Entrevistas

“Mi padre era quijotesco en el sentido de luchar por un ideal que está condenado a la derrota”

Por Raquel Jiménez Jiménez   Foto Lisbeth Salas

zendalibros.com

La vida se le desdibujó a Héctor Abad Faciolince, Quiquín, el día que mataron a su padre. Lo narra en la novela El olvido que seremos, editada por Alfaguara: «El 25 de agosto por la noche sucedió el hecho que más dolor me ha dado desde que estoy vivo: mataron a mi padre». Quizá les suene el título, ya que vio la luz hace más de una década. En el bolsillo de Héctor Abad su hijo encontró varios documentos: una lista que lo identificaba como objetivo de los paramilitares y un soneto de Borges, Aquí, hoy:

Ya somos el olvido que seremos./ El polvo elemental que nos ignora / y que fue el rojo Adán y que es ahora / todos los hombres y que no veremos./ Ya somos en la tumba las dos fechas /del principio y del término, la caja,/ la obscena corrupción y la mortaja, / los ritos de la muerte y las endechas. / No soy el insensato que se aferra / al mágico sonido de su nombre; / pienso con esperanza en aquel hombre /que no sabrá que fui sobre la tierra. / Bajo el indiferente azul del cielo / esta meditación es un consuelo.

Casi veinte años después, Héctor Abad Faciolince recompuso figuras y sombras, colores y puntos de fuga. Recompuso esa vida, de la realidad a la ficción. Abad dio a luz a su padre en un hermoso libro, El olvido que seremos. Cuando asesinaron a su padre, Abad tenía 28 años y una hija recién nacida, Daniela. Cuando su padre volvió a la vida, Abad tenía familia numerosa y los sueños ya cumplidos. Hoy esa hija continúa reescribiendo la historia familiar con la presentación del documental que dirige, Carta a una sombra, y que acompaña la nueva edición de la obra preparada por Alfaguara.

Héctor Abad tardó veinte años en escribir esta novela. Salió a la luz en el momento en que estaba preparado para esta reescritura de su vida, cuando el pulso narrativo le ganó el duelo a esa pérdida, cuando los recuerdos olvidaron que debían permanecer clavados en la realidad.

Visita España para promocionar esta nueva edición de su título más paradigmático. La cita con Zenda es en la Cantina de Matadero Madrid, antes de presentar Carta a una sombra, documental que recoge la historia de su padre. Comenzamos.

— ¿Es esta novela un acto de amor?

Creo que son varios actos de amor. Recibí mucho amor y, de alguna manera, tenía que devolverlo, y también transmitirlo. La vida de mi papá, de mi padre, fue una especie de acto de amor, de amor en muchos actos. La desgracia fue que mis hijos no lo conocieron, a pesar de que mi hija sí dio los primeros pasos entre él y yo. Pero claro, no hay memoria a esa edad. Los primeros destinatarios de este libro eran mis hijos, Daniela y Simón.

Ese acto de amor se ha devuelto también en otro acto de amor que es el que mi hija ha tenido conmigo al hacer el documental. Es un acto de amor también con mi hermana, que está en la cubierta del libro, porque era la más olvidada de todos, y una persona que, a pesar de que vivió tan pocos años, dejó un recuerdo radiante y muy amoroso en la familia. Más que un acto de amor esta novela es muchos actos de amor.

—Usted se hizo escritor con las cartas que le mandaba a su padre. ¿Le alentó él a convertirlo en su profesión?

Ahora, después de España, voy a Indonesia. Nunca he ido a Indonesia y antes de salir leí las cartas que había enviado mi padre a mi madre, a cada una de mis hermanas (incluida Marta) y a mí. Yo era un niño de seis años y estaba aprendiendo a escribir, mi padre me contestaba las cartas como si se las hubiera escrito alguien importante. Me contesta las cartas corrigiendo los errores de ortografía, contándome qué partes de mis cartas le habían gustado. Mis cartas no existen, pero en las de él dice, por ejemplo:” no te preocupes, tu carta no era muy larga y no me estaban ardiendo los ojos cuando la terminé”. Quiere decir que, evidentemente, yo le había escrito “ya te estarán ardiendo los ojos”. Es muy bonito cómo contesta…, entonces tu pregunta es absolutamente adecuada y yo creo que sí, que escribiendo cartas a mi padre, y luego cartas burocráticas en la oficina de mi madre, fue como me hice escritor.

