Revista Pijao
“LOS VELOS DE LA MEMORIA”, DE JORGE ELIÉCER PARDO: OBSIDIANA DE COSMOGONÍA EN AGONÍA. Por: José Luis Hereyra Collante
“LOS VELOS DE LA MEMORIA”, DE JORGE ELIÉCER PARDO: OBSIDIANA DE COSMOGONÍA EN AGONÍA. Por: José Luis Hereyra Collante

“LOS VELOS DE LA MEMORIA”, DE JORGE ELIÉCER PARDO: OBSIDIANA DE COSMOGONÍA EN AGONÍA

José Luis Hereyra Collante

Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo;

y si por los ríos, no te anegarán.

Cuando pases por el fuego, no te quemarás,

ni la llama arderá en ti.

Isaías 43:2

Introducción

“Los velos de la memoria” (2014), del escritor colombiano Jorge Eliécer Pardo, es una obra que combina la memoria personal con la historia colectiva, donde recoge la historia social y política de Colombia, en plena guerra civil colombiana entre militantes de los partidos tradicionales, liberal y conservador, que dejó trescientos mil muertos y varios millones de desplazados de las zonas rurales a los centros urbanos del país. La elipse dejada como mancha de sangre en los suelos patrios comienza con la violencia fratricida en los años 50 del siglo XX y se extiende lamentablemente hasta nuestros días.

La propia familia del autor, los Pardo Rodríguez, cuyo padre era un significativo liberal gaitanista, tuvo que irse de Líbano a Bogotá en un largo peregrinaje de años que implicó un regreso años después a Ibagué, capital tolimense, no obstante, ellos siguen compartiendo a voluntad residencia y actividades en Bogotá. Lo anterior es un dato importante, porque “Los velos de la memoria” comienza precisamente su cronología mortuoria en esos años 50 del siglo XX, lo que demuestra que el leit motiv de esta obra entreteje cuerdas vitales del corazón y de la memoria, y nace de la danza dolorosa de la vida y la muerte, que no de la mera, frágil —y hasta no pocas veces superficial— motivación del ejercicio literario.

A través de una prosa poética y una estructura fragmentada, en un discurso significantemente histórico y que, curiosamente, contiene también una lectura atemporal, Pardo explora los vínculos entre el recuerdo, la violencia y la identidad, ofreciendo una reflexión profunda sobre el peso del pasado en la vida de los individuos y de las naciones. A través de historias de vida y muerte, diferencia las distintas épocas del devenir histórico de Colombia, pero la hondura de la palabra hace de este libro una plegaria universal que se aferra a la memoria para esculpir dentro de esas oquedades de sangre coagulada y reseca el misterio del renacimiento de la esperanza, de la persistencia de la vida por encima de la muerte.

 En el libro, los 32 textos que lo componen están acompañados por 45 fotografías del mismo autor, expresiones de mujeres víctimas del conflicto armado colombiano, que detrás de sus rostros, de sus miradas, de la textura de su piel, guardan narraciones que deambulan como espectros en el libro. Tras la auscultación de esos elementos, este texto examina cómo el autor utiliza la memoria como recurso narrativo y simbólico para revelar las heridas del conflicto colombiano, con lectura universal, al tiempo que plantea la posibilidad de la reconciliación a través de la palabra.

El lenguaje poético como vehículo de sanación

El estilo de Jorge Eliécer Pardo se distingue por su lirismo duro, pero refulgente; sosegado, pero sugerente. En “Los velos de la memoria”, la palabra se carga de una función sanadora: narrar se convierte en una forma de sobrevivir. Las imágenes, los silencios y las metáforas crean un espacio de contemplación, donde el dolor se transforma en belleza literaria. Este uso poético del lenguaje permite que el lector no solo comprenda racionalmente la tragedia, sino que la sienta emocionalmente. En ese sentido, Pardo logra unir la sensibilidad estética con la conciencia ética, moral.

