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Ensayos

Lo verdadero y lo verosímil en Virgo Potens

Lo verdadero y lo verosímil en Virgo Potens

 

Por Álvaro Hernández Vásquez

 

Es improbable que una novela como VIRGO POTENS pueda haberse escrito sin padecer una rabia dolorida, y también, que pueda agotarse su lectura sin sentir que nos conmueve de modo semejante. Deduzco esa alteración de ánimo en la autora, porque distintas intervenciones suyas en el texto literario inducen a pensar que no fue escrito por alguien que ha sido impasible ante la lucha de las mujeres por conseguir el respeto universal a la condición de género. Y si la inferencia no es errónea, tendríamos entonces, que la invención de una historia de mujeres maltratadas que se cierra con una frustración rotunda por la denegación de la justicia que solicitan con la esperanza de reivindicar sus muertos y desquitarse de las injusticias del pasado; es la forma en que Ma. Socorro Mármol Brís redime en el arte las aspiraciones truncadas de género, y vindica sus propias convicciones sobre“el derecho de cualquier mujer a ser mujer en un mundo de locos”, según lo declara en las líneas postreras de la novela, por si acaso hiciese falta.

Porque más allá de las tristes peripecias que en su lejano pasado viven las niñas sobre cuya memoria se edifica la novela, VIRGO POTENS es, ante todo, la ilustración de una derrota. Es la conocida historia de cómo las maniobras infames del pasado resultan ser inmunes a los todos los intentos de someterlas a juicio. En el caso, la abogada Ginesa no consiguió que el juez modificara su amañada decisión, chantajeado por su contraparte –que le hizo llegar la copia de un diario donde la víctima cuenta que el padre del togado fue el violador de la abuela de la niña cuya custodia se discute en estrados–; a pesar de arrojarle a la cara la copia de un cuaderno igualmente venido del pasado, en el que se revela que el mismo progenitor del juez había cometido un crimen por el que fue encarcelado el padre de la abogada. El hecho es que, finalmente, se mantuvo intacta la honra del hombre que, en el distante ayer de Jándula, violó a Roberta, ordenó la reclusión de Violante en un sanatorio oprobioso, y señaló a Torcuatillo el cojo de ser cómplice de los “rojos” para ocultar su crimen: el muchacho desamparado que se suicida al saber que es incapaz de seguir resistiendo las torturas de la Guardia Civil.  

Y no creo que un lector atento y sensible permanezca impávido ante la derrota de esas mujeres viejas que conoció de niñas, aunque el juez y el gendarme que caminan al otro lado de su ventana, no sean aquellos que controlaron la vida en la posguerra civil española en las calles de un lugar llamado Jándula. Una aldea cuyo nombre sugiere ser un anagrama de Jaén y Andalucía, el solar verbal donde Ma. Socorro Mármol creció oyendo ese hablar tan tópico y proverbial que recrean las voces infantiles de Ginesa, Violante y Salomoncica, los personajes principales que, con sus recuerdos y un reencuentro final, siendo casi ancianas, ovillan el hilo de la trama. 

Una trama que debemos tomar como imaginada y, por consiguiente, extraña a la vida de la autora según lo advierte en la primera página, donde salva un diálogo que allí mismo tiene lugar entre la abogada Ginesa con el titular de un juzgado de familia, y que ella misma cataloga como un hecho real. La advertencia se encuentra en la “Introducción” del texto, un apartado infrecuente en la novela moderna. Sorprende una aclaración de esa índole en la antesala de una novela contemporánea, hay que decirlo. Sin embargo, en la lectura de VIRGO POTENS se descubre que Ma. Socorro Mármol se propuso fijar otras diferencias entre la realidad y la ficción, si bien aquella es la única vez donde lo previene expresamente. 

Sin duda, es una posición explícita de la autora que toca de lleno con la estructura significante de la obra literaria y con la función que ella cumple, dado que como obra de arte funda su razón de existencia en la idea de irrealidad que la precede ante el público. Ante esta situación, no queda sino especular sobre los eventuales motivos por los que un creador artístico, al modo de un actor, se pone la máscara y se muda el ropaje del personaje sobre el escenario, con la idea de romper el hechizo de la ficción que el público esperaba ver; como lo pregonó cierta tendencia vanguardista en el teatro a finales de los años setenta en Suramérica, que en el dramaturgo Enrique Buenaventura tuvo a un promotor pasajero. Sucedía, sin embargo, que después de mudarse sobre las tablas y dar órdenes a los tramoyistas, y a poco de comenzar el trabajo actoral, la ficción nos atrapaba sin remedio, olvidados del discurso preliminar que había hecho el director sobre la diferencia entre la realidad y la fantasía.

Por la hechura paciente en el oficio que enseña el cuidadoso trabajo del lenguaje, Ma. Soccorro Mármol debe saber que esa clase de prevenciones sobre lo que no debemos apreciar como cierto en una obra de arte, no socavan la realidad que simula la ficción; porque el público seguirá aceptando encantado la ilusión momentánea de todo lo que en ella se proponga, mientras ella dure y sus recursos expresivos lo satisfagan.

