Revista Pijao
José Luis Cuevas, monstruo cardinal
José Luis Cuevas, monstruo cardinal

Por Darío Ortiz Robledo

 

Lamentablemente ha muerto José Luis Cuevas, un monstruo del dibujo, un gigante legendario de América Latina. Y digo legendario no como una manera de expresar la tristeza, un adjetivo hiperbólico sobre quien acaba de fallecer, sino porque realmente lo es: una leyenda de leyendas dentro de la plástica de nuestro continente. Una leyenda por los hechos que le tocó vivir, por su obra enorme e incluso una leyenda porque el mismo se encargó en su Cuevario de escribirla como si de Napoleón se tratase. Hasta le dijo un día a Elena Poniatovska lo que diría la prensa con su muerte ya que había escrito algunas esquelas de media plana para que se enviaran a los diferentes diarios cuando fuera el momento. Y el momento llegó.

Es una leyenda porque bajo su batuta maestra fue sepultada “La escuela Mexicana de pintura”, más conocida como el movimiento muralista o el indigenismo en América Latina, para dar paso a La Generación de la Ruptura, que no era otra cosa que unos jóvenes que hablaban de modernidad, de arte abstracto, de nueva figuración, de un arte aparentemente apolítico y que necesitaban un aire que los consagrados Rivera, Siqueiros y compañía no les iban a dar sin lucha. A pulso, columna a columna, rompió con la temática nacionalista, revolucionaria y de izquierda de sus predecesores que para Marta Traba fueron un tumor maligno que se extendió por toda América Latina dando síntomas de buena salud. Es precisamente ella quien, impulsada por José Gómez Sicre, da piso a la leyenda de Cuevas en 1965 al publicar su libro “Los cuatro monstruos cardinales” dedicado a las obras de Bacon, Dubuffet, Cuevas y De Kooning. Algo quizás exagerado para un artista que apenas rebasaba los 30 años junto a otros ya consagrados. Pero es que Cuevas para entonces tenía casi diez años de gloria, encumbrada por el primer premio de la Bienal de Sao Pablo en 1959 o sus exposiciones en la sala de la Unión Panamericana de Washington dirigida por Gómez Sicre quien desde 1954 se convirtió en el protector del artista mexicano, al punto de ser acusado de ser el inventor de Cuevas. Pero es que toda leyenda necesita un origen y ésta vez le tocó serlo al abogado cubano Gómez Sicre, enemigo acérrimo del comunismo y de Fidel Castro.

El momento de Cuevas y lo que Teresa del Conde bautizó como La Generación de la Ruptura en México es el momento del florecer de la modernidad en toda América Latina de la mano de figuras como el magnate Nelson Rockefeller, el crítico Romero Brest y los mencionados Marta Traba y Gómez Sicre. Es el mundo del arte en plena guerra fría al que ellos le impusieron su ritmo, sus condiciones y su estética.

Como la intensa y extensa correspondencia de Cuevas y Gómez Sicre hoy es parte de una colección de la biblioteca de Austin Texas, ya sabemos que la mayoría de esos discursos acalorados contra los muralistas eran dictados desde Washington por su mismo protector. “Derrama toda tu bilis en el artículo. Yo lo publicaré bajo mi firma. Escríbeme. Escríbeme. ¡Rompe esta carta!” Le escribía Cuevas en 1962. Gómez Sicre le mandaba las cartas que se tenían que enviar firmadas por Cuevas a los críticos y a los políticos además del grueso de los artículos de prensa de aquellos años vertiginosos. “Sé todo lo agresivo que quieras, yo soy igual” le decía Cuevas incesantemente. Le llegó a mandar hojas en blanco con su firma para que éste las llenara: “Pepe: Me han pedido este artículo sobre arte mexicano. Es breve. Ojalá puedas hacerlo, pues tendrá magnífica circulación. Te agradecería que antes que nada contestaras (adjunto hoja con firma)”. Hasta incluso alguna vez le pidió que le escribiera una carta para terminarle a una novia. 

En esa modernidad luminosa, libre y legendaria, de Obregón, Cuevas, Szyszlo y muchos otros en los que se nombra tantas veces al dueto Marta Traba-Gómez Sicre que aparecían manejando los hilos del arte en todo el continente y dándose premios los unos a los otros, hoy no se sabe hasta que punto era todo dictado y financiado por el gobierno norteamericano a través de la CIA. Escándalo viejo y olla podrida destapada y confirmada hace casi veinte años por la historiadora británica Frances Stonor Saunders y desarrollada y corroborada por decenas de libros posteriores de otros investigadores anglosajones.