“Los velos de la memoria” está escrito en una altísima poesía, depurada en una prosa concisa y rigurosa, y sujetada con ese pulso que sosiega el estertor, y que solo he percibido, como ilustres antecedentes en esa magnitud de dominio, en esa belleza potente y finamente decantada, en la obra de Ernest Hemingway y Albert Camus, e.g, en el clímax del párrafo final de “The Snows of Kilimanjaro” (1936) y en algunos temblantes y asfixiantes instantes al final de la primera parte de “L’Étranger” (1942), donde se ejerce una poesía desde lo sustantivo, que no en lo adjetival, expresado todo, paradójicamente, en una belleza de la desgracia, de un fatum ineluctable, inevitable, guardando su más pura esencia de fatum; una poesía de lo sugerido más que de lo expresado, a la manera del famoso iceberg, donde solo el mínimo cuerno de hielo asomante y amenazante da fe pérfidamente de la enormidad de lo oscuro y oculto que se cierne bajo el silencio del agua gélida.

En “Los velos de la memoria” (p, 39), en el texto “Zona Sagrada”, de frente al mar interminable, y perseguidos por la muerte, leemos:

Los ojos compuestos y pedunculares de las langostas y su estridor, revivieron en las atarrayas y cayucos pequeños para ver el comienzo de la nueva muerte. Venían en las manos de los pescadores y ellos sintieron que largas tenazas trituraban su honor por el ultraje a sus mujeres. Ellas, recogedoras de muertos para enterrarlos, de heridos en las guerras. Ellas, espíritus vivos intocables en los campos de batalla. Solo ellas, con sus manos de pariente cercano uterino, recolectoras de los cuerpos que caen de manera violenta, seres de frontera, corredoras entre el mundo del adentro y del afuera, ahora víctimas a los ojos de animales, hombres y niños. Hebra rota con el mundo de los espíritus, madeja despedazada de tejedoras de hilos de vida, cuerpo profanado, piel trofeo del enemigo blanco, del alijuna.

Miremos, ahora, en “The snows of Kilimanjaro” esos angustiosos momentos de Harry y de su esposa en la tienda de safari, escueta y vulnerable en la inquietante y salvaje noche africana, donde se tararea con los compases de la muerte — sin saberlo— la evocación de un sueño feliz en una inolvidable fiesta en Long Island:

Justo entonces, la hiena dejó de gemir en la noche y empezó a emitir un sonido extraño, humano, casi un llanto. La mujer lo oyó y se removió inquieta. No se despertó. […]. El ruido de la hiena fue tan fuerte que ella se despertó y, por un momento, no supo dónde estaba y tuvo mucho miedo. Entonces tomó la linterna y la iluminó hacia la otra cama que habían traído después de que Harry se durmiera. Podía ver su cuerpo bajo el mosquitero, pero de alguna manera había sacado la pierna y esta colgaba junto a la cama. Los vendajes se habían caído y no podía verla. […] Afuera de la tienda, la hiena emitió el mismo ruido extraño que la había despertado. Pero ella no podía oírlo porque lo ahogaban los latidos de su propio corazón.

Y en “L’Étranger”, Mersault cuando dispara al árabe, al final de la primera parte, bajo el ardiente sol que refulgía, como mordiéndole la vida, en la hoja de acero del cuchillo del árabe:

Entonces todo vaciló. El mar cargó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para dejar que lloviera fuego. Todo mi ser se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó. Sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había roto el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz. Entonces, tiré aún cuatro veces más sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notase. Y eran como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia.

La obsidiana, desde los albores de lo humano

No son gratuitos, en absoluto, los términos de esta trilogía: obsidiana, cosmogonía y agonía, para nombrar una obra tan densa, violenta y convulsiva de la historia humana, en este caso de Colombia, nuestra dolida Patria, como estos relatos de Jorge Eliécer Pardo en “Los velos de la memoria”.

