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¡A leer juntos!: 'Los tiempos del encierro' Capítulos 19 y 20

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Capítulo 19

Comencé a sentir los síntomas. No fue sino notar esa tos seca, reseca la garganta, algo de fiebre, por fortuna no muy alta, dolor en los músculos, molestia de cabeza pero no dificultad para respirar aún, la garganta resentida, creí que era por los cigarros y en la mañana escurrimiento nasal, algo de conjuntivitis más sin dolor torácico. Mejor dicho para hacer la cuenta no daba propiamente verde ni amarillo sino tirando a rojo. Me alarmé y di comienzo a repasar los nuevos diez mandamientos para revisar si los cumplía y ahí estaban estrictos cada uno. Los leí una mañana pero en Facebook y eran amar el jabón por sobre todas las cosas, no salir a la calle en vano, santificar las siestas, cuidar a padre y madre, no matar el tiempo, no fornicar a menos de dos metros, no robar besos, no levantar falsas cadenas de wasap, no desear el alcohol del prójimo y no codiciar los tapabocas. Los repasé uno a uno nuevamente para ver que no estaba engañándome y los había cumplido todos pero al pie de la letra quedándome en casa, hacer un poco de ejercicio, sobre todo caminar, la alimentación balanceada y deliciosa preparada por Jackie y conservar la calma, aunque a veces se tergiversaran las cosas y como un enfermo de la mente creyera que me estaba muriendo y tuviera sospechas de lo que no tenía, también porque había logrado intoxicarme con tantas noticias en el día sin saber si eran ciertas. Sin encontrar emergencias para los alimentos, las evocaciones se fueron en recordar cómo, para las sociedades, la necesidad de crear en medio de la penuria generó ricos platos que nacieron de la escasez y la pobreza. Ahí surgía el fondue hecho con los quesos que sobraban, la paella con lo que hubiera para echarle al arroz, el sushi, ese pescado crudo porque no había plata para el combustible o el turrón que brotó en una ciudad sitiada y ya solo tenían harina, azúcar y maíz. ¿Qué se estarían inventando ahora en los hogares? ¿Y ahora qué vamos a comer?, decía en una novela García Márquez

 

Capítulo 20

Cada día los escalofríos hacen su visita con las noticias que llegan como aterradora película sin fin. Para depositar cadáveres aparecieron las fotos de Nueva York donde instalan camiones refrigeradores al lado de hospitales. Eran las nuevas fauces devoradoras de los muertos, mientras que en Guayaquil estaban tirados por las calles. Esa mañana invertí el orden de las lecturas porque primero eran las del entorno con el periódico local y antes de iniciar la ceremonia, yo sufría por la pobre Lyda, detenida durante semanas en las instalaciones de un crucero, algo así como un Robinson Crusoe clamando en una isla. Supuse su soledad y sus angustias, sus lágrimas y sus súplicas sin tener un remedio que pudiera servirle. No quise imaginar de qué manera suplía su soledad y sin saber si su celular servía para comunicarme o que ella lo alcanzara con los suyos. Algunos lograban el remedio como el cura italiano que puso las fotos de cada uno de sus feligreses en los bancos del templo y veía el recinto lleno sintiendo la compañía en su parroquia. Lo bueno que se veía eran los decretos mitigando el pago de los arriendos y otras medidas que no permitían desalojar los inquilinos por falta de pago. Por fin algo de justicia para los angustiados del día a día en que hasta ahora alguien se fijaba porque se amontonaron en las calles. Por ejercicio miré si me tocaba pico y cédula sintiendo que por fin le estaban poniendo orden al desorden. Al abrir una nueva página del diario no todo eran tan malo, pues aumentaba la reducción notoria en homicidios y hurto, infidelidades y accidentes de tránsito. De nuevo las noticias sobre los mayores ya me hacía sonreír porque de la noche a la mañana, sin ningún previo aviso, flotamos como una piedra en el zapato. Lo delicado del asunto era que como en toda guerra, sobrevivirían los más fuertes. El interrogante al final del día con uno y sus mayores en la casa, con los amigos más cercanos, se daba en el temor de si por fin lo lograríamos al final de las cuentas.  


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