuete a los desobedientes.

Lea aquí Capítulo 1 y 2

Sabiendo a la familia segura por sus casas o sus apartamentos, la angustia se iba ahora por Lyda, la hija de Chuchito a quien conocía desde pequeña, que estaba a la deriva en un crucero no sabía por qué mares. Imaginaba su zozobra cuando los puertos de buena parte de países le cerraron las puertas a los barcos. Nada de ancladeros condenándolos a vagar por el infierno de la espera inclemente. El miedo a que tuvieran el virus y desembarcaran a infectar, provocó un desdén inusitado como el de los leprosos en la henchida Edad Media. Cerré los ojos pidiendo al universo le brindara energía y me quedé a la espera de los nuevos detalles. 

Capítulo 6

Nosotros en la casa somos tan sólo tres o cuatro, si contamos el perro. Si bien es cierto nos asaltaba por ratos el miedo, sobre todo a la hora del desayuno o los almuerzos donde nos encontrábamos, buscamos la forma de no dejarnos invadir por la incertidumbre y mantener la calma. Durante el día cada quien a su oficio. María José recibía clases virtuales de su universidad desde las ocho de la mañana hasta las doce y por la tarde una o dos horas más manteniéndose absorta. Luego, como hacía siempre antes de irse a Bogotá, cerraba la puerta de su habitación y se ponía a cantar y a bailar con sus artistas favoritos, para más tarde dedicarse un rato a las redes sociales. Jackie cumplía con las labores de la casa desde temprano, levantándose muy a las cinco para abrirle la puerta de atrás al perro y no fuera a orinarse, preparar las comidas, asear e instalarse en el computador, desde la cocina, poniendo al día las actividades de sus estudiantes. Yo leía el periódico a primera hora que continuaba llegando cumplido como en tiempos normales, no me faltaba la lectura del horóscopo que nada tenía que ver con la realidad de ahora, me lavaba las manos porque nadie sabía por qué manos pasaron esos diarios, tomaba mi café grande fresco y tras bañarme sin afanes partía hacia el estudio donde era mucho oficio que permanecía.

Lea aquí capítulo 3 y 4

Nuestra actitud parece normal durante todo el día y salvo la hora de los noticieros tratamos de no sobre informarnos para ampliar emociones negativas. Conservo serenidad porque se de los míos a salvo, salvo Lyda en su barco y sin saturar, nos comunicamos por WhastApp o por teléfono relatando comentarios y detalles. Como tengo arraigada la costumbre de visitar a mamá todos los días, ella se conecta por video llamada y la acompaño a desayunar o a tomar onces. En la casa no estábamos encerrados sino seguros. No faltaban en las redes las reminiscencias para tomar aliento, como por ejemplo los mineros de Chile que estuvieron atrapados bajo 700 metros de tierra durante 69 días, los jugadores de rugby en Uruguay que quedaron enterrados durante 72 días, los niños de Tailandia apresados en una cueva bajo el agua durante doce días, los testimonios de quienes en la guerra estuvieron en el gueto por los nazis, todo alentador porque sobrevivieron. Uno quisiera que la gente además del lavado de manos lo hiciera con el corazón para ver la vida de otra forma pero eso resultaba momentáneo. Uno quisiera tomarse unos días de descanso cuando todo acabara y hubiéramos dejado de preguntarnos cuál de todos nosotros moriría. Por fortuna ahora se valoraba más la gente, a los supuestos pequeños empleados como los mensajeros y hasta consideraba importante recordar que en Armero la tragedia dejó 23 mil muertos por falta de previsión o que el terremoto del Quindío arrojó mil novecientos en un solo día y que para lo que a unos le era demasiado poco para otros muy considerable. Estas noticias de la historia nos dejan esperanza. ¿Y ahora cómo será?

 

Carlos Orlando Pardo

Pijao Editores


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