Reseñas

El cuento, siempre el cuento

Por Juan Felipe Gómez

El Espectador

Que si los autores lo conciben como entrenamiento para escribir novelas; que si edita, publica y vende más o menos que la narrativa de largo aliento; que si X o Y cuentista  se inscribe en la corriente de Chejov, Carver, Borges o Cortázar; que si una pieza sobrepasa tantas páginas ya no es cuento sino novela corta, etc.  

Mal que bien, todo lo anterior, sumado a otras consideraciones de orden estético, sirve al diagnóstico que en cualquier época se haga sobre la salud de la  cuentística de un país o de una lengua. Para tal fin habría también que considerar tres escenarios que, en nuestro país y continente, han tenido un especial despliegue en las últimas décadas: los talleres y programas universitarios de escritura creativa, los concursos y premios, y las antologías. Hablar sobre si se puede enseñar o aprender a escribir, y cuáles son las implicaciones éticas, pedagógicas y estéticas de este proceso, es propiciar una discusión que tiende a extenderse con argumentos que pesan más o menos según si los emiten un autor (cuentista) joven que inicia su formación en uno de estos espacios, uno experimentado que se hizo a pulso, un editor, un profesor o un simple lector.

Otro terreno fértil para las polémicas es el de los concursos y premios. Aunque nada estimula más que alguien con criterio y credenciales valore positivamente lo que uno ha escrito, el autor que envía un cuento, colección inédita, o un libro ya editado a una de estas convocatorias, siempre corre el riesgo de que su obra se “queme” en esa hoguera de las vanidades y las envidias que rodea a las instituciones (públicas y privadas) que organizan estos certámenes. Por supuesto  ser editado, llegar a más lectores y echarse unos pesos al bolsillo son posibilidades que seducen a cualquier cuentista novel y ponen cualquier cuestionamiento a estas convocatorias en un segundo plano.

Y si de valorar el estado de la cuentística nacional se trata, nada mejor que poner el ojo en las antologías, esas colecciones preparadas bajo diversos criterios y que apuntan a poner en valor y al alcance de los lectores lo mejor de lo mejor. Un ejemplo reciente permite entender un poco a que nos enfrentamos cuando abrimos una antología de cuento.

“Puñalada trapera es una antología colombiana con cuentos de…”, al leer esto en la tapa, seguido de 22 nombres, cualquier lector podría pensar en el minimalismo del diseño de portada como un buen indicio de lo que viene adentro. 22 nombres, 22 cuentos, 22 formas de entender el género y cultivarlo. Un lector medianamente informado de la actualidad literaria nacional reconocerá algunos de ellos y tal vez, si lo ha leído antes y se siente entusiasmado por su obra, vaya directo al cuento de ese autor. Otro lector que apenas esté interesado en buenas historias, aunque conozca poco de autores y obras, tal vez se proponga leerlo con juicio del primero al último cuento.  En mi caso, como lector habitual de cuentos, después de revisar varias veces el  listado de nombres en la portada y leer la breve introducción del editor, me fui directo a dos cuentos de autores conocidos. Andrés Mauricio Muñoz con La mata, la matica se ratifica en su oficio como cuentista con pulso preciso  para ahondar en los sentimientos humanos y convertirlos en materia literaria donde el lenguaje es tratado con respeto y pulcritud. Daniel Ferreira, reconocido por su obra novelística enfocada en la violencia, entrega una historia donde la fragilidad y la nostalgia de una relación se acentúan con la presencia de un tercero.

Con el ánimo de hacer una lectura ordenada, después de estos dos empecé por el primer cuento y me dejé llevar desde ahí por las sorpresas y las decepciones a lo largo del volumen, porque así, inevitablemente en ese vaivén, es el recorrido por cualquier antología. Gratas sorpresas llegaron por cuenta de Mónica Gil Restrepo que en Calderas construye una potente historia de ciclismo, ese deporte tan nacional pero tan invisible en nuestra literatura. Pilar Quintana pone un punto de humor negro con La rumba, son, palo muerdo, y Daisy Hernández en Cuello combina la anatomía y la sexualidad en una visceral historia de desamores. 

Como historias de desasosegante realismo y bien resueltas en lo narrativo encontramos Año nuevo de Gilmer Mesa, Baila en el bosque de Andrés Felipe Solano, La lumbre en mi vientre de Orlando Echeverry Benedetti, Un ringlete de Humberto Ballesteros, y Círculos de colores de Juliana Restrepo.

Los inquietantes Criatura, de Juan Cárdenas, y La niña de Daniel Villabón, demuestran que el absurdo y el terror prevalecen como dos de los motivos inagotables en el cuento de cualquier época.

En la introducción del volumen, el editor John Naranjo hace alusión a los talleres de escritura creativa como una clara influencia de algunos de los cuentos incluidos. Aunque esto pueda considerarse una buena nueva para la cuentística nacional, los resultados de estos talleres también pueden quedar en entredicho cuando se confunde un buen cuento con un buen ejercicio de taller, o una anécdota tratada a la ligera, incluso por un autor de trayectoria. Esa es la sensación que dejan  piezas como Jabalíes, de Antonio García Ángel; Resaca, de Carolina Cuervo; Mi novio albino, de Mariana Jaramillo; Historia general de tu vida, de Margarita García Robayo; y Un negocito propio, de César Mckenzie.

Son los riesgos de una antología. Aunque le hayan pedido a cada autor el mejor inédito, en este terreno la subjetividad en las apreciaciones puede llevarnos a engaños. No hay discusión en que la selección fue “hecha con ahínco y pulso de editor experimentado por Juan F. Hincapié”, y que el libro es una belleza gracias al diseño y las ilustraciones de Marcela Quiroz. Entre tanto libro editado a la ligera,  este trabajo de Rey Naranjo Editores es un regalo que agradecemos los lectores no siempre satisfechos de antologías de cuentos.