Revista Pijao
Un guardavidas en el ojo del destino
Un guardavidas en el ojo del destino

Por Daniel Gigena

Revista Ñ

A causa de la muerte de uno de los hermanos, Daniel Mella escribió El hermano mayor. El propio autor es ese hermano al que se refiere el título, alguien “caótico y callado”, como se define en el recuerdo de sus años de escritor novel. Porque el relato de Mella, más que una elegía destinada al hermano muerto por una catástrofe en una playa de Uruguay, es una suerte de representación de la figura de Mella como escritor, como hijo, padre y amante poco afortunado (o mucho, según el cristal con que se mire). Acaso la clave está en una de las primeras intervenciones de la madre en la historia: “¿Por qué siempre tiene que tratarse de vos?”. En cierto sentido, El hermano mayor es el libro de los porqués que no tienen respuestas.

Al inicio, la escritura asume un arrebato escrupuloso: como si fuera una pericia, se detallan edades de casi todo el elenco convocado; de Rocha a Montevideo, sin evitar las bravas costas chilenas, el territorio que desandan los personajes se revela con precisión y no faltan los cuadros de una juventud ya ida pero que, no obstante, aún late. Quizás este último aspecto señala la primera discrepancia con el título: el hermano mayor no ha crecido lo suficiente como para afrontar el drama. ¿Hubiera querido él reemplazar a Alejandro ante la muerte? Pero el destino tampoco se elige y la muerte ajena es, otra vez, causa y motivo de una narración que seduce y exaspera.

Para contar el pasado, Mella prefiere las paráfrasis futuras. “La noche del 8 de febrero, pocas horas antes de que Alejandro vuelva a la nada de la que vino vamos a conversar largo y tendido sobre la supervivencia con mi viejo y con Marcos, Maca, Mariela y Mauro”, se lee. Desde el presente del dolor, los hechos del pasado adquieren un sesgo fatídico. El recurso, al principio fascinante, incomoda a medida que se reitera. Tanto que en una escena uno de los personajes se lo recrimina: “¿Por qué hablás como si fuera todo en el futuro? –me preguntó–. Si todo eso ya pasó”.

Se podría listar una serie de autores que, inspirados por la muerte prematura o trágica de un ser cercano, se arrimaron a la ficción. Milena Busquets eligió el testimonio cruel (con vistas a la reconciliación post mórtem); Andréa Del Fuego, la construcción de un linaje fabuloso en Los Malaquias; Emmanuel Carrère, en De vidas ajenas, la fusión de la crónica con el rompecabezas novelesco.

¿Qué hace Mella? Sin dejar de escuchar la voz de los personajes, apela a todos esos recursos. Cuenta la muerte repentina del hermano guardavidas a través de su propia historia. Familiares, anécdotas amorosas y un repaso de los libros escritos por él se filtran, a la manera de un currículum existencial, y tan vano como el de cualquiera.

La diferencia –¿lo que hace mella, se podría decir?– es la inteligencia narrativa del autor, que añade al registro del duelo una historia de fantasmas, enredos eróticos y episodios de la comedia que constituye la vida de provincias en Uruguay. Esos satélites narrativos funcionan como oasis y a la vez estímulos de otras tramas. Se puede alegar que algunas de ellas no se prosiguen, ¿pero importa? El hermano mayor no es un documento funerario ni una novela de estirpe familiar, aunque por momentos utiliza ambos procedimientos, entrecortados por la suave cadencia del español en Uruguay.

El hermano mayor, Daniel Mella. Eterna Cadencia, 160 págs.


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