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El color de la memoria de Javier Ortiz Cassiani

Por Roberto Burgos Cantor

Especial para El Espectador

Por lo general nuestra historia ha sido un largo proceso de rectificaciones. De escandalosas omisiones. De cultos desmedidos al azar heroico.

La anterior maraña muestra la dificultad de establecer, si no certezas, por lo menos intuiciones, datos de comprobación. Tal vez recuperar aquella boca mencionada en una de las tesis sobre filosofía de la historia de Walter Benjamin: la boca que en el momento que se abre, habla en el vacío. Adueñarse de un recuerdo tal como relampaguea en un instante de peligro.

A lo mejor resulta una manera de sacudir el lastre de la tendencia celebratoria de las historias nacionales que convierten la vida en un indetenible progreso cuya virtud es la conducción sucesiva a la felicidad. Amarnos a nosotros mismos desde siempre.

En esa tensión, la del mismo instante en que el ángel de la historia tiene la visión de la catástrofe única que es el pasado y quiere recomponer lo destrozado pero la tempestad de ruinas lo arrastra hacia el futuro, se sitúa el doloroso libro, El incómodo color de la memoria, de Javier Ortiz Cassiani.

El autor se enfrenta a una resistencia que de no ser vencida, disfrazaría el hallazgo. No siempre la letra, puesta por el escritor, después de paciente escogencia, seleccionada con rigor entre el tumultuoso hervidero de intuiciones que se agolpan, logra transmitir los tonos secretos que empujan al espíritu creativo. Afirmaban los antiguos: la letra mata, el espíritu vivifica.

Tal vez, resida allí una de las claves de este libro necesario y valiente, compuesto por siete secciones en las cuales la historia negra surge, y a partir de asedios sin concesiones muestra formas diversas, explícitas o disimuladas, abiertas o inadvertidas, de discriminación y exclusión.

Desde la deliberada que aparece en textos, en actos oficiales, en decisiones conmemorativas, hasta la que aflora en las formas cotidianas de convivencia por efectos de una tradición nunca cuestionada, no revisada.

Las siete secciones del libro son: “Historia en blanco y negro”, “Geografías de la exclusión”, “El puño cerrado, la frente en alto”, “Primeros planos”, “Las murallas al desnudo”, “Entre líneas, entre comillas”, “Ante el espejo”. Cada una de ellas se corresponde con su unidad temática y al pertenecer a un conjunto se amplifican los sentidos particulares y a la vez se establece un tejido común: el estilo.

Referirse al estilo aquí no es un capricho de escritor. Ya se había referido a problemas de esa narrativa, la historiadora Marixa Lasso. El lector tendrá oportunidad de observar en el prólogo del historiador Alfonso Múnera Cavadía, los problemas de la escritura en la historia. Por cierto que Ortiz Cassiani fue su alumno en la escuela de historia de la Universidad de Cartagena.

Si hubiera que mostrar los elementos sugestivos del estilo del joven historiador, su búsqueda propia, y una orgullosa voluntad de apropiación, será necesario referirse al pregón. Al fin y al cabo la primera acepción de pregonero, de alguna manera el autor la asume, es publicar o divulgar algo que es olvidado. Se recupera, entonces, el tono de la voz alta para oponerlo a los sigilosos ensalivados de la vergüenza. Otra acepción, de pregonar, lo define como publicar lo que estaba oculto o debía callarse.

Incluirlo en la armazón de sus ensayos históricos es una propuesta de interés. El pregón con notables antecedentes en la música popular, lejos de los gastados retoricismos de los pregoneros de las decisiones oficiales, ha sido una forma alegre y desembozada de poner al aire secretos, romper prohibiciones, enseñar, burlar.  Así se alimenta la controversia pública y crece el número de testigos y de participantes. Los disimulos y cautelas que sellan el corazón se rompen bajo esa voz que canta como si conversara con los astros.

Algunas diligencias canónicas se asemejan al pregón cuando publicitan advertencias. Así las de un próximo vínculo matrimonial para convidar a quien quiera oponerse; o la repetición en voz alta de las plegarias para fijarlas en la mente de los feligreses. La aspiración es que todos oigan.

Por lo general las tonadas que se oyen, sin cansancio, para el baile y para la memoria; para las denuncias y las resistencias, pregonaban valores, saberes alternativos, virtudes curativas de las plantas. Exaltaban la importancia de ideales, la libertad, el rechazo a la tiranía, a la censura. La verdad de los crímenes maquillados. Declaraban los enamoramientos impedidos por prejuicios, intereses.

En definitiva, el pregón, por el día y por la noche se cuela en la conciencia sorda, las ventanas cerradas, el pretil de los adormilados, como bellas y solitarias conversaciones de quienes aprendieron a hablar con lo invisible. Allí rebotan o se asilan en algún corazón.

Probar esta experiencia en la producción de la escritura histórica es un intento novedoso que agrega gracia a la coherencia y determina la forma.

Este libro se lee compartiendo un sufrimiento. No faltará quien piense que el mundo es así: un lugar de inevitables fatalidades. Pero, con despliegue de erudición, sensibilidad y humor, el autor recorre fundamentos ilustrados de la anomalía y su efecto devastador y sin reparación, en la vida de las comunidades.

En la primera sección se abre el ensayo que da nombre al libro. Allí, las contradicciones de una élite científica y emancipadora sirven para evidenciar lo complejo del problema y cómo éste llega vivo a nuestros días.

En la segunda, el bello relato denominado, “El negro que peleó contra el mundo”, encierra un misterio que Ortiz Cassiani ofrece resolver: ¿Cómo una estatua de 14 metros de acero y bronce, destinada a Curazao, cambió su destino y se volvió un homenaje a los trabajadores asesinados en Ciénaga, en 1928?

Imposturas así, de nuestra historia de América, aparecen en el discurso “La soledad de América Latina”, de Gabriel García Márquez. La estatua ecuestre de Morazán, cambió su identidad anterior. Se trataba de una efigie del mariscal Ney. Fue arrastrada de una chatarrería en París hasta un parque de palomas indiferentes en Guatemala. La pagaron con fondos públicos, a precio inflado de Rodin, para que el funcionario se robara la comisión inventada. 

Hay que destacar en este libro, una vez expuestas las ideas y los hechos de la exclusión, el rescate y la mirada sobre una vida que supera el apartamiento y construye una presencia: el hombre visible. La ternura es aquí un antídoto contra la rabia. Están: Candelario Obeso, el poeta de Santa Cruz de Mompox, hijo de la lavandera, quien respondió a su padre, cuando éste le preguntó: ¿qué vas a estudiar?

Voy a ser poeta.

El padre le advirtió: No olvides hijo que el pan del poeta vale el doble.

Los análisis sobre las músicas de la tierra, sus voces, los motivos, son esclarecedores.

Y un texto excepcional: la relación del autor con su padre. Tótem oscuro de difícil desentrañamiento, revuelto de silencio y poder.

Bien lo escribe, don Moisés Medrano, quien ha estado al frente en el Ministerio de Cultura de esta y otras colecciones indispensables. El trabajo del historiador Ortiz Cassiani ha aportado a la recuperación de la memoria colectiva de los pueblos negros.

* Autor de La ceiba de la memoria, novela inspirada en la época de la esclavitud en Cartagena.