Reseñas

¿De qué hablamos cuando hablamos de Carver?

Por Jair Villano

Especial para la revista Arcadia

 

– ¿A esto llamas amor? –dijo ella, alzando la mirada y fijándola. Sus ojos eran terribles y profundos, y él los miró todo el tiempo que pudo.

 

No sabemos si es amor. Sabemos que es Raymond Carver. Puro, limpio, honesto, sin la corrección o la desviación o la genialidad del editor y escritor Gordón Lish. Tanto se ha dicho sobre la tijera que el autor de Perú hizo sobre el escritor de Principiantes, que sería necio retornar la discusión que, paradójicamente, no dejar ser interesante: ¿Quién fue el verdadero creador de ese estilo lacónico, crudo, certero y potente?

 

No es nuevo, pero quien quiera hacerse una opinión propia puede leer Principiantes (2012), la versión original de los 17 cuentos que componen De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981).  Ahí encontrará extensiones de palabras que no esfuman la feroz sobriedad de sus relatos, pero en cambio sí descomponen las piezas de un estilo para aquel entonces novedoso. Finales extensos, diálogos descriptivos. ¿Que Carver no era carveriano, que el carveriano fue Lish? El detalle está bien explicado por Alessandro Baricco en su magnífico texto El hombre que reescribía a Carver.

 

Ahora bien, ¿quién fue Raymond Carver? Su padre fue un obrero alcohólico que le contaba las peripecias de su abuelo en la Guerra de Secesión. Su primera mujer una niña de dieciséis años, que dio vida a su dos primeros hijos. Y él, un tipo que sabía que iba a poner su nombre a la altura de los grandes, que para sobrevivir hizo de vendedor, obrero, lavador de baños, atendedor de farmacia. Que escribía los sábados y domingos en la noche. Que estuvo profundamente agradecido con Chever y Gardner, que resistió cuatro hospitalizaciones por alcoholismo, que sentía admiración por el autor de Música de cañerías:

 

Bukowski viviste todo

sos un viejo con suerte

El humo azul flota

en la habitación y yo miro

a través de la ventana

observo la avenida Delongpre

Veo a muchas personas

caminando por las veredas

Apago el cigarro

aspiro profundamente

y comienzo a escribir

 

Su narrativa no es ajena a su entorno. Vidas cotidianas y desbocadas. Vidas frustradas y conflictivas. Vidas interesantes por lo comunes. Alcohólicos, viudas, asesinos, padres, ciegos, feos, enamorados, desencantados. Un menú amplio que daría vida al realismo sucio y serviría de inspiración para el realismo urbano (Ribeyro tuvo que haber sido contagiado).

 

Catedral es su tercer libro de relatos (1986), el mismo que confirmaría que se trataba de un autor de lectura imprescindible para las futuras generaciones.

 

¿Por qué? Vaya, se dice que un buen cuento es aquel que narra una historia que de otra forma no se puede contar, que atrapa por su precisión, su equilibrio, su densidad, su fuerza. Y Carver, al igual que los grandes maestros (Maupassant, Poe, Bábel, por solo recordar algunos), tiene la destreza para atrapar con sus historias de personajes de fatalismos comunes.

 

Y es que en Catedral, como en sus otros libros, el drama explota sin dramatismo, lo vemos en cuentos como ‘Parece una tontería’, ‘Desde donde te llamo’ y ‘El tren’, en el que la desolación de las vidas es insinuada a través de lo que le ocurre a otros personajes.

 

Vale la pena detenerse en ‘Parece una tontería’, porque el abatimiento de los padres que tienen a su hijo en grave estado de salud, está en yuxtaposición con el pastelero que insinúa un sentimiento de derrota y que llama insistentemente a recordar que aún no le han pagado su pastel.

 

Mucho más tarde, justo antes de medianoche, tras haberse ocupado de muchas cosas, el teléfono volvió a sonar:

 

-Contesta tú –dijo ella–. Es él, Howard, lo sé.

 

Estaban sentados a la mesa de la cocina, bebiendo café. Howard tenía un vaso pequeño de whisky junto a la taza. Contestó a la tercera llamada.

 

-¿Diga? ¿Quién es? ¡Diga! ¡Diga!

 

(…)

 

-

 

-Era él –afirmó Ann–. El hijueputa ese. Me gustaría matarlo. Me gustaría pegarle un tiro y ver cómo se retuerce.

 

La vida está llena de transversalidades –algunos lloran, otros ríen; algunos lloran por un asunto “menor”, otros por uno de más “calibre”– y el relato da cuenta de una de ellas.

 

Una curiosidad de este cuento es que en Principiantes aparece con el título ‘Algo sencillo y bueno’, a diferencia del publicado en Catedral, aquí hay otras acciones que engrandecen el amor de los padres por su hijo. (Se dice que en este libro no tuvo la amputación de Lish, de modo que dejo ahí la duda).

 

Pero retomando Catedral, y a propósito de las llamadas como una suerte de hilo conductor, otro relato que condensa algo similar es ‘Fiebre’. En la enfermedad del profesor de arte, en las intempestivas llamadas de su mujer (que ha huido con quien fuera un amigo suyo) y, finalmente, en el amor de una nana y su marido, se cristalizan los matices de un sufrimiento que resucita fortuitamente, pero que está a la orilla del olvido.

 

De la misma manera, en ‘Plumas’ la experiencia de otros personajes son los que suscitan el vuelco de la vida de los protagonistas; en este caso, una pareja que luego de pasar de visita por una exótica y casa y conocer al niño “más feo que había visto nunca”, decide tener su crío, a pesar de haberse negado de manera rotunda antes del encuentro.

 

31 años, pues, de un libro que sabe poner la pista donde explotan los estados emocionales de los actores (‘El comportamiento’), donde los héroes son los derrotados (‘Vitaminas’), donde la cotidianeidad perturba (‘Conservación’), donde la condición de la vida conmueve (‘Catedral’), en fin.

 

Carver es de esos autores que atrapan porque hace sus historias un reflejo del diario transcurrir, porque hace de lo personal algo colectivo. Y dice las cosas sin pretensiones ni ínfulas. Todo aspirante a cuentista debe leerlo y, sobre todo, hacer de sus palabras su dirección de trabajo:

 

-Lo que importa es sugerir- dijo (…)-. Teneis que trabajar vuestros propios errores hasta que parezcan a propósito. ¿Entendido?

 

Entendido.

 

A fin de cuentas, en eso consiste el estilo carveriano.