— ¿Cómo se olvida, se perdona, se deja atrás el rencor? ¿Se puede sobrevivir al dolor?

Eso es lo que nos enseñaron en mi casa. Tanto mi madre y mi padre, con el ejemplo. Después de un dolor intenso, el que se sufre con todo el cuerpo y con todo el llanto, hay que volver a levantarse, seguir y recuperar la alegría. Mi madre, que tiene 92 años, ha sido siempre un ejemplo de recuperación y de alegría por golpes que le haya dado la vida, y mi padre lo mismo, fue un ejemplo de alegría siempre.

Sucumbir al rencor, al recuerdo, a ese rumiar la ofensa…, es algo muy tóxico para la psicología. Lo que yo aprendí de ellos es que el dolor se siente, la ira se siente, la injusticia se dice, se denuncia y se grita, pero no se puede sucumbir al rencor ni al dolor, sino que hay que levantarse otra vez.

Para mí el acto de escribir ha sido siempre una especie de sanación, y más este libro. Es más, con este libro, como ya en el libro recuerdo todo, ya me puedo permitir incluso olvidar.

— ¿Cuánto heroísmo cabe en una novela?

Propio, ninguno (risas). Como digo con un verso de Quevedo: “Soy un cobarde con nombre de valiente”. En el caso de mi padre, creo que exagero un poco con el heroísmo. Creo que está bien, que su vida fue muy bonita, que incluso su sacrificio es muy hermoso, que como decía Petrarca: “Un bel morir tutta la vita onora”, pero ser mártir y someterse a eso es, de todas maneras, demasiado fuerte teniendo una familia.

—Tras la muerte de su padre y hasta la escritura de esta novela, ¿dónde encontró consuelo Héctor Abad Faciolince?

En el olvido, en Italia que me acogió, en el amor, en libros distintos, libros  frívolos que no hablaban de la violencia sino del amor, de la traición… En cosas simples: comida, música, lectura…

Creo que hay un primer impulso cuando se sufre algo muy fuerte, es un primer impulso que nos produce culpa, pero es legítimo. Y es que es necesario, no digo ya olvidar, sino no tener presente todo el tiempo la ofensa, no estar mirando todo el tiempo la herida. Uno siente culpa con los muertos, cuando no los está recordando o vengando en el caso de un asesinato. Pero si uno quiere vivir y no enloquecerse, tiene que olvidar. Una hermana mía era incapaz de olvidar (es algo que yo no cuento en la novela), tan incapaz de olvidar que perdió la cabeza. No lo conté en la novela porque era demasiado fuerte. Pero ella lo ha contado después y ahora lo puedo ya contar: ella no lo pudo soportar, se desquició durante un tiempo. Ahora está bien, pero durante dos años estuvo realmente muy mal.

—Después del feedback que ha recibido con esta obra, ¿volvería a escribirla? ¿Le ha merecido la pena escribir esta novela?

Sí, esta novela me ha dado muchísimo más de lo que esperaba de mi vida como escritor. Probablemente por ser la vida de mi padre, que fue una persona tan especial y tan distinta. Yo había intentado escribirla a través de la ficción y salía mal y sin gracia. Cuando la escribí con la pura verdad, en la lengua de mi casa y con toda la autenticidad de mi padre…, fue como funcionó bien. Afortunadamente encontré el tono, la voz de mi familia, la voz de mi casa, la voz de mi padre, tuve la suerte de contar su historia tal como fue y la voz de él tal como fue.

No quisiera tener nunca más experiencias como las de este libro para escribir una novela parecida. Sí, ha tenido éxito, pero yo preferiría no haber tenido éxito y vivir una vida distinta.

