Reseñas

'El abrigo de Proust': la historia de una obsesión literaria

Por Mateo Navia Hoyos

Los libros de la editorial Impedimenta son, simplemente, hermosos. La atención al diseño, la maquetación y la corrección son ejemplares. Los traductores son tan importantes que su nombre aparece en la portada de los libros junto al autor, y cada uno de los títulos corresponde a una obra literaria magistral.

En obediencia a esa línea editorial que dirige Enrique Redel, El abrigo de Proust de Lorenza Foschini es una crónica exquisita sobre el comerciante de perfumes Jacques Guérin (1902-2000), quien se dedicó por más de 50 años a coleccionar objetos y muebles de artistas reconocidos del siglo XIX y XX como Charles Baudelaire, Victor Hugo, Arthur Rimbaud, Guillaume Apollinaire, Marcel Proust, Pablo Picasso y Jean Genet.

Para recobrar el tiempo gastado en las peripecias de Guérin para proveerse de las pertenencias de Marcel Proust, la periodista italiana Lorenza Foschini entrevistó a diversos personajes que conocieron a Guérin, leyó con atención la obra de Proust, las biografías y los artículos de especialistas. Visitó los lugares que Guérin y Proust frecuentaron en Francia, recorrió el Museo Carnavalet donde se conservan los objetos rescatados, y logró entretejer los datos que le permitieron transmitir lo que el subtítulo del libro anuncia: Historia de una obsesión literaria.

Foschini viajó en el tiempo para urdir la crónica: comenzó con la visita al depósito del Museo Carnavalet donde se encuentra el legendario abrigo, recordó una conversación que sostuvo con el vestuarista Piero Tosi, y descubrió dos fechas importantes: 1929, cuando Guérin se enfermó de apendicitis, fue curado por Robert Proust –hermano de Marcel–, y contempló por primera vez los manuscritos originales de En busca del tiempo perdido; y 1935, cuando Guérin le compró muchos de los objetos personales de Marcel a Marthe –viuda de Robert–, por la intermediación del ropavejero Werner. Los manuscritos, las cartas, los dibujos, las fotografías y los muebles de Marcel que Guérin compró, se habían salvado del fuego al que Marthe arrojó múltiples manuscritos y cartas, en su pretensión de romper cualquier vinculación con aquel homosexual que desdeñó la respetabilidad de la familia y escribió algunas cosas inconvenientes.

La pasión de Guérin como coleccionista puede explicarse como un fetiche, si se entienden los objetos como guardianes del alma de artistas que construyeron obras literarias desde su yo profundo. Para él no se trataba simplemente de almacenar objetos, sino de rescatarlos del indefectible paso del tiempo, conservando la inmortalidad intangible que salvaguardan de los artistas, convirtiéndose en un “salvador de lo sagrado”. Como se le confió el mismo Guérin a Franco Marcoaldi: “Cuando un hombre ama a una mujer no la comparte con otros. Yo hice con mis riquezas lo mismo que Barbazul con sus mujeres: ¡las encerré en el sótano!”.

Por la gracia de Jacques Guérin, en el Museo Carnavalet de París se encuentra reconstruida la habitación del apartamento de Proust, “con el escritorio, la biblioteca, la cama, sus pequeñas cosas íntimas tal como él las habría dejado”. Entre los objetos entrañables el visitante puede contemplar un candelabro, la medalla de la Legión de Honor, el alfiler de la corbata, el bastón de paseo, el cubrecama y la alfombra. El abrigo que Proust usaba para vestirse y como manta en las noches mientras escribía En busca del tiempo perdido, nos cuenta Foschini, se encuentra en el depósito del museo: yace en una caja, “apoyado delicadamente encima de una gran hoja de papel como sobre un sudario, rígido por el relleno; parece como si, realmente, estuviera cubriendo a un muerto. De las mangas, también hinchadas, sobresalen manojos de papel de seda”.

 

Con información de la revista Arcadia