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La voz

La voz

Y pasamos del rugido al canto …

Si algo nos identifica, nos hace diferentes, nos  caracteriza; en procedencia, edad, estado de salud física y mental; en ánimo, educación, profesión y costumbres; genio y talante; personalidad y oficio; es, justamente, nuestra voz. Existen tantos timbres, tonalidades y reverberaciones, como personas existen en el mundo. Parece que la voz es diferente en cada individuo; y, así se asemejen, unas a otras, cada uno de nosotros, lleva su propia voz. Se pueden heredar estructuras faríngeas y vocales y  el ADN marcar diferencias y similitudes, pero cada cual es dueño de  su irrepetible, original, única voz.

Maravillosa característica esta de la voz. Hay quienes “cuidan” y hasta “cultivan” su voz; y, hay quienes la viven estropeando. Bien sea por pésimos hábitos, bien por sus mismas profesiones u oficios; o por anómalas condiciones climáticas y ambientales que la lastiman. Aire acondicionado, polución, temperaturas extremas, cigarrillo,  hábitos adversos, enfermedades,  etc., etc.

Para quienes trabajamos en el estudio de la personalidad, se constituye la voz en elemento diferencial de primer orden. Recuerdo en tiempos pasados, cuando las citas psicológicas se pedían por teléfono (que no por celular); la voz de la persona solicitante, ya me brindaba el primer indicio  para establecer una hipótesis diagnóstica a priori.  De igual manera, me proporcionaba datos, acerca de la procedencia y el nivel de educación. No solo, por  el vocabulario utilizado, también, y muy importante, por su tono y timbre; su modulación.

El campesino, por lo regular, dadas las distancias en las que se desenvuelve su labor y el hecho mismo de vivir en el campo;  el estar al aire libre, donde el viento compite con la voz, donde las montañas hacen eco, donde los ríos y quebradas; los animales y el trajín laboral interfieren la comunicación; pues, lógicamente, utiliza un tono alto; y,  así convivan con nosotros en casas no tan grandes,  igual siguen hablando fuerte; a veces, en forma estridente … para nuestra sensibilidad citadina.

Las personas quienes desde la temprana infancia, o por largos años, han sido educadas en conventos, abadías, seminarios, o internados; por lo regular, hablan en tono bajo. Emiten su lenguaje, como  en susurros, como quien no se atreve a ser oído, como quien guarda secretos de maltratos no confesados. Igual cosa acontece, en algunos individuos que han sido sometidos a férreas disciplinas familiares, en las que a los niños no se les permite su sana expresión. Haber  sido blanco de intimidación sostenida, acarrea en el timbre y tono de la voz, el eterno miedo ante el “otro”; quedando impreso  en la comunicación, el llamado “temor reverencial”, que encontramos con frecuencia, y que se refleja en la misma impostación de la voz.

Cada cual, consciente o inconscientemente, va agregando a lo largo de la vida,  una serie de sutiles modalidades a su voz. Sin contar con patologías inherentes, condicionada por las estructuras anatómicas.  Por tanto, permanentemente, estamos enviando mensajes a nuestros interlocutores, no solo por medio de las palabras, también, y aún más, por la cadencia y tono de nuestra voz. Tanto, que estas modulaciones propias de cada cual, se constituyen en elementos de atracción o rechazo. De encanto o aversión. De fascinación y deleite;  o, experiencia tormentosa.

Y es que hasta el enamoramiento mismo, conlleva en su compleja dinámica, inherente a su misma esencia,  el  mágico influjo de la voz. Hay voces dulces y cadenciosas; otras ásperas, como pedregosas; chillonas, agudas, bajas, roncas, microfónicas, guturales. Claras y como  musicales. Atractivas unas,  detestables otras.  

Cada una, con sus rarezas y características. Y,  para todos los gustos; pues en esto también nos diferenciamos: en nuestros gustos. El llamado del inconsciente.

La voz  alcanza niveles tan deleitosos, que existen academias y conservatorios para refinar aquellas voces dotadas de arte. Nos embelesan los cantantes. Desde el aficionado de la aldea, sin ninguna formación académica, solo contando con su afortunado don y talento; hasta los de maravillosos niveles  en los operáticos y el bel canto. Toda una cauda de seguidores tienen los cantantes. De todas las épocas, de todos los tiempos. De todos los niveles.

Cantamos todos en la edad primera. Recuerdo que en mi Kinder, empezábamos el día entonando canciones. Bella costumbre.  Debería ser incorporada en los centros de educación actual.

Entonar el Himno de la patria. De la ciudad a la que se pertenece. Del colegio. De la Institución; conlleva una expresión emocional de incalculable valor. Así no hayamos sido afortunados en poseer una bella voz, cantar es ejercicio que eleva el espíritu a dimensiones de romance, de filiación, de saudades, de recuerdos. La alegría misma se expresa con cantos. También la tristeza, despedidas sin retorno y los inconfesados anhelos.

