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Y seguimos en pandemia...

Y seguimos en pandemia...

Aunque aparentemente nos hayamos “acostumbrado” a esta situación de permanente peligro de contagio del Covid 19, la verdad es que de tiempo en tiempo, nos vemos asaltados por el temor de ser infectados, de ser portadores, o de estar con alguno de los síntomas del temible mal; y de golpe, en medio de la noche, nos puede  invadir el pánico de vernos en una UCI, o en factibilidad cercana de morirnos.

Sin embargo, nosotros los seres humanos, ante situaciones de fuerte impacto emocional, esgrimimos defensas psicológicas de diversa índole, para “manejar” o de alguna manera “tolerar” la permanente amenaza; la ansiedad o la ANGUSTIA.

Por ejemplo, llama la atención el hecho de ver, en plena pandemia, bien sea por prensa, o televisión, multitudes aglomeradas en diferentes eventos: deportivos, manifestaciones de protesta, jolgorio, viajes, playas.

Esto, porque los mecanismos psicológicos inconscientes, se disparan automáticamente, haciendo de algunos,   seres supuestamente invulnerables, ante las acechanzas de la reinante epidemia, la cual conlleva el inminente peligro de la muerte misma. De tal manera,  encontramos personas quienes se creen tan “OMNIPOTENTES”, que sabiendo  la existencia del peligro inminente,  ni se vacunan, ni cumplen las mínimas reglas de protección: como es el distanciamiento interpersonal, el uso de tapabocas, el lavado de manos y el  recibir líquidos desinfectantes al ingresar a recintos comerciales, médicos, o habitacionales en general.

Estas personas, contrario a lo esperado, abundan en nuestro medio, y ellos mismos sin saberlo, son “manipulados” por sus propias defensas psicológicas  inconscientes, que hacen de ellos, individuos absolutamente frágiles y en permanente estado de indefensión.

En otros, el Mecanismo de la NEGACIÓN, los aboca a borrar  de un solo brochazo la realidad. Es tan amenazante la realidad de la existencia del COVID 19, que el inconsciente de dichas personas, los lleva a vivir como si no existiera. Como cosa de invención absurda.

El tercer grupo, pertenece a los individuos, quienes creen que ésos males le ocurren a los demás, no a ellos. COMO SI FUERAN MÁGICAMENTE  INMUNES. Éste grupo, acepta la realidad de la amenaza, sabe de la gravedad, ha sido testigo del contagio en amigos y familiares, ha visto la muerte de cerca en algún relacionado, pero sus defensas psicológicas lo sitúan en una especie de superhombre, a quien tales males no toca.

También existe el numeroso grupo de personas “manipuladas” por funestos lideres “religiosos”, que le están haciendo un mal inmenso a la humanidad, imbuyendo una serie de erróneas ideas a sus adeptos, quienes como borregos “obedecen ciegamente” dictámenes totalmente contrarios a la verdad científica; soslayando así, la   obligación sanitaria y negándose e ser vacunados. Todo lo cual deviene en peligro inminente para ellos mismos y para la comunidad, impidiendo también, el necesario y anhelado estado de inmunidad de rebaño.

Contrario a estos grupos precedentes, se encuentra aquél que se ha OBSESIONADO con el tema de la pandemia: permanentemente vive protegiéndose de todo. Se ha aislado casi que totalmente. Ante las exigencias de salir, utiliza trajes especiales, sus manos ya lucen casi que deshollejadas de tantos antibacteriales utilizados y lavado con jabones y cepillos especiales. Ha armado, a la entrada de su lugar de habitación, toda una especie de laboratorio antibacterial. Tiene zapatos de reemplazo. Casi que se desnuda al entrar. Lava con desinfectantes la ropa usada al salir. Y ya cuenta con varios exámenes especializados, para saber su estado de salud, lo cuales periódicamente repite para reasegurarse de no estar infectados.

El grupo que se acerca un poco a la “sanidad mental” ,  es aquel que es consciente de la gravedad de la situación que aqueja a nuestro medio, ya mundialmente; y sigue con rigor todas las normas de protección, estando permanentemente alerta en su cuidado y protección. Posee completo su esquema de vacunación, se relaciona moderadamente con sus congéneres. Hace sus compras restringidamente y trata de llevar su vida con “alguna normalidad”.