— ¿Por qué esta nueva edición?

Pues porque… Porque tú no la habías leído, por ejemplo. La editorial pensó, y yo también confío, en que a pesar de haberla escrito hace unos años, las novelas no tienen que tener fecha de caducidad. Una novela o una historia buena puede encontrar un lector sin tener que estar en el escaparate de novedades. Por suerte es lo que me ha pasado.

Por ejemplo, esta novela se publicó este año en Grecia por primera vez. He recibido cartas, reseñas, reacciones de muchos lectores. Si eso pasa en Grecia, en otra lengua, en otra cultura… Y aunque se ha vendido bien la novela en español, yo sé que hay muchos más lectores que libros.

— ¿Cómo espera que se reciba el libro? ¿Qué recorrido quiere que tenga?

Lo bueno para mí es que este libro ya ha tenido un recorrido que supera todos mis sueños. No tengo ninguna expectativa ni ninguna ilusión que deba superar. Este libro me sorprende una y otra vez. Si tengo aún más lectores, magnífico. Si la novela se queda así, tal como estaba hasta ahora…

Pienso que difícilmente un libro puede darle tanto a un escritor, tantos amigos, tanto cariño, tantas cosas, me ha dado cosas muy raras. Gracias a que algunos funcionarios medios de España la leyeron, un día recibí una carta en la que me decían si no quería yo ser español. Gracias a esta novela. Dije que bueno, pido ser español. Este pasado viernes 29 de septiembre me llegó el pasaporte de Madrid a Colombia, y lo recibí muy feliz porque lo necesitaba para poder entrar en Indonesia sin visado. A los colombianos nos piden y a los españoles no. Yo me he pasado la vida pidiendo visas. Ahora no tanto.

Y miro el pasaporte y pone: “Expedido en Madrid el 25 de agosto de 2017”. Exactamente 30 años después del asesinato de mi padre. No soy creyente, no creo en nada, pero esta magia me pareció muy bonita. Y el pasaporte, que tiene fecha de caducidad de 10 años, caduca el 24 de agosto de 2027. El 24 de agosto nació mi hijo y el 24 de agosto nació Borges. Y Borges es el autor del poema que mi papá llevaba en el bolsillo. Entonces me vuelvo como un cabalista supersticioso. Es bonito que en la realidad ocurran esas cosas.

¿Puede una novela superar a un escritor? ¿Cómo se puede sobrevivir al best seller?

La mejor forma de sobrevivir a un best seller es que se vuelva un long seller. Hoy día, que casi todas las cosas tienen fecha de caducidad, es bonito que quieran volver a publicar la novela, más de diez años después, otra editorial, con un añadido de una película, con un añadido de numerosos párrafos…

Creo que los libros puede ser mejores o peores que quienes los escriben. Muchas veces pasa. Tengo amigos que son grandes personas, que son conversadores geniales, expositores orales geniales, y que los libros son menos buenos que ellos. Y también tengo el caso de -y puede que ese sea mi caso, creo que ese es mi caso-: este libro es mejor que yo, sí, es mejor que yo como escritor. De hecho muchas personas piensan que es mi único libro. Si este fuera mi único libro, aunque yo voy a seguir escribiendo, está bien. Es mejor tener un libro que no tener ningún libro.

¿De qué fuentes literarias bebe El olvido que seremos?

Yo digo que traté de escribirla sin literatura, pero no es verdad. Creo que estudié Literatura, leí mucho, me he preparado para algo, me he preparado para contenerme, para no dejarme llevar por el sentimentalismo, para saber que la literatura es un arte, y que tienes que llevar las riendas de ese arte.

Si te dejas llevar por el primer impulso, te sale el mal poeta, el mal novelista, el mal prosista que todos llevamos dentro, que es un novelista, un poeta lacrimoso, lleno de lugares comunes. Sé que esa experiencia de lectura es la que me hizo refrenarme durante muchos años para no escribir con las lágrimas vivas o con el corazón en la mano, sino con la contención que el arte requiere.