Pero “Los velos de la memoria” no es jamás un simple inventario del horror, una oscura aritmética de la desgracia, un ábaco espacio-temporal de las muertes sistemáticas genocidas. No. Si para nuestra lectura la obsidiana es un símbolo refulgente, pero tenebroso, del sacrificio humano sistematizado, en este libro nada queda en la mera contabilidad absurda de muertes por doquier, sino que la textura literaria —de un orden finamente elaborado en tanto discurso— asciende a los territorios inexplorados de lo mítico, de lo cosmogónico…

No habían llorado por generaciones, ante la impotencia no controlaban las lágrimas ni la rabia al pensar en la venganza. Usurpado el suelo y las mujeres, despojaban lo sagrado, entraban en la zona oscura de la desgracia. Arrebatadas sus costumbres y mandatos antiguos, sus representaciones del mundo wayuu, vida, muerte, guerra, les quitaban su sentido de presencia, la naturaleza y la vida. Perdida una mujer, perdido todo el territorio.

La obsidiana es una roca volcánica vítrea, un tipo de vidrio natural formado por el rápido enfriamiento de la lava rica en sílice, vidrio con un filo letal y una dureza de 5.5, usada en puntas de lanzas, flechas y espadas de madera con filosas obsidianas llamadas hadzab entre los mayas y nacachuitl entre los aztecas, y, en especial, para elaborar cuchillos afiladísimos que usaron varias culturas —como la egipcia, la india, la china, la azteca, los mayas, los incas—, en especial para ejecutar desde cirugías hasta sacrificios humanos.

Y es que esta arma sacrificial usada desde los albores de lo humano proviene de esa piedra volcánica, que posee otras propiedades y simbolismos asociados a diferentes culturas, como la protección, la curación y la conexión con el mundo espiritual, y es llamada también, simbología pura, la piedra de la justicia. Por eso la relación con este libro portentoso y profundo, donde la sangre bebida por la tierra y los gritos y los ayes cercenados en la garganta y los degollamientos como símbolo de despojo del alma también, equiparan ese oscuro pasado de los sacrificios humanos ceremoniales a través de los tiempos y del mundo con las eliminaciones o limpiezas étnicas, con los genocidios espantosos que siguen oscureciendo las arenas con la sangre derramada, con las violaciones, como armas de guerra, a comunidades enteras de mujeres, con ojos de niños que vuelcan su último mirar entre el barro, la metralla y los filosos machetes.

Jorge Eliécer Pardo no se expresa en este estremecedor libro desde un lenguaje de paleoantropólogos ni de arqueólogos forenses ni de cánticos lumbalúes lacrimógeno-funerarios. Desde el arranque de este poema de sangre y auscultación del destino humano, el escritor se apropia del espíritu —de los espíritus— como el de Minelia, el alma de los negros, del Chocó, profunda en la noche de los tiempos, figura mítica y cosmogónica, ángel invocado en el dolor del primer relato del pavoroso recuerdo de Bojayá el 11 de mayo de 2002. Dedicado “A los niños colombianos asesinados, ángeles transparentes del río”, sitúa al corazón del lector en el río Atrato, de comunidades afrocolombianas y cabildos, tribus indígenas emberas, chamíes y katíos, “la gente de la cordillera”. El río va cambiando sombríamente, el río que ya han perdido. El río que perteneció a los abuelos y bisabuelos descendientes de esclavos africanos, el río que llevaba los colores de cuentas y pectorales —emberas y wounas y tules yunas— y el chapoteo de los grandes bagres y la vocinglería de las guacamayas tricolores, ahora es patrullado por la muerte oficial de gobierno tras gobierno, por las “voladoras de la guerrilla” y por “las chalupas de los paramilitares”. Trinomio de muerte, impunidad y olvido.

La memoria como forma de resistencia

En “Los velos de la memoria”, la memoria se convierte en una herramienta de resistencia frente al olvido impuesto por la violencia. Pardo muestra cómo las historias familiares y los testimonios íntimos se entrelazan con los grandes acontecimientos nacionales, evidenciando que la historia oficial muchas veces silencia las voces de las víctimas. Los personajes, marcados por la guerra, reconstruyen su identidad mediante fragmentos del pasado, como si la memoria fuera un rompecabezas imposible de completar. Esta fragmentación refleja la dificultad de narrar —en y para— un país desgarrado, donde cada recuerdo es también una herida.