Se dice, “alguna normalidad”, ya que si somos realistas, esta no existe. Nuestro quehacer cotidiano. Nuestro ejercicio laboral. Nuestra vida social y familiar, está afectada; como también lo está nuestra mente y nuestro bienestar en general.

Ante viajes planeados, hemos sido coartados en nuestra decisión por imposiciones de diferentes gobiernos para tener acceso a su  realización, ya que algunas fronteras han sido cerradas temporalmente; con el permanente peligro de ocurrir intermitentemente dichas restricciones.

Nuestra vida ha cambiado en forma tal, que el saludo ha tomado otras manifestaciones rituales. El ansiado abrazo casi que ha desaparecido y qué decir de nuestro ya ancestral saludo de beso.

Las “cartas de Menú” en los restaurantes han sido reemplazadas por la técnica de escanear con nuestros celulares un código. El Maitre se acerca a las mesas con distanciamiento y ya ni nos guía con respecto a la elección del plato a escoger. Los cubiertos nos los proporcionan en bolsitas de papel, lo mismo que la servilleta. Vendrán tiempos en los que los robots serán los que nos atenderán. (Cosa que ya ocurre en otros lares; y antes del Covid).

Nuestros rostros han cambiado fundamentalmente. Con esto del tapabocas nuestras lindas sonrisas desaparecieron por completo. Ahora sí que debemos poner en práctica aquello que pregonaban los poetas: “Los ojos espejos del alma”; ya que ahora es lo único que nos informa de los estados emocionales de nuestros interlocutores.

El Lenguaje corporal, se ha visto bastante afectado, para muchos de nosotros, quienes estamos “entrenados” en descifrar sus mensajes, a veces, contrario al verbal. La misma voz ha adquirido tonos bastante diferentes, ya que el sonido se ve opacado por el susodicho adminículo. La musicalidad, el timbre, el ritmo; todo, se ve afectado, con eso de estar embozados. Algunos se sentirán muy contentos; por qué no. Existen personas quienes gustan de estar bajo “camuflaje”. Pero, para la mayoría, no deja de ser tormentoso.

Los niños han asimilado mejor el tapabocas. Encuentro en ellos un manejo cuasi-perfecto. Jamás he conversado con un niño que se descubra su rostro, cosa muy contraria, a lo que ocurre con los adultos.

Sin embargo, los bebés, según experiencias en jardines infantiles, se han visto tan afectados al no poder ver la boca de los adultos cuidadores, que ya el “bozal” está siendo fabricado, en muchas partes, con materiales transparentes en la zona bucal. Igual cosa acontece para los sordos, quienes leen en el movimiento de los labios,  las palabras que no oyen.

La BOCA, representa para los infantes todo un universo de comunicación, de identificación, de configuración “guestalten” del “otro”, quien representa, en dicha etapa, su alter ego.

 La boca es fuente de placer, con ella se come, con ella se habla, con ella se grita, se llora, se llama, se increpa; con ella se besa. La boca está enervada por varios músculos, lo cual hace de ella, fuente de expresión; y  de primer orden: disgusto, risa, sorpresa, terror, mimo, llamado.

Y en la interacción social actual, en situación de pandemia … se nos ha privado visualmente de la boca y la nariz; ésta última también fuente de información. Por el olfato tenemos muchísima información. Algo se está quemando. Algo está en descomposición. Algo está recalentado. Algo es placentero. Atracción o aversión experimentamos mediante el olfato.

El bebé reconoce a la madre mediante su sonrisa, su voz, su tacto. Su olor. Su cara: conformada por ojos, boca …

Son demasiadas las implicaciones a las que debemos irnos “acostumbrando”. Asimilando. Incorporando. Nuestra imagen se ha visto “cambiada”. Y aunque la moda ha desarrollado, ingeniosamente, modelos para “disimular” la incomodidad, con colores, con diseños con dibujos… la verdad es que este hecho de estar embozados, algo ha distorsionado nuestra misma imagen.

Nuestra capacidad de adaptación se encuentra del todo sobre-exigida. Y que no nos digan que nuestros cerebros dejan de aprender permanentemente. Eso de “loro viejo no aprende a hablar”, está del todo revaluado. Es tal la “plasticidad” cerebral, que vivimos reajustándonos a múltiples exigencias permanentemente.

Mírense ustedes mismos, todo lo que han desarrollado, frente a la ya larga situación de pandemia que estamos lidiando.

RUTH AGUILAR QUIJANO. 

 Especial Pijao Editores

 

 


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