Hay dos fuentes fundamentales: Primo Levy y su novela testimonial (de hechos mucho peores que estos, mucho más dramáticos), Si esto es un hombre –novela testimonial sobre Auschwitz- y Natalia Ginzburg y Léxico Familiar, novela que me dijo: “se puede escribir en el lenguaje de tu casa, en la lengua familiar, en el español que se habla en la mesa de tu casa”.

Comenta en la novela que la escribió casi del tirón, ¿recuerda el proceso?

Tengo una memoria horrible. No recuerdo el proceso. Recuerdo momentos en los que no podía seguir escribiendo, me tenía que parar, daba literalmente alaridos de dolor y cogía un destornillador y me ponía a apretar tornillos en las bisagras de las puertas de mi casa, que es como una manera de no hacer nada. Y después volvía. Eso recuerdo. En algunos episodios, por ejemplo: Marta, asesinato, casi no escribo el asesinato de mi padre, era algo que no quería escribir, que postergaba, postergaba, postergaba… ¡No lo quería escribir! Tuve que forzarme a hacerlo. Eso lo recuerdo. Pero muchas otras cosas no las recuerdo: no recuerdo haber metido la mano en el bolsillo de la chaqueta de mi padre para sacar una lista de amenazados y un poema, ¡eso no lo recuerdo!, eso sé que es verdad porque está escrito en mi diario, pero no lo recuerdo.

La novela es un bodegón costumbrista de la sociedad de Medellín. Llama la atención el catálogo de personajes que forman el Costurero del Apostolado, personajes que rodean, religiosamente, a la abuela Victoria. Personajes diferentes, de diversas procedencias, pero con un denominador común. Esas peculiaridades de los personajes le aportan mucha credibilidad al relato, alejándose momentáneamente del personaje principal para descubrir el entorno familiar. ¿Cómo dibujó o dispuso este mosaico de personajes?

Mi infancia era eso, sobre todo cuando mi papá se iba de viaje para Oriente, lejos. Se iba 6 meses, 4 meses… A mis hermanas les encantaba ir donde mi abuela Victoria, en cambio a mí, no. Mi abuela, mi mamá, mis hermanas han sido muy feministas. Son un universo muy femenino y entre ellas se entendían muy bien. Yo era un niño único, como un pegote, como algo anómalo y lo único era sentarme, al final de la tarde, cuando salían tío Luis y las empleadas del servicio…, era como un desfile muy raro de deformidades y cosas (risas). Pero era como cuando yo leo ciertas obras de teatro de García Lorca, ¡ese es mi mundo! En el fondo somos herederos, heredamos un montón de cosas de España que son muy fuertes.

¿Cómo ha evolucionado Héctor Abad Faciolince, literariamente hablando, en estos últimos diez años?

Con dificultades. He abortado una novela hace un tiempo que se llamaba Antepasados futuros. También estuve a punto de abortar La oculta, que sí salió, pero estuvo guardada y rechazada durante meses, sino años y luego por desesperación la retomé y la pude terminar.

Y hace poco también terminé una novela que a mi editora de Alfaguara, que ahora publica este libro, no le gustó, así que la metí en el cajón. Estoy esperando a ver si se me olvida y si soy capaz de leerla con ojos de un extraño para poder decidir si es tan mala como ella piensa o tan buena como a mí me parecía antes de que ella me diera su opinión.

En su trayectoria ha hecho de todo, es un autor del «Renacimiento», aunque todos estos caminos (la docencia, el periodismo…) le han llevado a la literatura. ¿Se considera escritor?

Alberto Aguirre, un amigo que se exilió a Madrid (un amigo de mi padre que yo heredé), una de las personas a las que está dedicada El olvido que seremos, fue siempre mi primer lector y cuando leyó mis cuentos me dijo: “Te jodiste, tú no sirves para nada más. Lo único que puedes ser en la vida es escritor”. Creo francamente, no que sea un escritor, sino que voy a seguir escribiendo hasta que muera, y que lo voy a hacer con toda la pasión y el esfuerzo para no ser indigno de estas palabras.