La historia nacional desde lo íntimo

Pardo pertenece a una generación de escritores colombianos que han hecho del conflicto armado el eje de su narrativa. Sin embargo, en “Los velos de la memoria” el autor no se centra únicamente en los hechos históricos, sino en cómo estos atraviesan la vida cotidiana de las personas. A través de la mirada de sus personajes, se revela el impacto del desplazamiento, la pérdida y la búsqueda de sentido en medio del caos. La memoria familiar se convierte así en un espejo donde se reflejan las múltiples memorias del país. El “velo” que menciona el título funciona como metáfora de la dificultad de mirar el pasado directamente: hay que levantarlo, pero también aceptar que detrás de él hay sombras, silencios y verdades incompletas.

Conclusión

“Los velos de la memoria” es una obra esencial dentro de la narrativa contemporánea colombiana por su capacidad de unir lo íntimo y lo colectivo, lo poético y lo histórico. Jorge Eliécer Pardo logra mostrar que recordar no es solo un acto del pasado, sino una forma de darle sentido al presente. En un país marcado por la violencia y el olvido, su obra se erige como un llamado a no dejar que la historia se pierda entre los velos del silencio. La memoria, más que un peso, se convierte en una forma de libertad.

ANEXOS

Aproximación al autor

“Los velos de la memoria” es un libro extraordinario. Lógicamente, no podía haber sido escrito como algo que cae milagrosamente de un tejado, sino que una obra de tanta información histórica y de tanto trabajo literario no podía haber sido escrita por un escritor en ciernes por más talento que pudiese tener, sino que tenía que ser la consumación y la comunión de un talento suprior y una férrea disciplina de oficio literario, por alguien que ya había tomado del árbol de la vida su voz propia y su destino. En algunas fuentes consultadas he inferido que Jorge Eliécer Pardo Rodríguez (30 de enero de 1950, Líbano, Tolima) empleó unos 15 años de su vida en cumplir con esta obra única y poderosamente significativa.

Por eso, me pareció que era necesario que los lectores, futuros y anteriores, tuvieran fresco el conocimiento de este arduo y refulgente periplo vital de Jorge Eliécer Pardo, escritor colombiano, novelista, cuentista, poeta, crítico literario, periodista y docente universitario colombiano; doctor en Literatura de la Universidad Javeriana, con estudios de español e inglés realizados  en la Universidad del Tolima, y en Administración Pública en la Escuela Superior de Administración Pública—ESAP. Asimismo, columnista de opinión y crítico cultural y fundador y codirector de varias revistas y organizaciones como la Revista de Arte y Literatura Pijao, Gato Encerrado, la revista de la Unión Nacional de Escritores de Colombia (U.N.E), la Biblioteca de Autores Tolimenses y Colombianos de Pijao Editores, y, asimismo, documentalista para la televisión pública colombiana en programas como Babelia y Página en blanco.

Su obra literaria se centra en la memoria histórica de Colombia, y su incontestable talento literario domina y abarca cuento, relato, novela, poesía y ensayo.

Ha publicado ocho novelas: Marítza la fugitiva, Trashumantes de la guerra perdida, La última tarde del caudillo, La baronesa del circo Atayde, Cangrejo Editores, 2015, El pianista que llegó de Hamburgo, Cangrejo Editores, 2012, cuatro ediciones. Seis hombres una mujer, Grijalbo, 1992, tres ediciones. Irene, Plaza & Janés, 1986, siete ediciones, traducida al inglés. El jardín de las Weismann, Plaza & Janés, 1979, nueve ediciones, traducida al francés por Jacques Gilard.