Parecería más plausible pensar, que la aclaración sobre lo que es y no es verdadero en la novela responda al interés de la autora en cortar, desde el inicio, todo puente con cierta moda actual que presume el éxito de una obra basada en “hechos reales” que el escritor ha seleccionado. Un tic, un automatismo de la usanza que no cesa de novelar la historia siguiendo sumisos el riel de los grandes acontecimientos y de los años, no el camino libre de las necesidades de los personajes o la voluntad arbitraria del creador –con diferencia del hacer en la novela histórica–; usanza aquella que ha despertado apetito entre el público adicto a los best sellerque se publicitan como basados en “hechos históricos”. Esta conjetura parece respaldada en el “Epílogo” del cuerpo de la misma obra –otra rareza en estos tiempos–, donde, para alejar del lector toda inquietud sobre un mimetismo de Ma. Socorro Mármol con Violante –la escritora que escribe una novela: la novela que leemos–; nuestra autora andaluza salta para añadir que también es Ginesa, la niña que no pudo ser puta como se lo juraron las tres amigas en Jándula, porque tuvo que ser abogada como se lo pidió su padre cuando lo llevaban preso, un día de su infancia. Y como si su propósito fuese el dicho, lo encontramos confirmado al cierre de la historia, donde Ma. Socorro Mármol –no otra– nos dice que en toda la trama de la obra “hay un poco –muy poco– de verdad, y mucho –casi todo– de la embustera imaginación”suya. 

Y tras el rastro de las manifestaciones que puedan testimoniar la hipótesis que se adelantó, hallamos que, de nuevo, la novelista enfrenta la irrealidad de todos los grandes trazos que definen los personajes y la narración de la novela, con la noticia de un evento extraído de la realidad: en la última página del capítulo final, nos enteramos que el nombre de Minerva Miraval, la hija de Gloria y nieta de Roberta en el relatocuya custodia se debate en el juicio, es un bello homenaje a la abogada luchadora por la democracia que fue asesinada junto a dos hermanas, el 25 de noviembre de 1960 por la dictadura de Trujillo en República Dominicana. Y para despejar del lector toda duda sobre la aparente realidad de lo narrado –en una nítida defensa de la ficción–, leemos en las líneas postreras que, sólo es cierta la muerte de una amiga de la autora que no se menciona, y a quien la abogada Mármol Bris defendió en un juicio verdadero: el mismo que en la página primera de la novela fue admitido como un hecho real

De otra parte, la lectura de VIRGO POTENS en la edición realizada por Sial PigmaliónPijaoen 2018, incitan a preguntarse en dónde reside el logro literario en la elaboración de sus personajes. Creo que el acierto se soporta en la fuerza con que fue delineado el carácter de mujeres como Ginesa, Violante y la Simoncica, que consiguen sobreponerse a las desdichas de sus días infantiles para vivir sus vidas contra toda previsión, en un mundo desigual y segregacionista con lo femenino. Porque a las mujeres de Ma. Socorro Mármol nada les fue dado sin una lucha brutal, de la que, obviamente, no podían salir indemnes. Es de allí, de donde proviene la verosimilitud de las biografías que inventa en su novela, en cuanto que esas mujeres son, creíblemente, parte del historial de varias generaciones de mujeres maltratadas, sojuzgadas y juzgadas con la vara del poder masculino. Y supongo que fue también su propósito hacernos saber, que cuando se alzan dolidamente, desamparadamente, cada una contra el hombre que les causa dolor, o contra el régimen social que las menosprecia, están clavando una estaca en el pecho de una tradición que detestan, sintiéndose poderosas. Y es esa actitud de género la que da nombre al libro. 

Por esa motivación que la novelista debe sentir palpitando en su pulso, VIRGO POTENS se narra desde el punto de vista femenino. Porque desde la vulnerabilidad de la mujer-niña, de la mujer-adolescente, de la mujer-adulta, es como mejor se aprecia en todo su poder el machismo ancestral de nuestras sociedades rurales, para referirnos solamente al contexto territorial de Jándula. Un machismo que, menos que ser el abuso material y concreto del hombre sobre la mujer, es la forma más ostensible como se manifiesta el poder social establecido en tales comunidades a través de la minusvalía y el sometimiento de ella. Un trato que han alentado, cuando no autorizado, los códigos religiosos, legales y sociales de la historia. 

Y aunque Jándula se presenta como una aldea aislada, definida por desigualdades e injusticias familiares, sociales y económicas, el retrato humano y temporal de ese lugar resulta ser muy semejante al que caracterizó la tierra Andaluza antes de la guerra civil española. Y allí, con indiferencia del tamaño de su papel en las tragedias que se cuentan, pocos son los que se nombran que no carguen con un sufrimiento largo, injusto e insoportable, mientras otros figuran como causantes directos del abuso inveterado. 

Como se indicó al principio, la novela se erige recurriendo a la vieja táctica de fingir la memoria. Una escritora de fondo como Ma. Socorro Mármol sabe bien que el uso de “la memoria” en la literatura tiene el poder de hacer verosímiles toda suerte de aventuras y desventuras, mientras el ritmo del relato se trasmita al pulso del creyente que sigue cada línea, sin darle ocasión de imaginar una palabra distinta a la que lee, ni de respirar de modo diferente a como el autor lo ha previsto. Y eso es algo que la novelista consigue imponer sobradamente al lector. 

Puede decirse que, si al término de la lectura de VIRGO POTENS nos sobreviene cierta oscuridad de ánimo, la escritura inteligente y elegante nos compensa por ese trance mágico creado con evidente empeño profesional por quien, con mucha consciencia de su logro, lo grita de entrada “a los que no creyeron nunca en mí”.Un sentimiento muy personal que debió expresar poseída de la misma excitación con la que consignó aquellas duras palabras con las que retoma la dedicatoria que figura al final de todo, después de fechar la novela: una alusión directa a una época terrible que vivió el suelo donde la autora creció, y que se quita de encima después de recobrarlo en su escritura, con la misma rabia en el corazón. Es algo que también me atrevo a suponer. 

 


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