Ya sé que hay cosas más importantes que ser escritor. Para mí ser padre es más importante que ser escritor. Cuando me separé de la madre de mis hijos, ella me acusó de que para mí la literatura era más importante que mis hijos. Eso me ofendió mucho, pero ella tenía razón: era algo que yo había dicho en cartas, y en esa época. Ella llevó ante los jueces esas cartas. Esto no lo había contado. Pero, yo escribí eso y mentía. No mentía, decía la verdad pero me engañaba. En realidad para mí son mucho más importantes mis hijos que la escritura. El amor, ese amor, esos amores de los que hablaste en tu primera pregunta, los actos de amor. Pero después de eso, sí: este oficio al que me he dedicado, después del amor, es lo segundo más importante.

¿En qué proyecto literario se ha embarcado en los últimos tiempos?

En ese proyecto que te acabo de contar que fracasó, o no sé si fracasó, ¡puede que no fracase! Se llamaba “El centro”.  Lo estaba escribiendo en Holanda con una beca. Todos mis compañeros de beca que eran científicos me preguntaban “¿cómo se llama lo que estás escribiendo? Y yo decía, “Perhaps, The centre”. (Tal vez, El centro).  Eso me pareció mejor que el centro. Es el centro en el sentido del centro de una ciudad, de la capacidad de centrarse en algo, de tener un centro, de que por ejemplo el centro de tu vida sea la gente que quieres y también el centro del espectro político (es algo muy odiado pero que unos creen que no tomamos partido, que somos tibios. Pero yo creo, en cambio, que es muy necesario lograr mantener el centro).

Mi papá inventó una palabra, que es mesoísmo, él la tomaba de los griegos. Creía, como algunos pensadores griegos, que en el centro puede estar la verdad.

Pero una novela con tanta elaboración filosófica puede no ser muy buena. Entonces no sé si ese centro podrá tener una historia que haga coagular las ideas que hay detrás.

¿Cree usted que el ser humano está hecho de violencia?

No. Creo que hay necesariamente en el ser humano impulsos violentos para sobrevivir. Si no, no hubiéramos podido sobrevivir en las condiciones tan duras en las que evolucionamos. Pero el ser humano está hecho también de altruismo, de amor, de generosidad.

La cultura puede moldearnos hacia un lado o a otro, según las circunstancias en las que estemos. Si estamos en circunstancias muy hostiles, convendrá ser violentos. Si estamos en circunstancias culturales no muy hostiles, podemos permitirnos el lujo de la generosidad y el amor.

Su padre fue perseguido en su carrera como docente universitario, en su trabajo activista por la salud pública y por los derechos humanos. ¿Qué libertades cree que ha ganado Colombia desde 1987?

A mi padre lo mataron en el 87 porque estaba apoyando un proceso de paz que había hecho un presidente conservador en 1984. Ese proceso de paz fue saboteado por la extrema derecha que empezó a exterminar a toda la gente de izquierda que pertenecía al partido que había fundado la guerrilla de las FARC, que se llamaba la Unión Patriótica. Ese fue un sabotaje institucional hecho por el ejército, por los paramilitares y por personas muy fanáticas y muy hostiles. Como mi padre, que era liberal, no era ni conservador, ni comunista, ni de las FARC, era de un partido más de centro (aunque ahora sea un partido corrupto, como casi todos (risas), por defender a esa gente de la UP, lo mataron. Porque denunciaba y era una persona de la burguesía de Medellín, de la pequeña burguesía, un profesor respetado. Por eso lo mataron. Porque un profesor respetado estaba defendiendo a los comunistas.

¿Qué ha cambiado? Que hoy hay un proceso de paz. Y que la gente que está en la élite y el ejército han participado en ese proceso de paz. Y que no se está repitiendo la historia. Que hay en el establecimiento y en el ejército personas que defienden esta opción política y sin armas de la guerrilla.

