Revista Pijao
El día en que descubrimos que Jorge Volpi era humano
El día en que descubrimos que Jorge Volpi era humano

Por Karina Sainz Borgo Foto Jeosm

Zendalibros.com 

Cuando Roberto Bolaño y sus realviceralistas no formaban apostolado todavía, el escritor mexicano Jorge Volpi  y algunos de su generación se levantaron contra los padres fundadores. Firmaron un manifiesto, en 1996, que contenía el espíritu de aquel movimiento. El Crack, lo llamaron. Aunque sólo fuese por significarse, blandieron el puño contra la plana mayor del Boom Latinoamericano. Querían abolir Macondo y sus alrededores. Lo hicieron con un gesto del tipo Los hijos del Limo; por aquello de la tradición de la ruptura. Protestar contra el Olimpo, empleando la más voluntariosas de sus herramientas. Astillaron el gran vidrio. Sin llegar a romperlo aún.

Pasó el tiempo. Jorge Volpi (México, 1968) siguió escribiendo. Amasó una obra ambiciosa que ejecutó con rigor y lo convirtió, muy pronto, en una de las voces más sólidas de su generación. Lo hizo con su trilogía del siglo XX: abordó el mal en En busca de Klingsor (Premio Biblioteca Breve, 1999); el poder y la enajenación en El fin de la locura (Seix Barral, 2004) y el derrumbe de las ideologías en No será la tierra (Alfaguara, 2006). Hay muchos más. Pero si existe algo como una catedral Volpi, se sostiene sobre esos tres libros.

Justo después de publicar Memorial del engaño (Alfaguara), el mexicano volvió con un libro desconcertante. No se trata de Contra Trump. Panfleto urgente, un volumen que Debate publica este agosto, sino de otro (algo) más complejo: Examen de mi padre (Alfaguara), una entrega que aborda la muerte de su padre y en la que retrata, al mismo tiempo, la decadencia de una persona y de un país. En este volumen, publicado en España apenas unos meses atrás, el escritor añade un elemento inesperado: se revela humano. Ésta es, sin duda, la ocasión para intentar un retrato de Volpi en el que, aunque sea por una vez, no domine la razón. La entrevista coincide con el primer aniversario de la muerte del escritor Ignacio Padilla, amigo de Jorge Volpi, y cuya presencia atraviesa las palabras con las que, usted, lector se topará.

En este libro Jorge Volpi no se comporta como el narrador que todo lo sabe y todo lo mide; aunque lo procura. Debajo del edificio ilustrado en el que se mueve a sus anchas, resuena un hombre que escribe para comprender y asignar un lugar a todo cuanto quedó revuelto. Examen de mi padre (Alfaguara) no es una novela, tampoco unas memorias. Es una historia crepuscular: la de un afecto y una nación. En sus páginas descubrimos a un Jorge Volpi que había tardado años en mostrarse y que podríamos haber perdido la ocasión de leer, de no ser por ellas. Acaso por eso en esta conversación la biografía se impone a la opinión crítica o el juicio literario.  En esta entrevista, Volpi habla sobre todas las muertes posibles: la de un México que no puede impartir justicia ni dar sepultura a sus víctimas; también la desaparición de quienes atraviesan su vida; incluso la pérdida de la razón occidental planteada en Donald Trump como oscura y bufa amenaza.

La figura del padre atraviesa la literatura desde su origen, de la misma forma en que lo ha hecho en la obra de Jorge Volpi —no conviene dejar de lado aquel gesto contra los padres fundadores—. Esa larga y extraña sombra tocó a autores como Dickens o Kafka. También, mucho más cercanos en el tiempo, a Philip Roth, Mario Vargas Llosa, Héctor Abad Faciolince o Marcos Giralt Torrente. Nadie sale ileso de un padre vivo, mucho menos de uno que se ha marchado.  Pero aquí hay algo más. La desaparición del padre mueve la balanza; la inclina hacia las cosas importantes. Colocado en el fiel, Jorge Volpi ejecuta un libro brillante en la que repasa, acaso sin proponérselo, su propia voz literaria. Destripa, sin él saberlo, la voz que lo define.

