Revista Pijao
El espíritu de la Ilustración (literaria)
El espíritu de la Ilustración (literaria)

Por Alberto Gordo

El cultural (Es)

Aunque la fórmula no es nueva, últimamente ha levantado el vuelo. Un editor elige un libro para adultos, un clásico u otro ya publicado, y encarga a un artista las ilustraciones. Lo relanza y el libro funciona; da igual que hasta entonces nadie se acordase de él, y ni siquiera es necesaria una efeméride oportuna: el lector adquiere un volumen que antes, hace no tanto tiempo, era un objeto de culto -el libro de artista-, disponible ahora a un precio muy razonable.

Así las cosas, no son pocas las editoriales que se han lanzado a publicar volúmenes ilustrados, algunas hasta el punto de que esa es hoy su principal fuente de beneficios.

Sobre esto tiene mucho que decir Diego Moreno, editor de Nórdica, que nació (lo indica su nombre) con la vocación primera de publicar en España la literatura que surgió del frío, pero que ahora vive sobre todo de sus ilustrados. Nórdica fue la primera, pero el aficionado conocerá también Libros del Zorro Rojo, o las colecciones de ilustrados, muchos de ellos clásicos, de Sexto Piso, de Salamandra o de Errata Naturae. O las aportaciones puntuales de Random House. Páginas de Espuma, que hasta el momento se conformaba con el texto, es la última incorporación, pues acaba de editar su primer volumen ilustrado: La respiración cavernaria de Samanta Schweblin.

Dedicación y gusto

Los tiempos han cambiado. Antonio Santos, que cada año ilustra un libro de Jesús Marchamalo dedicado a un autor (Kafka, Cortázar, Karen Blixen, Virginia Woolf...), recuerda un París no tan lejano en el que se renegaba, “desde un izquierdismo mal entendido”, de los libros bien editados en los que, afirma, “lo importante era el contenido, y te mostraban un livre de poche, de papel amarillento, pegado de mala manera y con unas cubiertas horrendas. Esos libros que, al rato de empezarlos a leer, se descomponían, perdían hojas... Verdaderas basuritas”.

Hoy han surgido un montón de pequeños sellos editoriales que respetan el libro, al editor y al público. Libros elegantes, bien hechos. Espacios de papel donde se pone en valor el contenido y el continente. Libros ilustrados, en definitiva.

Pero hay una cara B del ‘boom' de este tipo de edición, el de esas editoriales que, al calor de la moda, probaron a publicar estos libros pero no tuvieron continuidad. Les pasó sobre todo a grandes sellos como Lumen, Destino o Tusquets.

Felipe Hernández Cava, gran especialista en el mundo del cómic y la novela gráfica, confirma el “boom” actual del libro ilustrado para adultos, pero denuncia que la mayoría de las veces (“afortunadamente, hay excepciones”) es sólo “parte de una tendencia global a la banalización de la cultura en general y de la creación en particular, de la que no es responsable la ilustración en sí, sino la actitud de algunos ilustradores y editores. Me refiero al tratamiento de muchos de esos textos, a veces soberbios, como pretextos para perpetrar libros que cumplan una mera función de ornato”.

La ilustración se asociaría, de esta manera, a la moda, a publicitar el texto sin entablar con él una relación en la que verdaderamente lo ilumine y en la que el dibujante sedimente, de paso, su trabajo en la memoria y en el tiempo, que es lo que sí logran los mejores editores. “Si es bueno -insiste Hernández Cava-, el editor persigue que el lector, en complicidad con el ilustrador, relea la obra bajo una nueva luz”.

Pero ¿cómo? ¿Cuál es el secreto? Lo esencial para que un ilustrado funcione, dice Moreno, “es saber por qué publicas lo que publicas”. Una pista más da Irene Antón, de Errata Naturae: “Detrás de la pasión por el libro ilustrado se encuentra siempre la dedicación y el gusto del editor o editora, es decir, de la persona que elige y cuida esos libros”. Esto, unido a la falta de paciencia de los grandes grupos, que no están dispuestos a esperar a que los libros se impongan poco a poco, haría de los ilustrados un terreno propicio para las editoriales pequeñas o independientes.

Es obvio que la recepción de estos libros se ha alterado en los últimos años. “Hasta hace no mucho se pensaba que un ilustrado era un libro ‘con estampas', es decir, con unos dibujos que lo hacían más bonito y que servían para explicar al lector el texto -señala el responsable de Nórdica-. Pero cada vez somos más conscientes de que el ilustrador es un creador que tiene un discurso propio, fruto de una lectura profunda del libro y de un proceso de investigación importante”. Y los ilustradores le dan la razón. Así, Sara Morante, que empezó a ilustrar para adultos cuando comenzaba a haber más demanda (de editoriales y de lectores), tiene claro que los ilustradores “ya no somos los que hacemos los dibujos que nos pide un escritor o un editor, sino que somos coautores de un libro; se respeta y valora nuestro trabajo, y nuestra categoría de autor tiene más visibilidad a todos los niveles”.