Pero La Ruptura surgió vital en su momento y con ella la leyenda de Cuevas porque no nos engañemos, si le dictaban durante años sus escritos, no le hacían una línea a sus dibujos. Y Cuevas fue ante todo un dibujante excepcional, prolífico y original. Su impronta en el arte mexicano es tan fuerte que para superarlo ha necesitado de otra ruptura como la que ha hecho Gabriel Orozco y todo el movimiento de arte conceptual cargado ahora hasta la médula de arte político, justo lo que la ruptura decía odiar.

 

Cuevas en tres contados

No quiero terminar estas líneas sin aportar unas frases a su leyenda que escuché de los protagonistas antes que el tiempo pase y la memoria las refunda.

Gran conversador, carismático, ingenioso, seductor y buena vida le encantaba ir a Colombia para gozarse la escena bogotana y en más de una oportunidad que la galería Diners lo invitó a exponer se instalaba un mes antes de la inauguración en el Hotel Casa Medina, de los más lujosos que había entonces, para citar allí a sus muchos amigos colombianos y tertuliar hasta la madrugada mientras se pintaba la exposición entera. Me contaba el gerente del hotel en aquel entonces que durante ese mes Cuevas, más que un huésped, parecía el dueño del establecimiento por su fuerte personalidad repartiendo ordenes a diestra y siniestra.

Años después con una buena mezcla de egolatría y generosidad fundó un Museo con su nombre, apoyó a muchos dibujantes jóvenes se hizo una gran colección de gráfica que prestó a diferentes museos de México permitiendo que el público de provincia viera por primera vez a Picasso, Miró, Goya o por supuesto a Cuevas.

Esa particular egolatría acompañada de muy buen humor no solamente le sirvió para escribir en el Cuevario su biografía exagerada y comentada en cada columna sino que lo llevó a quitarse varios años para que sus primeras exposiciones de adolescente parecieran mucho más precoces, solamente que ahora sabemos que nació en 1931 y no en 1934 como siempre afirmó. De igual manera entabló rencillas personales con los artistas de su generación que llegaron a cotizarse más que él o que exponían en museos más importantes como es el caso de Fernando Botero quien a finales de los años 50 era su gran amigo y contertulio.

Botero había viajado en 1956 a México en busca del movimiento muralista tras estudiar fresco en Italia. Pero al llegar se desilusiona pronto de lo que ve, de la paleta sórdida y de las composiciones agobiantes de los muralistas y se deja cautivar por Rufino Tamayo con sus colores alegres y la síntesis de la forma de quien por lo demás esta en la flor de su carrera. Siempre afirmará el colombiano que fue en México dónde encontró su estilo. Cuentan que una noche en casa de Tamayo, Cuevas y Botero recibieron un consejo que cambiaría sus vidas (lo cuenta incluso el mismo Cuevas así como Gloria Zea la esposa de Botero en ese entonces presente en la reunión). Llenos de pasión, ganas de éxito y con veintitantos años buscaron a Tamayo que les llevaba más de treinta para que les diera una luz que al parecer el Oaxaqueño les dio sin egoísmo alguno. - Tienen que hacer algo diferente, les dijo, desde el dibujo y la forma debe ser algo especial, tienen que tener un sello propio que no se parezca a ninguno. Si el Greco las alargó, si Giacometti las adelgazó, si Picasso las deformó alguno las tendrá que engordar. Con estas u otras palabras algo quedó claro en la mente de los dos jóvenes que casi al tiempo transforman su pintura y encuentran su sello personal basado en la obesidad deforme. 

Cuevas, tras su declive internacional y la gran fama de Botero acompañada de una cotización inalcanzable para el mexicano escribiría posteriormente que el antioqueño lo había copiado tras aquella cita de epifanía con Tamayo que hoy no queda claro si fue en México o Estados Unidos. La obsesión con Botero lo llevó a comparar exposiciones y libros, a afirmar que el mejor Botero era el parecido a Cuevas y todavía en el 2005 escribía cosas como: “En Quito expongo al mismo tiempo que el colombiano Botero (…) a juzgar por lo que sobre ambos se escribe yo llevo la delantera”.  Solamente al final vuelve a acercarse al pensamiento de Botero por su posición radical contra las instalaciones y las bienales actuales sin pintura.

Más condimentos para ese caldo de leyenda interminable que es Cuevas entre sus pinturas, sus esculturas, sus escritos propios y apócrifos, sus amistades, su posición política, la CIA y sobretodo sus miles y miles de estupendos grabados y dibujos. Una basta obra que indudablemente influyó sobre el arte de todo un continente y que me permite afirmar que realmente  ha partido un hombre legendario, un monstruo cardinal.


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