Escrito a través de diez ensayos, el mexicano elige el espíritu de su padre cirujano y elabora una metáfora propia y colectiva de la disección. Diez partes del cuerpo, para contar algo más. La mano… del poder; el oído… de la armonía y la emoción desbordada; la piel… y su memoria. En estas páginas coinciden padre y país, ambos camino hacia la muerte. Entre medias, descubrimos a un Jorge Volpi que quiso ser músico. Un chico que creció en un hogar donde los frijoles estaban proscritos y toda incultura era una forma de vulgaridad. Alguien que hablaba y leía en un italiano perfecto, porque el padre impuso en casa la lengua de un país que jamás pisó. Sobre eso habla el escritor en Examen de mi padre, el libro que nos hizo descubrir que Jorge Volpi podía ser humano y no un reloj. Y es en el temblor de la emoción donde estas cosas pasan. Tiene que morir el padre, a veces, para que  ocurra.

Hay incertidumbre, incluso vacilación y emoción en este libro. Jorge Volpi es humano.

Pues… murió mi padre —hay elegancia en la pausa con la que Volpi concede espacio a lo obvio—. El origen de un libro así, que yo no me hubiese planteado de otra forma, surgió a raíz de eso. Mi padre murió un mes de agosto y entre septiembre y diciembre comencé a sentir la necesidad de escribir sobre él. Leí muchos libros de la tradición literaria sobre la pérdida. Aprendí mucho, de muchos de ellos; otros me irritaron, bastante. A partir de ahí, decidí que iba a escribir un libro lo más sincero posible. Pero no una novela ni unas memorias, sino utilizando el ensayo como base.

La patria y el padre atraviesan este libro. Ambos son afectos opresivos. Y en ambos, claro, hay duelo.

Volví a México en 2006, después de muchos años viviendo fuera. Al regresar, me encontré con dos cosas sobrecogedoras. Mi padre ya había entrado en esa depresión tan profunda y la decadencia física que lo llevaría a la muerte. Cada vez estaba más cerrado y centrado en su dolor. Ese mismo año comenzó la guerra contra el narcotráfico. De manera simultánea, se daba el proceso de mi padre y las noticias los muertos cada día. Al comenzar a escribir, me di cuenta de que el libro que quería escribir hacía coincidir a mi padre y mi patria. Están relacionados no sólo por eso, sino en la idea de México que tenía mi padre: el país que él pensó en un futuro, el que le tocó vivir en sus últimos días y que me heredó a mí.

Escribe sobre la idea de sepultura, algo que entraña una redención y que en México no existe, del todo. ¿Se puede sepultar cuando no hay justicia?

El libro comienza con la sepultura de mi padre. Con esa idea, que viene de los griegos y que plantea que dar correcta sepultura a nuestros muertos es algo humano. Un buen libro es una buena sepultura y también una petición de sepultura para esos miles de muertos en México a quienes no sabemos cómo o por qué los mataron, ni cuáles eran sus nombres o quiénes los asesinaron.

Retratar a su padre es una forma de retratarse, ya ve.

Es inevitable, no podía hacer un examen de mi padre sin hablar de mí. Cuando hablamos del padre, consciente o inconscientemente, todos buscamos saber en qué medida nos repetimos y en qué medida nos distanciamos de él.

En el capítulo sobre la piel, dice que su padre los educó con la idea de que sus hijos eran mejores que el resto, porque eran cultos. ¿El elitismo mexicano está en la piel?

Mi padre era un hombre de su tiempo, incluyendo los prejuicios raciales y culturales de ese tiempo. Yo trato de combatirlos pero eso no quiere decir que en mi educación deje de estar presente lo que él creía que era el mundo en esos años, y que forma parte importante de la cultura mexicana, que sigue siendo clasista, elitista y racista.

Es decir, que ese halo divulgativo y pedagógico suyo, a la manera de la autoritas del intelectual mexicano, ¿viene de ahí…? ¿O no?

Sí, existe una tradición mexicana al respecto.  Aunque en mi caso viene bastante más de mi padre, que al mismo tiempo era autoridad y autoritario. El que te enseñaba.

En este libro aparece la locura, a la que dedicó el segundo libro de la trilogía del siglo XX. Resulta extraño que un chico de 15 años leyera las obras completas de Freud.