Ha incursionado en el género de cuentos con Los velos de la memoria, Editions Vericuetos, Paris, 2014, cuatro ediciones (Caza de Libros), de próxima aparición en francés; Transeúntes del siglo XX, 2007, dos ediciones; Las pequeñas batallas, Pijao Editores, 1997, dos ediciones; La octava puerta, Editorial Oveja Negra, 1985, incluido en la Biblioteca de Literatura Colombiana, tres ediciones; Las primeras palabras, 1973, en coautoría con su hermano Carlos Orlando Pardo.

En 1985 ganó el Premio Nacional de Poesía con su libro de poemas Entre calles y aromas. Su obra ha sido incluida en diversas antologías, como Cuentos hispanoamericanos: Colombia, edición bilingüe español alemán, (Erzählungen aus Spanisch Amerika: Kulumbien) y Cuentistas hispanoamericanos en la SorbonaMenaces. Anthologie de la nouvelle noire et policiere latino-americaine (Cuentos latinoamericanos, edición en francés); Antología da novela Hispano Americana (edición en portugués). Con su relato, Sin nombre, sin rastro, sin rostro, recibió el Primer Premio del Concurso Nacional de Cuento sobre Desaparición Forzada, en el 2008.

En 2013, recibe el Premio Nacional de Literatura otorgado por los lectores de la revista Libros y Letras.Pijao Editores publicó en su colección Maestros Contemporáneas, cinco tomos de su obra, novelas y cuentos, en 2014. En 2018 fue ganador del premio internacional de novela José Eustasio Rivera, por su libro “Marítza la fugitiva”, y recibió el primer premio “Pijao de oro”, entregado por Pijao Editores.

Sobre “Los velos de la memoria”

Es una escritura que teje hermosas coronas de rosas sin quitarles ni una sola espina. Una tumba literaria. «El silencio y el miedo que matan»; en definitiva, un libro a la vida. Jean-Pierre Dezaire. Traductor de Los Velos al francés. 

Testimonio desgarrador de una guerra que dura desde siempre, Los Velos de la memoria da voz a las víctimas en Colombia de masacres y asesinatos brutales. Es la muerte que habla. A partir de la indefensión y el dolor, Jorge Eliécer Pardo construye unos relatos de una enorme carga simbólica dibujada en los ritos que hacen las mujeres para paliar el sufrimiento, conjurar el olvido y devolverles la dignidad a sus muertos. Narraciones ataviadas de una poética tan horrorosa como sublime que convierten a la obra de Pardo en arquetipo de la estética del horror. Prosa audaz y valiente porque osa dar a cada uno de los actores de la guerra en Colombia el papel que ha jugado y sus responsabilidades. Los Velos de la Memoria es una obra de ficción que permite superar las premisas simplistas y peligrosas que cubren la memoria y con las que se corre el riesgo de hacer una paz a medias, tan funesta como la guerra misma.  Angélica Pérez Pérez, periodista de RFI, Radio Francia Internacional. 

Los velos de la memoria es un poema profundo que exhuma el olvido y da aliento al verbo para reconstruir la historia, la verdadera historia que no se ha escrito; desempolva la mentira que han nutrido muchos cronistas de la Republica. Jorge Torres, poeta colombiano residente en París. 

Se necesita coraje para acometer esta labor higiénica de denuncia, contando con que el estilo empleado por Jorge Eliécer Pardo no es cortopunzante ni teñido de pólvora. Jotamario Arbeláez. Poeta colombiano. El Tiempo. 

Referencias

  • Pardo Rodríguez, Jorge Eliécer. Los velos de la memoria. Ibagué: Pijao Editores, 2016.
  • Camus, Albert. L’Étranger. Paris: Éditions Gallimard, 1942.
  • Camus, Albert. El extranjero. Barcelona: Penguin Random House, 2021.
  • Hemingway, Ernest. The Snows of Kilimanjaro and other stories. New York: Scribner, 1995.
  • Hemingway, Ernest. Las nieves del Kilimanjaro. Barcelona: Libros Plaza, 1963.

Más notas de Ensayos