Revista Pijao
El espectro valenciano de Hemingway
El espectro valenciano de Hemingway

Por Juanjo Braulio

zendalibros.com

Decía Gabriel García Márquez que casi nadie ignora que “el lugar donde se escribe es uno de los misterios insolubles de la creación literaria”. Quizá por ello tengo una especial obsesión por visitar casas de escritores, como si colándome en el lugar donde vieron la luz tantas obras maestras pudiera apropiarme de alguna migaja de genialidad o como si quisiera invocar al fantasma de quien allí hacía literatura. La casualidad ha querido que haya tenido la oportunidad de visitar dos de las tres casas en las que vivió Ernest Hemingway: la finca Vigía en las afueras de La Habana (Cuba) y la mansión del número 907 de Whitehead Street en Cayo Hueso (Florida, EE.UU). En mi cuenta personal falta el lejano rancho de Ketchum de Idaho (EE.UU) donde, un mes de julio de 1961, Hemingway se voló la cabeza de un disparo de su rifle de caza favorito —un  Boss— con una bala del calibre doce; lo hizo el 2 de julio de 1961 diecinueve días antes de cumplir los 62 años, el 21 de julio. Tal día como hoy, vaya.

Entre la excursión a la finca Vigía en Cuba y la de la mansión de Whitehead Street en Florida pasaron más de veinte años, a pesar de que una y otra están separadas por 250 kilómetros de Mar Caribe en línea recta. Y entre una y otra, descubrí que casi a diario pasaba por otros lugares fundamentales en la vida de Hemingway y que estaban en mi propia ciudad, Valencia, pese a estar cubiertos de un manto de olvido tan espeso como una de sus monumentales borracheras.

Y es que, la figura del Nobel norteamericano está indiscutiblemente ligada a España, a Pamplona sobre todo, cuyas fiestas de San Fermín le deben buena parte su fama mundial y también a Madrid. Pero el espectro de Hemingway también vaga por las calles de Valencia si se sabe dónde mirar. La primera referencia a la capital del Turia del escritor no es cualquier cosa. Lo cuenta en su obra póstuma París era una fiesta, donde narra sus años bohemios en la capital francesa junto al resto de la Generación Perdida y dice: “Vivíamos con gran economía, gastando sólo lo imprescindible, y ahorrando para poder ir a la Feria de Pamplona en julio y luego a Madrid y a la Feria de Valencia”. Uno de esos viajes fue en 1925. Aquel verano, Hemingway seguía la gira del torero Cayetano Ordóñez que, tras los Sanfermines de Pamplona, toreaba en la Feria de Julio de Valencia. Llegó a la Estación del Norte de una ciudad “donde el vino se bebe en bota” —según dejó escrito— a bordo de un tren de madera y se alojó en el Hotel Reina Victoria, en la céntrica calle Barcas y que aún sigue allí. El 21 de julio, justo el día que cumplía 26 años, mandó a su padre una carta desde la cercana oficina de Correos que hoy domina la plaza del Ayuntamiento. “Tengo 60.000 palabras”, decía. Las había escrito aquel mismo día. Y eran las 60.000 primeras palabras de Fiesta o The sun also rises, la novela que le lanzó como uno de los principales escritores de su tiempo.

El escritor, conforme forjaba la leyenda de sí mismo, volvió muchas veces a la capital del Turia, siempre en verano para ir a los toros. En la década de los años veinte durmió en el Hotel Inglés, justo enfrente de la puerta barroca del Palacio del Marqués de Dos Aguas, con su primera esposa, Hadley y años después, en plena Guerra Civil, con su amante Marta Gelhom, que con el tiempo se convertiría en su tercera mujer. La última vez que visitó la ciudad fue en 1959, pero, anteriormente, fue expulsado de otro hotel —hoy desaparecido aunque se mantiene el edificio—, el Metropol, por hacer prácticas de tiro en la habitación con un cigarrillo que Orson Welles se ponía en la boca.

En mi opinión, donde mejor se ve a la persona real en toda la obra de Hemingway es en esa primera novela cuyas primeras palabras las escribió en un hotel valenciano. La historia de Jake Barnes, Brett Ashley, Cohn, Bill y Mike es una auténtica roman à clef  que esconde aquel viaje que Hemingway hizo junto a Hadley y otro gran escritor norteamericano, John Dos Passos, un año antes. Sin embargo, Papa (el apodo que se ganó entonces y que le acompañó el resto de su vida) puso en Fiesta otra referencia valenciana surgida, sin duda, de aquellos días de baños en la playa por la mañana, toros por la tarde y noches de escritura en una habitación del Hotel Reina Victoria.

Se trata de uno de los restaurantes de más solera de la playa de la Malvarrosa: La Pepica. En la novela escribe: «La cena en casa de Pepica fue excelente. El restaurante era grande, limpio y al aire libre, y todo lo cocinaban a la vista del cliente. Se podía elegir lo que desearas, asado o a la plancha, y el mejor pescado, y los arroces eran los mejores de la playa. Estábamos de buen humor y hambrientos, y comimos bien. Pepica es un negocio familiar y todo el mundo se conocía. Se oía romper las olas y las luces relucían en la arena húmeda. Bebimos sangría servida en jarras grandes y, como aperitivo, salchichas, atún fresco, langostinos, y tentáculos de pulpo fritos que sabían a langosta. […] A juicio de los valencianos, fue una comida muy moderada y la propietaria del local temía que nos hubiéramos quedado con hambre». En La Pepica también comió el escritor, ya convertido en leyenda, en su última visita de 1959, justo dos veranos antes de pegarse un tiro.

Ya decía Hemingway en una carta a su amigo Waldo Pierce en 1928 que en Valencia “es condenadamente estupendo comer en la playa o en la ciudad un buen melón con una jarra de cerveza muy fría”. Se ignora de cuántos melones y cuántas cervezas bien frías disfrutaría el escritor durante la Guerra Civil, en la que estuvo en la capital del Turia como corresponsal para varios periódicos y que le serviría de inspiración para una de sus obras cumbre: Por quién doblan las campanas donde una de las protagonistas, la guerrillera Pilar, expresa la nostalgia que siente por Valencia. Durante la contienda, Hemingway frecuentó mucho el actual Hotel Vincci Palace, en la calle de la Paz, ya que entonces el inmueble albergaba el Ministerio de la República en el que estaba la cafetería Alianza de Intelectuales, donde iba a enviar sus crónicas para los periódicos en los que trabajaba. En la misma calle había otros dos cafés, el Ideal Room y El Siglo, ambos puntos de reunión de los periodistas e intelectuales de la entonces capital de la II República.

A excepción de las fotos que cuelgan en los muros de La Pepica de la última visita de Hemingway en 1959 y una placa discreta en la entrada del Hotel Reina Victoria, nada más hay que recuerde el paso de Hemingway por Valencia. Desde hace unos años, una iniciativa cívica intenta que se configure una ruta del escritor y que se le dedique una calle. Sin embargo, y a pesar de lo que en este país gusta lo de cambiar nombres de calles, la presencia de Hemingway en Valencia se tiene que limitar a invocar su espectro.


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