La verdad es que no hacía muchas cosas de adolescente común. En esos años leí a Freud y a Nietzsche y me cambió la vida desde ese momento. Probablemente a otros a los 15 años les pasan cosas igualmente fuertes.

A los 15 se puede leer a Dostoievski o Stendhal. Pero, ¿Freud?

Pues sí. Y no sé muy bien por qué. Es cierto que mi padre estudió psicología y que hablaba a menudo de Freud. Menos mal que justo fue Freud lo que leí  y no se me ocurrió leer a Lacan o a Jung. Freud se lee maravillosamente. Es sencillo. Su estilo es profundamente literario. Creo, sinceramente, que debieron darle el Nobel de Literatura.

Sin duda, grandes ficciones cuya libre interpretación parecen resolver la vida a muchos.

Bueno…—muy educado siempre, Volpi lo deja estar—.

La relación padre-hijo encarna una voracidad distinta a la de madre-hija. ¿Cómo manipular el artefacto del padre sin que estalle en las manos? ¿Por eso eligió esa estructura racional al uso?

Puede ser. Mi justificación racional es que mi padre era médico. Quería hacer un homenaje y utilizar el ensayo, que es el género analítico por excelencia, de la misma forma en que él hacía autopsias y disecciones de cuerpos. El ensayo da distancia pero que creo que muchas se rompen.

Quiso ser músico antes que escritor, confiesa. Lo que intento decirle es que uno intenta sobreponerse a los padres, incluso en lo que no eligió o en lo que no llegó a ser.

Me defino más por lo que no soy, que por lo que soy. Científico y músico son dos de las cosas que más hubiese querido ser y que en este libro están muy presentes, mucho más de lo normal. Siempre escribo sobre ambas. En este caso, está lo más racional que es la ciencia y al mismo tiempo, dedico un capítulo a la música, porque es la emoción desbordada. Nunca podemos llegar a entender del todo por qué la música nos conmueve.

¿Cuál fue el órgano, el capítulo, que más le costó escribir?

El primero. Decidí escribir uno al mes. El de enero, porque comencé el primero de enero, fue el que más me costó. Describir a mi padre, con el mismo rigor que él tenía. Tampoco tenía muy claro qué quería hacer. A diferencia de otros libros donde tenía clara la estructura, aquí no. Era inmediato al abismo. No había hecho ninguna nota, ni ninguna investigación previa. El primero era el más complicado, porque sienta el tono del resto. Los otros discurrieron de manera más normal y son aquellos en los que se  mezclan una serie de elementos: ensayo, de manera muy libre; comienza con la figura de mi padre, avanza luego hacia un órgano del cuerpo, que sirve como metáfora médica y que permite hablar de las muchas metáforas que encarna el cuerpo, conmigo y con mi padre, para terminar  con una excursión hacia México. Eso que cuento así, ahora, no lo sabía cuando me senté a escribir el primer capítulo.

Habla de la verdad. De los hechos y cómo los recordamos. El olvido, la amnesia pública, es consciente. Una elección política, dice. ¿Cómo opera el mecanismo del olvido en su padre, incluso en aquellas cosas que no quiere recordar?

Pues sí, porque en el fondo es un ejercicio muy raro y que creo que muy poca gente lleva a cabo así. No pienses en escribir un libro, sino en el hecho de pasar tres horas al día, un año entero, pensado en tu padre —alguien traga saliva, y no es el entrevistado—.

Y, entre medias, ocurre la muerte de Ignacio Padilla.