Cantábamos todos en familia. En los paseos. En las largas jornadas de carretera hasta el sitio vacacional. En los cumpleaños. En las Navidades. Los novios llevaban canciones a su amada, con conjuntos especializados para dar serenatas a media noche. Se conquistaba con voces románticas …  se sigue conquistando aún de tal manera.

 Me atrevo a pensar, que el hombre de las cavernas, a falta de instrumentos musicales, utilizó, primero su voz, como medio, no solamente de comunicación, sino de conquista selectiva.  Sus hormonas, estaban presentes, tanto en la urgencia sexual y el llamado a perpetuar la especie, como en su voz. Razón por la cual   era escogido por la hembra más prometedora de ser apta para la reproducción. Y, viceversa. Ella, con su voz, que no solo con sus anchas caderas y prominentes senos, igualmente atraía al macho de mayor envergadura para tales fines.

La voz …  la voz …  siempre presente en nuestro devenir existencial. Jugando papeles del todo decisorios. Se habla de tener “Voz de mando”. Voz meliflua. Voz de gallina apaleada. Voz cantarina. Voz de gallo ahorcado. Voz de macho cabrío. Voz de estafador encubierto. De Don Juan empedernido. De troglodita. De falso y embaucador. Voz romántica y poética. Ondulante y embriagadora. Seductora.  En fin… hasta voz de ángel y Sirena.

El canto de las Sirenas … tan poderoso, que ningún marino podía librarse de su embrujo. Solo Ulises, desafió esta prueba y la superó, ayudado por las amarraduras al mástil que pidió que le hicieran. A sus compañeros de infortunio, navegando, tratando de alcanzar el cada vez más trágico e infructuoso retorno a Ítaca,  les taponó los oídos con cera, para aislarlos, e impedir la arrolladora  seducción de las voces. Bella metáfora utilizada por Homero en la Odisea, para ilustrar el poder  supremo; el influjo incontrolable, de la voz, sobre los hombres todos.

Recordamos a las personas por su voz. Muchas veces en un encuentro después de varios años, solo la voz nos trae a la conciencia a esa persona que no reconocemos por su físico. La memoria del rostro se ha borrado, la de su voz jamás. Esto lo saben mucho los ciegos. Reconocen a las personas por la voz y en ella también susintenciones.

Claro que la voz algo cambia con los años. Se habla de presbifonía. Al parecer, el proceso de envejecimiento, alcanza a comprometer  hasta eso, nuestra  misma identidad en nuestra voz. Al  deteriorarse las estructuras anatómicas, también la voz adquiere otros tonos, otras cadencias. Solamente, muy pocos, logran  conservar su voz juvenil en la edad provecta, ya que, regularmente,  hasta calculamos la edad de una persona, solo por su  voz.

Privilegio enorme el contar con una bella voz, no solo para el canto …don excelso de pocos; también para nuestro existir en general. Nos hacemos agradables o desagradables, muchas veces, exclusivamente, por la voz. Dependiendo de la sensibilidad de nuestros relacionados, de sus gustos, y aversiones, y prevenciones; llegamos a ejercer encanto o repulsa tan solo por nuestra voz.

Casos hay de conferencistas, que, aunque el contenido del discurso no sea del todo contundente, su voz si lo es. Esto lo saben los comunicadores y los mismos “creadores de imagen”. Inclusive, existe todo un amplio campo de profesiones y oficios, basados en la VOZ: Periodistas. Declamadores. Presentadores. Locutores. Maestros de ceremonia. Etc. Inolvidables en nuestro medio las voces de Otto Greiffestein y  Gloria Valencia de Castaño; que sin ser cantantes, nos deleitaron como agradables  presentadores.

Y en el campo de la declamación, existe una amplísima lista de notables interpretes de la poesía de todos los tiempos. Declamadores profesionales que nos hacen “vivir” la poesía, sin ser ellos poetas;  ya que no les es dado a muchísimos autores, el tener una bella voz. Habiendo, por supuesto,  honrosas excepciones.

Poco, muy poco, se ha alcanzado en relación con la modificación del timbre, tono y vibración; aunque no paran los estudios en relación con ello. En el mundo detectivesco la voz marca hitos de excelentes pistas para identificar a los criminales. Se puede llegar a utilizar la cirugía plástica para cambiar un rostro, pero no se podrá aún modificar la voz. Aparte de la adquisición de cadencias y pronunciaciones propias de cada idioma o región. Hay todo un universo inscrito en el ADN del timbre de la voz, que es único para cada individuo. Cosas de nuestra naturaleza. De la evolución.

La voz en el recuerdo. La voz de los seres queridos que  nos sigue acompañando. Por siempre, nuestra sola voz, despertará  el mundo entero de las grandes emociones. Seguiremos atávicamente la voz que cala nuestra esencia. Difícilmente el amor podría exaltarse sin el recurso de la voz, que no únicamente  la palabra, que es cognición. Es el timbre: es el tono y la reverberación, la que alcanza a  templar  nuestras más íntimas fibras sensitivas en la interacción. La sensación misma hecha emoción. Afecto. Amor. Todo ello en nuestra voz.

 

RUTH AGUILAR QUIJANO

Especial Pijao Editores


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