Revista Pijao
Planos en ‘La playa de los ahogados’
Planos en ‘La playa de los ahogados’

Por Guillermo Esaín Foto El País (Es)

Revista V (Es)

Igual que Moby Dick es una crónica de las pesquerías balleneras, la novela La playa de los ahogados (Siruela), del vigués Domingo Villar, no es sino un adictivo y pormenorizado relato sobre la pesca artesanal en las Rías Baixas. "Un contexto, el de Panxón (Nigrán), de pueblo -adormecido tras la marcha de los turistas- con puerto y lonja, y en el que veraneo desde hace 30 años", nos apunta el autor vigués.

Esta novela negra despierta en el lector el ansia por conocer su territorio literario. Todo comienza en A Madorra, playa en la que, en la novela, las corrientes depositan el cadáver de un marinero con las manos atadas. De las pesquisas se encarga el inspector Leo Caldas. Seguimos sus pasos por el puerto panjonés. De ese mundo de recios homes do mar quedan reminiscencias. La rampa, las chalanas. Nasas puestas a secar, alguna redeira por si se necesitara un zurcido. Gonzalo vendiendo al público sus capturas algo antes de las diez de la mañana. Y poco más.

En el transcurso de su trabajo, Domingo Villar se documentó con los vecinos parroquianos del Refugio del Pescador, familiarizándose con cebos y supersticiones, sumando mimbres, como fichas de dominó, para ficcionar el naufragio que vertebra la obra. Una percepción comparada se explicita en las fotos colgadas en las paredes del bar: el Panxón actual y el de antaño, con las dunas de Gaifar, tan solo una evocación en papel fotográfico. Marcharse sin probar el bacalao sería un grave error.

El cercano arco visigótico lo salvó de la piqueta el arquitecto pontevedrés Antonio Palacios, a cambio de donar los planos del Templo Votivo do Mar, erguido para referencia de navegantes (y de amantes de la arquitectura). En la novela se cita la talla de la Virgen del Carmen rodeada de ahogados reclamando su auxilio desde el mar rugiente. Horario de culto: 9.30 y 20.00.

Con el libro bajo el brazo nos trasladamos a Monteferro, impregnado de naturaleza virgen. Si tras dejar las casas atrás tomamos la primera pista a la derecha, podremos dejar el coche en la ruinosa batería de costa y desandar el camino unos 250 metros, para embocar así el camino al faro de Punta Lameda. Se trata de un oasis natural en cuya supuesta poza apareció la barca del malogrado pescador. Al otro extremo del canal surge el cabo Bicos de las islas Cíes.

A las víctimas de los naufragios -nuestro leitmotiv- se les rinde homenaje en el monumento a la Marina Universal, erigido en la cima de Monteferro, con vistas privilegiadas a las islas Estelas y Cíes, Baiona y la bocana de la ría de Vigo. Y un consejo: leer la novela antes de ver la adaptación cinematográfica.


Más notas de Actualidad