Que está muy relacionada, también, con este libro. Cuando comencé a leer toda esa serie de libros sobre la pérdida, no sé muy bien cómo fue, si yo lo contaminé a él o él a mí,  pero Nacho estaba leyendo también toda esa serie de libros. Y no sólo eso. Ambos proyectamos dar un curso sobre literatura de la pérdida. Al final, cancelé el que me tocaba a mí: ‘Ya no puedo más con esto’, le dije. Nacho sí lo impartió. Su último curso en la universidad, fue acerca de los libros de la pérdida. Y el último libro del que habló a sus alumnos fue este, que él ya había leído, pero que yo no alcancé a darle en papel. Y yo lo que le decía a Nacho: mi padre acaba de morir. Discutíamos a menudo, sobre distintas cosas. Yo leo esos libros porque voy a escribir uno pero tú, ¿por qué? A ti no se te ha muerto nadie cercano. Ni tus hijos, ni tus padres, ni tus hermanos. ¿Por qué los lees? No lo sé, me dijo. Y terminó ocurriendo esta cosa tan rara de que el padre, el amigo, el hermano que murió…

Una noticia amarga. Para los lectores lo fue. Para los amigos, pues…

Fue un accidente, un accidente de coche como tantos. Toda muerte es injusta.

* * *

El primer recuerdo que guarda Jorge Volpi de la profesión de su padre se mueve entre el papel y el agua. El primero, por las enciclopedias que el cirujano atesoraba en la biblioteca y que de niño Volpi revisaba abobado. La segunda, se fragua también en la infancia. Cuando faltaba el agua en casa, su hermano mayor y él acudían a ducharse en los baños del hospital donde trabajaba su padre. Un lugar al que iban los cirujanos a desprenderse de los humores de vivos y muertos. De aquellas incursiones, Volpi recuerda el olor, los pasillos de azulejos. “La profesión de cirujano, más que la de otros médicos, nunca nos parecerá normal al resto de los mortales. Se requiere de un extraño valor para rasgar la piel, contener el sangrado, manipular los tejidos, palpar el hígado, la tiroides o el páncreas, devolver los órganos a su sitio, suturar la epidermis y volver, al cabo de unas horas, a una vida en familia”, escribe.

Hay vacilaciones e incertidumbres en los recuerdos de Volpi. No todo es milimétrico, pero sí la voluntad de que llegue a serlo. Y así, como quien manipula un bisturí recobrado, Jorge Volpi hace lo que los cirujanos: rasgar, colocar los órganos en su posición normal, unir lo que permanecía separado, retirar lo superfluo y restaurar lo que la naturaleza—y los años— ha deformado. Con su prosa, Volpi ejecuta movimientos pausados, directos, precisos. El conjunto, sin embargo, crea una sensación de demolición que conmueve y entristece. Volpi habla de sí mismo, del hombre que modeló sus ideas, también del hogar y el México donde creció.

A lo largo de su obra, Jorge Volpi ha tenido una vocación manifiesta de pensar en clave pública todas y cada una de sus historias. Para él, la novela ha funcionado como un artefacto intelectual que pone en marcha, siempre, algo más profundo: la relojería oculta que congrega a hombres y mujeres alrededor de las grandes ideas. El pasado, las ideologías, la historia, el mal, el engaño. Examen del padre (Alfaguara) no está exento de ese mecanismo. Y sin embargo, impone uno propio: el retrato de grupo y el que levanta un hombre de sí mismo al hablar de su padre y del lugar donde nació.

En México, la muerte forma parte de la vida, iconográficamente. Y sin embargo, su libro alumbra un malestar. ¿Me puede hablar de ese malestar?

No sé, pero me resulta interesante pensar en ese malestar. Además, en un país tan lleno de muerte, en todos los sentidos.

La vida de su padre atraviesa la historia de México. El examen de él se vuelve examen de la nación. ¿Cómo se puede mantener esa vocación suya de pensar lo público,  incluso en un libro como este?

Sí, este es el único abiertamente autobiográfico. Jamás lo habría pensado hacer, excepto por las circunstancias que lo desencadenaron.

Hay una novela suya, La paz de los sepulcros, donde el cuerpo sin vida está muy presente, como en este.

No la había relacionado. No lo había pensado.

¿En serio?

No lo tenía presente, aunque puedo mencionarlo, es cierto, porque está. Este es el libro que tiene más obsesión con la muerte.

Piense: la idea de la pudrición, las excreciones o el cuerpo abunda en sus libros. En busca de Klingsor, por ejemplo ¿Cuál es el recuerdo más temprano que tiene del oficio de su padre?

