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¡A leer juntos!: 'Los tiempos del encierro' Capítulos 15 y 16

¡A leer juntos!: 'Los tiempos del encierro' Capítulos 15 y 16

Capítulo 15

Por las fotos en el chat de familia o en las conversaciones por video conferencia, advertimos los hombres de la casa que sin ponernos de acuerdo todos dejamos de afeitarnos. Se veían chistosos y uno mismo porque jamás nunca nadie se dejó la barba y la promesa surgió cuando decidimos quitárnosla el día en que terminara este encierro obligado. Quise decirles que no antes de reunirnos para tomar una foto tan atípica como estábamos ahora y en señal de un recuerdo de la larga noche. No sé si lo hablamos porque ya uno va perdiendo la cuenta, pero estuve acordándome de años atrás, por lo menos un cuarto de siglo si no más, creo que en el fondo eran cuarenta, cuando decidí dejarme el bigote hasta que no terminara una novela. Luego de varios meses llegó a visitarme Humbertico Tafur, un cuentista excelente y autor de novelas oriundo del Huila, ante todo un gran amigo, y como no era una asistencia esperada, iba por la casa en paños menores y aún sin bañarme, lo que me dio rubor y le dije siéntese un poco mientras voy y me arreglo. Al rato salí sin bigote y él sabía del pacto conmigo mismo para gritar con alegría: terminaste la novela hermano.

El único que hizo lo contrario fue mi sobrino Pablo Andrés que se rapó totalmente, explicando que los días de soledad y autoconciencia lo llevaron a cambiar en su forma externa. Se veía al espejo sin reconocerse y se divertía de lo que llamó la efímera inmodestia porque ahora tenía marca de identidad. Unos le dijeron que asumió la calvicie dignamente y otros se taparon la boca mientras sonreían. Por ahora parecía el retrato de un monje del Tíbet, un maestro shaolin e incluso un personaje de caricatura. Nos contó que se divertía haciendo muecas con la cámara y en la privacidad de aquel espejo era simplemente un adulto que nunca dejó de ser un niño. 

Puede encontrar los demás capítulos del libro aquí: Pijao Editores

Capítulo 16

Por esos días, como ahora, me le escondía a las noticias para no enturbiar el alma y oía mi voz interior, la de la música clásica de siempre con la que tapaba el mundo de afuera y me llevaba al paraíso y al placer. Afuera, me dijo Jackie al preguntar, los motines simultáneos en 14 cárceles del país que dejaban 23 muertos y más de 100 heridos era la noticia, a más del registro de asaltos a supermercados y camiones con víveres porque la gente ya no podía soportar el hambre y la pobreza. Nosotros seguíamos encerrados mientras los animales eran libres y descansaban paseando por las calles aprovechando las horas de soledad y de silencio y sentíamos rabia de no poder hacer más de lo que hacíamos por la gente conocida sufriendo el abandono. La mirada profunda de un gato de la vecindad me despertó del todo.

Bajé del estudio dispuesto a conectarme y sentí que estaba leyendo un cuento de Rulfo o García Márquez cuando vi por el periódico que en Coello no dejaron entrar un bus con féretro por miedo a contagiarse. Por dentro llevaba un ataúd y 20 acompañantes el viernes en la noche y un grupo de gente con barrotes les impidió seguir. Necesitaron devolverse por miedo a las consecuencias y no faltaron municipios militarizados para que nadie incumpliera con las leyes. Todo parecía haber entrado al mundo de lo extraño como en Bogotá, donde no permitían subir en los buses ni en los taxis al personal de salud, e inclusive, en un edificio, pedían a gritos no acceder a que un médico que vivía en uno de los apartamentos fuera a entrar porque les pegaría el puto virus. A lo lejos una emisora habló de trabajo que hacían en no pocos lugares para lograr una vacuna y medicamentos potenciales, pero también una voz de médico aclarando que en menos de un año o año y medio aparecería la vacuna.

Todo era una locura y el mundo un manicomio. Salí a fisgonear el mismo paisaje verde desde la ventana y escuché que no se explicaban cómo no mejoraba la calidad del aire en algunas ciudades capitales y a un experto explicando que era por los incendios, las quemas forestales y el humo ya pasado de moda de algunas chimeneas. Entre tanto Jackie hacía el directorio telefónico de la cuarentena, María José continuaba recibiendo clases de su universidad y yo veía que en Holanda se habían robado un cuadro de Van Gogh. Dirijo la mirada hacia la pantalla del televisor y siento alegría al contemplar un numeroso desfile de delfines haciendo de las suyas en el mar de bahía Solano. Finalmente veo que la desigualdad brilla como un sol enceguecedor que ojalá conmoviera a los más ricos. Imagino que ahora con los animales libres como el viento, puedo observar un puma en el jardín. ¿De pronto en la cocina?

 

Carlos Orlando Pardo R.

Pijao Editores


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