Revista Pijao
La niña blanca y su amante chino
La niña blanca y su amante chino

Por Alberto Medina López

El Espectador

Es Marguerite Duras adolescente. Es la niña de quince años que se hace mujer en las vicisitudes de la existencia, en la pobreza de su madre francesa que pierde su fortuna en una concesión agrícola colonial en la antigua Indochina. La protagonista de El amante, la novela que Duras escribió a sus setenta años, es ella misma en esa etapa de la vida.

La jovencita se sabe mirada por los hombres cuando conoce al de la limosina negra. Él le pregunta quién es y ella le dice que es la hija de la directora de la escuela. El hombre, un rico comerciante chino de 26 años, la lleva a su casa. Así ocurre varias veces hasta que el camino es su apartamento.

Aunque él asegura que siente amor, ella le pide que actúe como lo hace con las mujeres que lleva a su casa. “Ella no lo mira a la cara. No lo mira. Lo toca. Toca la dulzura del sexo, de la piel, acaricia el color dorado, la novedad desconocida. Él gime, llora. Está inmerso en un amor abominable”.

El encuentro es el descubrimiento de su cuerpo que sangra, que siente, que se encuentra con el deseo que ya vivía en ella. Sabe que está allí como “si se tratara de una obligación” y siente que algo duele en la virginidad perdida. “Es el latido del corazón trasladado allí, en la herida viva y fresca que él me ha hecho, él, el que me habla, el que ha creado el placer de esta tarde”.

Esos encuentros llevan comida a la mesa. Su madre y sus hermanos comen en restaurante. Sospechan su caída, pero no hablan ni le dan gracias al hombre que invita. Él lo soporta como si estuviera rendido a los pies de la amada que no lo ama porque está con él por su dinero.

Finalmente regresan a Francia y el amante queda atrás en la historia de la niña que sueña con ser escritora. Ella imagina que vive en el recuerdo del chino. “Durante mucho tiempo debió de ser la soberana de su deseo, la referencia personal a la emoción, a la inmensidad de la ternura, a la sombría y terrible profundidad carnal”. Cuando es una escritora reconocida, el hombre llega a París con su esposa, y la llama. Le dice que la amará hasta la muerte.

En una entrevista para la televisión francesa, concedida en 1984 con motivo de la publicación de la novela, Duras recordó que por ser blanca y amante de un chino, las hijas de los banqueros de Saigón le retiraron el habla. Con nostalgia le arrancó pedazos al recuerdo. De ese episodio de su vida “queda el deslumbramiento de amar”, dijo.


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