Hay muchas cosas que recuerdo de chico, una de ellas, los libros.  Sus libros de anatomía, que él dejaba por ahí, me producían morbo y una enorme fascinación. Examen de mi padre está ilustrado sólo para poder reproducir algunas de esas láminas. La segunda razón tiene que ver con algo —hace una pausa y comienza de nuevo—… Cuando éramos chicos, muy frecuentemente, se iba el agua en mi casa. Mi padre nos llevaba al hospital en el que trabajaba para bañarnos. Me desagradaba muchísimo.

¿Por qué?

La entrada al hospital, las camillas. La gente en urgencias, el olor del hospital. Los pasillos de mosaicos blancos y azules. Los médicos con sus tapabocas. Nunca quise ser médico, ni remotamente.

Esa idea de que los adultos siempre tienen la razón se contrapone con la idea de que la derecha siempre privilegia la libertad por encima de la igualdad,  hay momentos en que su padre, muy libre no lo deja ser.

No, realmente no…

¿La figura paterna era una figura de gobierno? Se lo digo porque no tenía oposición.

El régimen priísta se reproducía en mi casa. Mi madre era la oposición simbólica, como en el PAN en aquella época, un partido que no había ganado ni una sola elección.

Su padre tenía el monopolio del conocimiento…

Y del dinero. Tampoco era mucho, pero sí.

Volviendo a la inteligencia y la locura, dos ideas que le interesan. Su padre fue siempre una persona racional, incluso en la descripción de su declive.

Mi padre fue siempre una persona estable, excepto en un momento que tomó una medicina que no debía. Tuvo una especie de brote psicótico ocasionado por la medicación. Pero durante tres o cuatro días, decía cosas rarísimas. Mi padre me enseñó a jugar ajedrez, era una de las cosas que más le gusta. En esa época que ya estaba mal de salud y deprimido, sí se mostraba más eufórico. Comenzaba a decir cosas como: todo esto tiene que ver con que ese peón que está ahí y no se mueve, tienes que moverlo.

Hay algo que no cuadra.  El mundo se está cayendo y usted no pierde jamás los estribos. ¿Quién es el oponente de Volpi en este libro? ¿Su padre? ¿Usted?

No creo que sea un oponente del todo. Aunque nunca nos peleáramos, este libro tiene una parte de reconciliación. Mi enfrentamiento fue más intelectual que emocional. Este es un libro sin contrincante. No es un libro contra el padre, como Kafka. Es un libro de diálogo con alguien que piensa completamente distinto y al mismo tiempo se parece mucho a ti.

¿Cuál libro suyo le gustaba más a su padre?

Le gustó el primero, A pesar del oscuro silencio. Klingsor le gustó. Leyó todavía El fin de la locura. Creo que después de eso ya no leyó más.

Su padre leía a García Márquez en italiano…

Él no se sentía mexicano. Sentía que había caído en México por error, pero al mismo tiempo, nunca fue a Italia. En mi casa mi padre no nos dejaba comer frijoles, ni comida mexicana, porque las consideraba cosas de un mundo que no era el suyo, ni el nuestro. Éramos “superiores” por ser raros. Era una identidad imaginaria, como todas. Nos comportábamos como una familia italiana, hablamos en italiano, pero porque lo estudiamos en la escuela. No porque fuera un idioma de la familia.

La sociedad mexicana aloja esas contradicciones que explican su verticalidad, su poca propensión a la mezcla.

La sociedad mexicana, más bien, ha ensalzado la mezcla para ocultar el racismo que permanece. La revolución exaltó la mezcla como identidad nacional. Se convirtió en su emblema. De hecho, es el lema de la universidad: por mi raza hablará el espíritu.

Desde su regreso, ¿no debería su duelo mexicano estar más elaborado?

Comenzó hace diez años y no ha acabado. La guerra contra el narcotráfico no es visible, pero está idéntica. Los duelos ocurren una vez que los procesos y las pérdidas acaban. Pero la guerra contra el narcotráfico no ha parado. Esa suma de muertes no ha parado.

Nos llevamos mal con nuestras contradicciones, escribe. Entre lo políticamente correcto y los populismos, vamos servidos. ¿Qué piensa?

Hay una propensión no sólo mexicana, pero que en México es un arte, a la simulación. Cuando en México alguien dice que le consterna una cosa es para ocultar otra. Ve Pedro Páramo, es una novela sobre muertos en la que no parecen muertos.