Que no haya tenido éxito el proceso de paz del año 84 -y de los años que siguieron- significó para Colombia más de 30 años de horrores. Ojalá ahora podamos seguir adelante sin que eso vuelva a pasar.

¿Qué retos tiene hoy día la humanidad para acabar con la violencia? ¿Lo ve posible?

Hay un libro de Steven Pinker, que es muy interesante, que demuestra que la humanidad vive una de las etapas menos violentas de la historia. Pero eso no quiere decir que no estemos siempre al borde del abismo.

Digamos que la tensión entre Corea del Norte, y su dictadorcito loco, y Estados Unidos, y su dictadorcito no menos loco, es una perspectiva terrible de que por lo menos no sería imposible que se destruyera una ciudad como Seúl y murieran millones de personas. Somos aparentemente más pacíficos, sí, hay menos violencia, pero tenemos unas capacidades técnicas devastadoras. Aunque estamos mejor, estamos peor por las capacidades técnicas devastadoras que hay. Estamos ante un mundo completamente distinto, un mundo que pinta el escritor Yuval Harari, en el que tal vez unas máquinas que se consideran una especie de superhombres puedan llegar a tratar tan mal a los seres humanos. Esa sí que sería una violencia que pagaríamos todo lo que hemos hecho en contra de los animales.

Tras la muerte de su hermana Marta, su padre se embarcó en una batalla pro derechos humanos, una serie de denuncias de violaciones de estos derechos en distintos ámbitos de la sociedad colombiana. Es un ejercicio emocionante y muy duro leer en la novela el artículo que publicó su padre («Yo acuso») tras la detención y tortura de un amigo. ¿Qué pensaban en la familia de esta batalla de su padre? ¿Se embarcaban con él, de algún modo, en esta defensa?

Lo dejamos muy solo en eso. Ni siquiera entendimos a lo que se exponía. No le obligamos a ir al exilio o a esconderse. Con mi padre ocurría lo contrario que ocurre en casi todas las familias que detienen a los hijos para que no salgan a manifestar, mis hermanas trataban de detener a mi padre para que no se manifestase. Él era el joven de la casa, el que llevó la dignidad y las denuncias contra las injusticias hasta las últimas consecuencias.

¿Cuánto hay de Don Quijote en su padre?

Mucho en el idealismo, pero no estaba loco. Cuando él denunciaba que había grupos oscuros que mataban, no eran molinos de viento, eran de verdad.  No eran ejércitos de ovejas, eran ejércitos de personas muy malévolas.

En el sentido que se ha dado a la palabra “Quijote”, de quijotesco, mi padre era quijotesco en el sentido de luchar por un ideal que está condenado a la derrota. Por eso ese libro le parecía a él y me parecía a mí tan fascinante.

¿De qué tiene miedo Héctor Abad Faciolince? ¿Aún se siente amenazado?

Mi único miedo es que mi hijo, ecologista convencido que se desplaza en bicicleta por la ciudad, pueda ser un mártir de la ecología. A eso le tengo miedo. O que a mi hija, que no le tiene miedo a nada, le pase algo cuando sale por Medellín.

No tengo ningún miedo por mí, yo ya he vivido. Por mí me puedo morir mañana tranquilamente. Tengo miedo a que le pase algo a las personas que yo más quiero. Eso es lo insoportable. Que me pase algo a mí, es perfectamente soportable.

¿Conserva hoy día deseo de venganza o rencor?

No. Nunca lo tuve. Mi manera de vengarme es la escritura de este libro. Esa es mi única venganza: representar en palabras lo que pasó. Seguí el ejemplo de Hamlet al principio: la representación de un asesinato, pero sobre todo la representación de una vida, ya que del asesinato son unas pocas páginas. Y ahí me detengo.

Creo que esta no es la época de seguir, como en Hamlet, como en esas épocas en las que el honor y la venganza eran fundamentales. Yo creo que hoy en día nos basta con la representación. No con ningún acto de venganza, de justicia o de cartel. Basta la representación.

¿Qué cree que habría conseguido su padre si no hubiera sido asesinado?