Doble eje de lectura

Este aumento del prestigio iría unido, dicen los editores, a un nuevo clima literario en el que la imagen juega un papel fundamental. En un mundo en el que la imagen importa, en el que los libros han de “entrar también por los ojos”, estas ediciones ilustradas, a buen precio, tienen todas las de ganar.

Lo resume Irene Antón: “La producción de un libro ilustrado suele conllevar la búsqueda de una alta calidad: un papel más grueso (necesario para que los colores no traspasen) y cuidado, guardas, tapa dura... de tal modo que la edición en su conjunto llama más la atención”. Martín Evelson, editor de Libros del Zorro Rojo, habla de un “doble eje de lectura” que se ha instalado entre los lectores, acostumbrados ya a que la imagen y la literatura vayan de la mano: “No es literatura con dibujos, sino un profundo trabajo gráfico que, a la vez, es narrativo y, por ende, susceptible de ser leído”.

Para Juan Casamayor, de Páginas de Espuma, cuando se ilustra un obra ya escrita -y publicada- ha de surgir una “obra nueva, singular y única”, sobre todo si, como es su caso, se trata de un cuento que antes integró un libro.

¿Toda historia puede ser igualmente ilustrada? “Yo estoy convencida de que sí”, responde Irene Antón, y pone de ejemplo los Pensamientos para mí mismo de Marco Aurelio, un libro del siglo II que acaba de editar ilustrado por Scott Pennor. Moreno, por su parte, aunque cree que en principio “todo se puede ilustrar”, se inclina más por la poesía y el relato. Y Martin Evelson prefiere, dice, a los clásicos: “Cuando editamos obras clásicas, lo hacemos para incorporar una marca actual a la larga historia que ya traen estas obras, a través de la relectura que hacen artistas contemporáneos”.

Esta es una de las claves de la dulce luna de miel que viven el texto y la imagen: como subraya Samanta Schweblin, las ilustraciones de Duna Rolando que acompañan a su relato La respiración cavernaria “lo amplian, a veces, incluso, lo contradicen, pero creando siempre nuevas lecturas. Conversamos mucho sobre esto con Duna antes de comenzar a trabajar; para nosotras era muy importante que las ilustraciones no contaran lo que ya dice el texto, sino que aportaran nuevas ideas, llevaran al lector más allá. Fue también, de alguna manera, una suerte de reescritura, de ampliación de ese mundo”. Fueron semanas de trabajo exclusivo, intenso. Cada mes Samanta pasaba por el atelier de Duna para comprobar cómo iban los cuadros, “y conversábamos sobre nuevas ideas, o sobre variaciones de lo que Duna iba proponiendo. Creo que no hubieramos llegado a ilustraciones tan intensas e íntimas con el texto si no hubieramos trabajado juntas”.

Y de eso se trata, de implicarse. Morante afirma que para ella “ilustrar es leer y luego contar lo leído a través de los dibujos. Es, como todas las lecturas, dar una versión personal”. Un verdadero desafío, ya que, como subraya David de las Heras, que acaba de ilustrar El tigre de Joël Dicker (Alfaguara), el dibujante debe “crear una lectura nueva que complemente al texto porque si no caería en una redundancia”.

A fin de cuentas, y como destaca Leticia Ruifernández, ilustradora de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, de John Berger (Nórdica), “lo que el libro ilustrado te ofrece es un objeto con una nueva lectura a través de las imágenes que hace al libro un objeto deseable, bello, que convierte la lectura de ese texto en un momento más enriquecedor y placentero”. Es, en palabras de Óscar Giménez, autor de los dibujos de Estados de un exanónimo, de Porta (Aguilar), “un regalo muy especial, una pequeña joya, tanto para uno mismo como para otros”.

Con todo, quizá lo más sorprendente de este fenómeno editorial es que coincide con el triunfo de las redes sociales. Algunos ilustradores, como Luisa Rivera [dibujante de la edición conmemorativa de Cien años de soledad (Random House], destacan el poder casi sensual del libro impreso, un objeto de arte con su propio olor, textura, brillo, peso. “Todo eso -explica- se aplana con lo digital. No digo que esa plataforma es mala. Es más, aporta comodidad y promueve la lectura, al menos desde el punto de vista de los costos. Pero no creo que una reemplace a la otra”.

Jesús Marchamalo va más lejos y apuesta por estos libros como “una de las mejores armas” contra el vértigo digital. De hecho, como apunta Ruifernández, “con ellos uno puede detenerse lo que necesita, volver atrás, tener notas en papelitos con nuestra caligrafía...”.

Otros, en cambio, creen que se complementan e incluso ayudan, como Alejandra Acosta, autora de las ilustraciones de Aura, de Carlos Fuentes (Libros del Zorro Rojo), para quien las plataformas digitales son “una gran vitrina para los artistas, facilitan mucho el acceso a editoriales antes casi inaccesibles”; también aportan “nuevas maneras de expresión y de experiencias lectivas”, según De las Heras, y contribuyen, en palabras de Hernández Cava, “a combatir la desimaginación que, paradójicamente, preside estos tiempos de primacía de lo visual”, aunque no olvida trabajos concebidos “expresamente para el iPod (de Ajubel, por ejemplo) de una brillantez sublime”.

Ilustración Cien años de soledad, de Luisa Rivera (en Random House)


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