Revista Pijao
El lenguaje es poesía fósil
El lenguaje es poesía fósil

Por Ángel Castaño Guzmán

Especial para El Espectador

Hasta ahora su trabajo literario estaba dedicado al ensayo y a la poesía. ¿Qué retos encontró a la hora de enfrentarse a la narración novelística? Según su experiencia, ¿en qué se parece y en qué se diferencia la escritura narrativa de la poética?

En el ámbito literario, la poesía es constitutiva de todos los géneros. El material expresivo es la palabra y ésta de algún modo es poesía, porque en sí misma la palabra es una representación del objeto que nombra. Decía Emerson que el lenguaje es poesía fósil, es decir, un material que en función del arte ha de ser moldeado de acuerdo a las exigencias del género que se ejecuta: novela, cuento, ensayo, aforismo, epístola y poesía en su expresión más esencial. En mi experiencia, la relación temporal que exige la novela obliga a cumplir en relaciones de ritmo, densidad e intensidad con descripciones, filiaciones, que son fundamentales para construir efectos de realidad en el mundo que se crea, un tipo de verosimilitud cuya mímesis con la realidad del lector es, si se quiere, más simétrica. Los poetas normalmente evadimos tales itinerarios y nos dotamos de unos modales que para el género narrativo devienen en grandes defectos, y que a la hora de escribir una novela se manifiestan estruendosamente. No obstante, intenté resolver el problema entre el “poetizar” y el “narrar” poniendo en el centro de la creación la imagen, pues tengo la superstición de que ésta contribuye a la construcción de verdad y ejerce una especie de limpieza retórica para que lo poético no resulte un decorado superfluo o artificial.

“Este infierno mío” aborda el palpitante tema del conflicto armado colombiano. En su opinión, ¿la novela colombiana ha estado a la altura a la hora de contar la violencia? ¿Tal vez ha tomado partido?

La literatura colombiana es fecunda en su abordaje de los problemas de la violencia y de la guerra. Se ha hecho desde diversos puntos de vista, desde una perspectiva histórica, testimonial, de reportaje, periodística y con instrumentos de técnicas narrativas diversas. Sus aciertos son tan memorables como sus desaciertos, pero en todo caso la realidad nuestra, tan agobiada por la insensatez, la irracionalidad y la crueldad, ha sido la materia prima para que la literatura moldee mundos posibles que contribuyan a expurgar, tal vez, los más íntimos móviles de nuestra violencia social y política. La literatura no está hecha para tomar partido, esa no es su función; quizá su tarea sí sea propiciar en el lector el nacimiento de un pensamiento crítico que le ayude a ejecutar por su cuenta una pesquisa de su vida, de su entorno y de su contemporaneidad.

Se ha ponderado de su novela el manejo del lenguaje. ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Cuál es su método para encontrar las palabras adecuadas?

Tú sabes, Ángel, que soy un profesor universitario, que vivo envuelto en un universo soberbiamente denominado académico, lo que significa que además de sus virtudes —este espacio no es para discutirlas— está lleno de defectos, de vicios, de dogmáticas militancias en posturas estéticas, de arrogantes obediencias a fórmulas que las más de las veces simulan la verdad o por lo menos crean afeites de racionalidad frente a esos vitales textos de la creación artística que convertimos habitualmente en cadáveres y que son diseccionados antes los ojos estupefactos de nuestros estudiantes. La dimensión esencial del arte se esfuma por esos vericuetos teóricos que nos ofrecen a nosotros, los profesores, efímeras satisfacciones, pequeñas glorias, difíciles de portar y llevar a casa. Como soy portador de tales males, me esforcé en Este infierno mío por constituir unos narradores comprometidos con los personajes, muy cercanos a ellos, tal vez con sus hábitos, sus atavismos y creencias, y que en el proceso fueran cada vez más lejanos a mí, y para ello debían constituirse en investigadores de la lengua de sus hermanos de fortuna y de infortunio. En cierta forma se mantiene en mi novela una condición propia de la poesía, la indagación permanente del lenguaje, la necesidad de que la lengua “muerta” en la costumbre o en la vida cotidiana recuperara, para ese mundo en gestación que constituye la novela, su carácter de revelación, de novedad, de súbita aparición.

Se ha dicho que el posconflicto traerá nuevas miradas al país. ¿Cuáles son los desafíos que enfrentarán los escritores colombianos en esta nueva etapa de la historia nacional?

La noción de posconflicto me resulta de una extrema vaguedad, porque la confrontación armada es tal vez una expresión, la más cruel, del cúmulo de conflictos que agobian a nuestra sociedad. Creo que los insurgentes optaron por situarse en otro escenario de la confrontación para adelantar una lucha que le quite extensión e intensidad a la enorme brecha social de la sociedad colombiana. Con la entrega de las armas se reveló que el cáncer no se hallaba en las toldas guerrilleras pobladas por campesinos y campesinas que no encontraron otro modo de darle identidad a su existencia sino a través de una ardua confrontación armada, que a la larga se hizo destructiva de sus propios anhelos. El cáncer era la corrupción, pero la gran enfermedad de nuestro país es la exclusión. Por lo tanto vamos de un conflicto a otros conflictos que, de cara a nuestra historia, son de larga duración. En la perspectiva del arte, no son los escritores colombianos actuales los únicos que de seguro se pronunciarán sobre el montón de historias, de mitos y relatos construidos alrededor de la guerra. Yo creo que de las filas de los excombatientes van a salir cronistas y narradores que contarán de un modo distinto el acontecer de esta nación. Esto requiere una pausa y una distancia con sus propios avatares, y sobre todo que sus relatos tengan el valor de dialogar con la mejor expresión de la literatura universal.


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