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Álvaro Mutis. El poeta prisionero

Álvaro Mutis. El poeta prisionero

Álvaro Mutis pasó quince meses de su vida recluido en el famoso Palacio Negro de Lecumberri de la ciudad de México, mientras se definía a su favor un proceso kafkiano de extradición a Colombia por supuestos delitos líricos y gastronómicos, como la realización con sus amigos poetas de un gran banquete en Bogotá a la memoria del chef francés Brillat-Savarin, autor de la Fisiología del gusto.

El poeta promisorio, que ya había publicado Los elementos del desastre en 1953, alma de todas las fiestas que con su carcajada inmortal levantaba hasta a los difuntos y con cuya simpatía hacía suspirar a todas las muchachas, como cuenta Elena Poniatowska, el activo amigo de las altas jerarquías políticas colombianas y relacionista público de multinacionales, cayó allí en ese pozo profundo donde “tus ojos serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro”, ahí donde de “tu magro sexo encogido solo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas, las primeras visitadas por el signo de la descomposición”.

Cuando salió libre el 22 de diciembre de 1959, meses antes de lo previsto, a los 36 años de edad, terminaba para él una pesadilla que cambió su vida para siempre, le dio aun mayor profundidad a sus intuiciones poéticas ya probadas y definió el brillante destino literario que lo llevaría al Premio Cervantes 2001, pues como lo afirmó él mismo, sin el “carcelazo” de Lecumberri ninguno de los libros de la saga de Maqroll el Gaviero y casi toda su poesía posterior habrían existido.

Nació el 25 de agosto de 1923 en Bogotá y desde los dos hasta los once años de edad vivió la mayor parte del tiempo en internados escolares en París o Bruselas, donde su padre Santiago era diplomático. Al morir este muy joven, a los 33 años de edad, el niño Mutis regresó a Colombia con su madre y frecuentó ahora los internados escolares en la fría Bogotá, que se intercalaban por fortuna con estadías inolvidables plenas de libertad salvaje en la finca materna de la tierra caliente. Abandonó el bachillerato por la poesía y el billar, se casó y tuvo hijos muy joven y empezó a trabajar como locutor en emisoras culturales o en empresas aéreas o multinacionales petroleras como Standard Oil y la Esso para las que viajaba sin cesar, llevando un tren de vida agitado y opulento.

Pero todo eso quedó atrás de repente al caer en la desgracia carcelaria. La soledad en la diminuta celda, la impotencia ante la calumnia de los malquerientes políticos y personales que iniciaron el proceso durante la dictadura de Rojas Pinilla, el sentir la mirada nueva de los otros hacia el apestado, la angustia de las largas noches sin consuelo, los amigos que huyen y le dan la espalda, la añoranza de la vida de afuera y el sonido de los aviones que aterrizaban en el cercano aeropuerto y le recordaban los viajes por el mundo y los grandes hoteles, todas esas sensaciones amargas se acumularon en esas horas aciagas sin esperanza.

En la prisión se ratificaron sus obsesiones poéticas, la certeza de que no se va a ninguna parte, de que la enfermedad y la muerte ya están presentes en el cuerpo que declina de manera ineluctable, el ardor del deseo en los puertos y hoteles de mala muerte, la soledad del errante viajero que huye sin nombre y emprende tareas absurdas para apurar el venenoso sabor de las horas estancadas, la eternidad mansa de ahogados y suicidas, el bullicio de los burdeles, la amistad y lealtad de los proscritos y las amantes, todo eso irrumpía allí en esas crujías, corredores y celdas pobladas de desgraciados que le recordaban los viejos tramp steamers olorosos a combustible y herrumbre.

Además de sus actividades como dramaturgo carcelario aficionado y anfitrión de figuras como Luis Buñuel y Seki Sano, Mutis agotó las horas amargas de la derrota leyendo en la biblioteca del penal, donde encontró excelentes libros, entre ellos las Cartas del príncipe de Ligne, las Memorias de ultratumba de Chateaubriand y la obra de Marcel Proust. También escribía largas cartas mecanografiadas en rollos de papel, poemas y relatos, algunos de los cuales están incluidos en su Diario de Lecumberri, publicado por la Universidad Veracruzana.

O sea que de Lecumberri, donde estuvieron presos también el asesino de Trotski, Ramón Mercader, David Alfaro Siqueiros, José Revueltas, José Agustín y William Burroughs, salió en definitiva “otro hombre”, convencido de “que no podemos juzgar a nuestros semejantes”, certeza esencial que guía los viajes y las empresas de su álter ego Maqroll el Gaviero. 

Tomado de  Eduardo García Aguilar

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