Habría conseguido que mis hermanas y sus nietos hubieran sido personas más felices, más normales, menos angustiados, menos miedosos. Habría conseguido mucho a nivel privado.

En cuanto a la esfera pública: sólo su muerte consiguió hacer ver que no sólo mataban a los que eran culpables, sino también mataron a los buenos. Espero que con su ejemplo y, de manera humilde, con este libro lo hagan ver: que a los que actúan bien también los pueden matar.

¿Quién cuida hoy las rosas de su padre?

Las cuida mi madre, que sigue con vida. Aunque no con el mismo cuidado, ni con la misma buena mano que él tenía. En realidad existen aún cepas suyas, pero el rosal de mi padre ya no tiene la décima parte de la belleza ni de las rosas que había cuando era él mismo quien las cultivaba.

¿Qué es lo más importante que aprendió de su padre?

Es difícil decir una única cosa (pausa). Lo más importante… El hecho de que a uno lo quieran, si ese amor es de verdad, no tiene nada que ver con el éxito o con el fracaso.

Cuando la muerte le sobrevenga, ¿qué poema le gustaría llevar en el bolsillo?

No rezo, pero descubrí hace tiempo que el rezo produce mucha calma. Supe que Borges murió recitando el Padrenuestro en muchos idiomas, sin ser creyente. Descubrí en un avión, al lado de una monjita, que cuando ella rezaba se calmaba, y que si yo recitaba también me calmaba. Y perdí por completo el miedo a los aviones.

Más que un poema en el bolsillo, lo que yo tengo son algunos poemas en la memoria. La muerte para mí ideal es poder experimentarla como última experiencia de la vida, darme cuenta de que me estoy muriendo, estar con mis hijos, de la mano de mis hijos, de mi esposa, de la gente que quiero.

Y si estoy muy triste o muy acongojado o si tengo miedo, tengo varios poemas en la memoria que duran una media hora entre todos y que puedo ir recitando tranquilamente, entre ellos está el poema que mi papá llevaba en el bolsillo. Hay poemas de Borges, hay poemas de Quevedo, hay poemas de Lope, hay fragmentos de Dante, poemas de Machado…, tengo unos rezos que me van a servir.

Si su padre estuviera aquí hoy, sentado con nosotros, ¿cómo le presentaría la novela?

(Abad reflexiona largamente)

Le diría: Perdóname que haya tenido que ser infidente en tantas cosas. Que haya tenido que contar intimidades tuyas, pero la única forma de que me creyeran era contando…Contándolo todo. No pude detenerme, porque si me detenía, no me iban a creer.

Héctor Abad, hijo, apura con su conversación los últimos minutos de la tarde. Está a punto de presentar el documental que dirigió su hija y que ha recibido varios premios internacionales. Está tranquilo. Es un hombre reflexivo y cercano que aún cree en el poder sanador de los libros y los clásicos. Tan pronto recita a Lorca como un soneto de Borges mientras en los oídos de todos resuenan los ecos de Jorge Manrique.

El olvido que seremos se extiende a todos los padres e hijos de Latinoamérica. Es difícil no acordarse de que la pérdida de un progenitor puede asumirse bajo un prisma narrativo, el que imprime Héctor Abad Faciolince en este título, enfrentándose a la desmemoria. La novela se extiende como un abrazo protector e universal. Como una esperanza necesaria ante las certezas que nos embaten.

La muerte nos iguala a todos y, a veces, la literatura nos mantiene firmes en esa línea: frente al horror, pero con esperanza; con una emoción inmensa que parece dotar de un sentido a estas certezas inevitables. Una emoción que nos perturba y sacude, que nos consuela y protege, que nos convierte, también, en cierto modo, en sobrevivientes.

El olvido que seremos es una historia de resistencia y de felicidad. Al leerlo nos surge la pregunta de si alguna vez la familia Abad volverá a vivir años felices. Continuará reescribiéndose su historia cada vez que abramos las páginas de su novela, este soberbio mapa de la memoria, esta carta a una sombra, mientras el crimen contra su padre permanezca impune.