La Ciudad de México del XIX es a la vez hermosa, pero también severa y ordenada. Europea a la fuerza. Algo de eso hay en su padre, ¿no?

Era una forma de disimular el caos con orden. Eso es lo que hacía el PRI. Fingía que había orden, que había derechos, libertades, que había elecciones, aunque no sirvieran para nada, pero sólo con la intención de aparentar que todo era normal.

Desde ese punto de vista Octavio Paz era un personaje problemático, tanto para la cultura como para la política.

Y después de muerto, sigue siendo problemático para todos.

En el caso de Paz, ideológicamente hay elementos propicios. Otra figura completamente distinta, Monsiváis, también.

Pero es diferente. Monsiváis es el intelectual que se acerca al pueblo, que permanece en la izquierda, cerca de las mejores causas. Pero, al mismo tiempo, era un outsider. Por ejemplo: declararse ateo en una sociedad tan católica como la mexicana. Quizá fue precisamente eso la que le permitió poner en marcha una serie de juegos o decir una serie de cosas. Octavio Paz es distinto. Él ejercía de intérprete de la realidad mexicana y le encantaba ese papel. No disimulaba.

Usted se siente heredero de esa tradición. Se inscribe y recupera a ese intelectual moderno, humanista pedagogo.

Puede ser.

¿Se puede matar al padre literario? Perdone el tópico, pero usted perteneció al Crack. ¿Cuándo podremos analizar el Boom?

Se puede hacer. Quizá sea muy pronto todavía. Considerando que Vargas Llosa aun vive, es posible pensar que su desaparición sea el punto de inflexión. Pero el Boom tendió redes literarias y extra-literarias para su propia interpretación. Esas redes ideológicas y políticas han creado una lectura. A pesar de eso, sí creo que se puede hacer un análisis más profundo.

Trump, a quien dedica un libro, amenaza a los latinos. En EEUU hay 42 millones de hispanohablantes, los mejores escritores en español dan clase en sus universidades. Dígame, ¿nos basta el populismo para explicarlo?

Trump tiene algo típico. Alemania en los años treinta era el país más cosmopolita de Europa y en unos años se convirtió en lo que se convirtió. He seguido a Trump desde la pre-campaña. Pensaron que estaba loco cuando dije que podía ganar. Muchos no querían creerlo, e incluso yo no lo deseaba, pero lo vi posible. Puede que podamos identificar unos resortes globales en su victoria, pero a mí Trump no me parece populista, me parece un fascista.

* * *

El padre de Jorge Volpi leía a García Márquez en italiano. Era un apasionado de Alejandro Dumas y Víctor Hugo. Durante años, se dedicó a coleccionar las primeras ediciones en español de las novelas de esos autores. Las colocó, una a una, en las baldas de la biblioteca familiar. A pesar de tenerla a mano, Jorge Volpi aun no ha leído Los Miserables. Era la novela favorita de su padre. Acaso por rebeldía, el escritor la postergó durante años. Si la lee, será para rendirle homenaje.  Eso dice el mexicano en esta conversación.

Creció en la colonia Postal, una zona de clase media —media-media, aclara él— de la Ciudad de México. Fue un chico juicioso.  Alguien que supo utilizar su inteligencia para sobrevivir en un medio hostil. No jugaba al fútbol y sus intereses distaban mucho de los de sus contemporáneos. A él le bastaba con leer las obras completas de Freud y devorar los clásicos de la literatura medieval. En esos años construyó un mundo lector que lo empujó hacia la escritura. La que terminó siendo su más firme vocación. La música también se alojó en sus inquietudes y todavía hoy forma parte de ese repertorio humano del Volpi que se muestra en estas páginas. Estudió Derecho, aunque ya convencido de que lo que realmente deseaba hacer era escribir. Y así fue. Luego de trabajar como procurador, se entregó a la escritura, esa forma de ordenar que también arranca y sutura, ésa que propicia unas heridas para cerrar otras.

¿Cuál es su primer recuerdo lector?

