Revista Pijao
Sentido de pertenencia
Sentido de pertenencia

Adlátere a la propia identidad, se encuentra este indispensable “sentido de pertenencia”. Sumamente importante en la configuración de nuestra propia personalidad, ya que nos brinda seguridad, autoestima, bienestar; y,  algo que sobrepasa los límites de lo meramente concreto; alegría sin par. Todos ellos,  ingredientes indispensables, para el equilibrio psíquico.

Puede definirse, el sentido de pertenencia,  como un sentimiento de arraigo a aquello que consideramos significativo en nuestras vidas: Lugar de nacimiento, familia, barrio, escuela, universidad, trabajo; así como también, instituciones o  grupos afines a nuestros intereses y valores, bien ideológicos, bien recreativos, bien culturales y demás.

El pertenecer “a”, de alguna manera. configura en nuestro YO, un alto significado social, histórico, sociológico, racial y generacional; que coadyuva significativamente en la definición misma de nuestra persona, situada  en tiempo y espacio.

Decíamos, que  ese “sentido de pertenencia”, brinda alegrías. Pues bien, dada la circunstancia, de compartir con el grupo, nuestras vivencias; este hecho, conlleva. un profundo significado en nuestro acaecer vital, pues esas vivencias compartidas, generan un espectro de registro mnémico muy amplio, debido a que se constituyen en elemento enriquecedor de la “Memoria colectiva”. De tal suerte que, se produce mediante la coparticipación, una especie de radar a nuestros hechos; lo cual deviene en sentimientos de autoestima, y satisfacción;  rompiendo silencios, soledades, aislamientos.

¿Existirá mayor satisfacción que aquella que experimentamos al ser copartícipes de hechos acaecidos a nuestros familiares, amigos, coterráneos, compañeros? Vibramos al unísono ante triunfos de nuestros compatriotas, ya en el Deporte, ya en las Artes, ya en la Ciencia. Un premio, obtenido por el esfuerzo personal de nuestros relacionados, nos da gran satisfacción. El periodismo, no tendría ninguna resonancia, si no fuera porque está sustentado, en la biológica  necesidad gregaria del ser humano. Nos unen acontecimientos. Queremos estar informados. Nos anima una ancestral avidez por saber lo que ocurre en nuestro entorno, bien lejano, bien cercano.

La palabra arraigo, deriva de “echar raíces”, afirmarse en la tierra, hallarse firmemente unido a algo o alguien; de tal suerte que, es difícil separarse de ello, ya que se considera, incluso, como parte propia.

Es por esto, que los desplazamientos, los secuestros, los exilios; y todas aquellas acciones que violentan dichas raíces, son de naturaleza abominable, ya que se constituyen en actos atentatorios a la propia identidad personal. Se configuran, estos actos, en “mutilaciones” psíquicas, de consecuencias devastadoras para quienes los sufren. En violaciones atroces de lesa humanidad.

Infortunadamente, somos testigos, tanto en nuestra patria, como en otros muchos países; y, lo peor, a lo largo de la historia, del repetido acaecer de dichos desarraigos. Consecuencia de ello, enfermedades mentales, desequilibrios sociales, inestabilidad política y desorden social. Caos, retaliaciones, violencia, guerra.

 El lado luminoso, del sentido de pertenencia, está alimentado por amor, cuidado, orden, preservación. Es un ejercicio magnífico para el individuo, el fortalecer su sentido de  pertenencia: a su terruño, a su familia, al lugar donde se desenvuelven sus días; ya que esta pertenencia, irradia sobre su existencia, un maravilloso significado. Fortalece el YO. Preserva a las personas de la malsana inestabilidad. Irradia sobre la persona seguridad, ya que brinda piso firme sobre el cual desenvolverse.

De vital importancia, que se den las condiciones necesarias, para desarrollar dicho sentido de pertenencia. Familia integral. Familia donde se brinden los elementos indispensables para configurar la necesaria seguridad básica. Escuela, foco de interés en el aprendizaje, con estímulos positivos. Instituciones laborales justas. Grupos funcionales, de apoyo, generadores de cohesión.

Pues, el desarraigo, en cambio, conlleva la peligrosa no pertenencia; desinterés, ausencia de afiliación. Produce entes sin identidad. Anonimia desequilibrante. Incubando odio y actitudes hostiles e iconoclastas. Todo esto, de muy actual puesta en escena. Seres invadidos por frustraciones de diversa índole, las que generan rabia incontenible, violencia y destrucción. Enfermedades mentales, en personas y sociedades.

A nivel personal, recién retorno del Líbano-Tolima, terruño de mi esposo el Maestro Eduardo Santa, quien nos legó, entre otros muchos valores, el amor a su tierra. Vivimos a su lado, toda la maravillosa dinámica que implica el “arraigo”. Tener raíces profundas, sanas y jubilosas; tan significativas que, su obra tanto literaria, como sociológica e histórica está nutrida por ese sentido genuino de pertenencia. Perteneció como ninguno a su Libano-Tolima. Así lo definió el reconocido Economista y escritor Isidro Parra Peña: “Eduardo Santa, el mejor libanense”.

Pues bien, allí llevamos sus cenizas, a su Líbano-Tolima. Reposan en los jardines de la Casa de la Cultura de dicha población. Un monumento alzamos en su nombre, como símbolo de presencia. De identidad. De pertenencia.

Eduardo Santa se constituye en abanderado de autenticidad.

Ejemplo para todos nosotros. Para los mayores. Para los jóvenes. Para los niños. Y, para los padres de familia, cuya lección a seguir, es la de  inocular en sus hijos, el amor a sus raíces, para llegar a ser  personas de corazón limpio. Ciudadanos con bienestar psicológico. Sanos mentalmente: Capaces de AMAR y de TRABAJAR. Lo que se ama se cuida, se preserva, se enaltece. Y al ser funcionales, serán productivos, disciplinados y trabajadores. Cada uno siendo eficiente en su campo de acción.

No es una utopía. Es, y ha sido  posible, y lo seguirá siendo, bajo el halo regente de la identidad en el sentido de pertenencia.

RUTH AGUILAR QUIJANO

Especial Pijao Editores


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