Los cuentos que me leían mis padres cuando era niño. Mi favorito era Alí Babá y los cuarenta ladrones.  En casa había muchos libros. No era una biblioteca muy grande pero mi padre estaba muy orgulloso, porque tenía todos los libros que se habían publicado en español de Alejandro Dumas. Una colección que él alimentó durante años para poder tener todos los libros viejos y nuevos. Los encuadernaba de la misma forma, en azul. Dumas ra uno de nuestros autores favoritos. Víctor Hugo era el otro. Mi padre me recomendó leer a todos esos autores y yo no le hice caso. Formó parte de mi rebeldía. Él  decía: lee a Víctor Hugo y de hecho muchas de las lecturas pendientes fueron las recomendaciones de mi padre. Yo no lo he leído hasta ahora Los miserables.

¿Eso es publicable?

Sí, porque se presta dentro de este contexto. No he leído Los miserables porque era uno de los libros favoritos de mi padre. Algún día lo leeré para rendirle homenaje.

¿Cuál fue el primer libro que lo convirtió en lector? Ese libro que aparece en esos años de cierta conciencia, la adolescencia o el final de la infancia.

Los cuentos de Edgar Allan Poe. Tenía 11 o 12 años. Y no por mi padre, sino por mi madre. Eso es curioso. Mi madre era una lectora normal. A veces no paraba de leer un libro y de pronto no leía en semanas. Y lo que a ella le encantaba, y a mí también, hasta la fecha, son los libros, películas, programas y series  de misterio y crímenes.

¿Ah sí?

Sí. Esas series y programas los veía con mi madre todo el tiempo. A mi padre no le hacía mucha gracia. Cuando quise leer por gusto, le pregunté a qué se parecía a eso que a mí me gustaba ver en la tele y en el cine, y me dijo Edgar Allan Poe. Y es cierto, se parecían. Los leí por gusto y me encantó. Me impresionaron mucho. Eso fue en primaria. En secundaria, que es el tiempo de los maestros, lo que comencé a leer por gusto fue historia. Leí todo lo que encontré de la edad media, desde libros de historia pero también de literatura escritos en la edad media. El libro del buen amor, Conde Ducanor, el Cantar del Mío Cid… Eso y libros de divulgación científica. Leí todos los de Carl Sagan. Me encantaban las enciclopedias de la biblioteca de mi padre. Me leí La Enciclopedia volumen a volumen. Me encantaba.

Est dió derecho. Trabajó como procurador. Y luego se ha dedicado a la literatura. ¿Su padre le exigió en alguna ocasión ser médico?

Creo que es lo que más le habría gustado. Pero, al mismo tiempo, yo no me veía capaz de ser médico. Me habría gustado ser muchas otras cosas. Ah, eso sí. Cuando leí a Freud, que estaba completamente obsesionado con sus obras, le dije a mi padre que quería estudiar psicología. Me dijo: “¿Psicología? Eso es una payasada. ¿Quieres estudiarla? Estudia psiquiatría”. Pero eran seis años de médico y luego la especialidad. Y dije: pues, no.

¿Por qué dejo el derecho?

Cuando empecé a estudiar derecho ya sabía que quería ser escritor. Siempre supe que estudiaría esa carrera para ganarme la vida. Y la terminé, aunque la odiaba. Al final, prácticamente no iba casi nada  a la Facultad. Me inscribía con los maestros más fáciles, para acabar antes. Luego empecé a trabajar en la procuraduría. El último año en que ejercí fue en 1994, un año interesantísimo, con  la Revolución Zapatista. Me fui a la UNAM, al Instituto de Estudios Jurídicos. Me dieron una beca para estudiar el doctorado en filosofía del derecho en Bolonia. Cuando ya tenía la beca dije: no, esto es una simulación. No quiero seguir en el mundo del derecho. Renuncié al instituto y a la beca. Y me fui a la facultad de Filosofía y Letras y me inscribí en la maestría.

¿Su padre cómo se lo tomó?

Ya para entonces no tenía importancia. Mi padre había comprobado que podía ganarme la vida por mí mismo. Mi padre dejó de darme dinero y comencé a trabajar a los 19 y desde esa edad, ya nunca más me dieron dinero. Al contrario, yo aportaba.


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