Ensayos

La unión de Europa. Un discurso

Por Stefan Zeig

El Cultural (Es)

A nosotros, a quienes nos hemos reunido aquí en torno a una idea, no nos hace falta ya discutir sobre la imperiosa necesidad y la lógica de esa idea nuestra: sería tiempo perdido. Todo destacado estadista, científico, artista o intelectual coincide desde hace ya bastante tiempo en que solo un vínculo más estrecho de todas las naciones puede dar lugar a una estructura supranacional capaz de dar alivio a las dificultades económicas y de suprimir las posibilidades de guerra, así como las preocupaciones derivadas de la inminencia de un conflicto bélico, un conflicto que es, a su vez, una de las causas de la crisis económica, por lo que nuestra tarea real tendría que consistir en sacar nuestra idea de la infructuosa esfera del debate para llevarla al plano creativo de los hechos.

Para ello es necesario sobre todo que cobremos conciencia de las extraordinarias dificultades que se oponen a la materialización de esta idea nuestra, que, como en los tiempos del humanismo, solo es patrimonio de una exigua clase alta.

Reconozcamos ante todo, por lo tanto, la efectiva superioridad fáctica de la idea opuesta, la idea del nacionalismo en el marco de nuestra época. La idea de Europa no es, como el sentimiento patriótico, un sentimiento primario, no se parece en nada al sentimiento surgido de saberse parte de un pueblo determinado; no es algo que nazca de un instinto ancestral, sino a lo que se llega gracias a una conclusión, no es producto de la pasión espontánea, sino el fruto de la lenta floración de un modo de pensar más avanzado. La idea europea carece totalmente, en primer lugar, de ese instinto apasionado tan propio del sentimiento patriótico, de modo que el sacroegoísmo nacionalista seguirá siendo para el hombre medio algo más palpable que el sacroaltruismo del sentimiento europeísta; y es que siempre será más fácil reconocer lo propio que entender, con actitud de respeto y abnegación, lo del vecino. A ello se añade el hecho de que el sentimiento nacional está organizado desde hace centenares de años y encuentra para promoverse a aliados muy poderosos.

El nacionalismo cuenta para su causa con la escuela, el ejército, los periódicos, los uniformes, los himnos y emblemas, la radio, el lenguaje; tiene al Estado como protector y la resonancia de las masas, mientras que nosotros, para nuestra idea, no disponemos de nada más que de la palabra y la letra impresa, dos cosas que solo tienen una eficacia insuficiente ante esos recursos probados con éxito durante siglos. Con libros y folletos, con conferencias y debates no llegaremos más que a una parte ínfima de la totalidad de Europa, y, de manera funesta, esa parte será la de aquellos que ya están convencidos, con lo cual dilapidaríamos nuestros esfuerzos si estos no supiesen servirse de igual manera de las nuevas formas técnicas y visuales de la agitación y la propaganda.

Reconozcamos con admiración el modo en que el nacionalismo -precisamente él, que de por sí tiene a su disposición todas las fuerzas del Estado- sabe representarse con los recursos del arte y del teatro; recordemos el discurso de Mussolini ante doscientas mil personas, o aquel primero de mayo en el Tempelhofer Feld, que reunió a millones de manifestantes, recordemos los desfiles en la Plaza Roja de Moscú, donde dos millones de obreros y soldados han marchado en cerradas filas.

Aprendamos de ello una cosa: que la masa siente con más júbilo su cohesión allí donde se siente visible y se evidencia como masa. En todas estas acciones masivas predomina una fuerza hipnótica, en todas aflora la embriaguez de la exaltación, imprescindible para la verdadera fe, algo que nunca puede inocularse en el hondo sentir de las naciones con la lectura de un folleto o de un periódico. Si nosotros, paralelamente, no conseguimos despertar desde lo más hondo, desde donde hierve la sangre de los pueblos, la misma pasión por nuestra idea, todo planteamiento será inútil, ya que nunca un cambio se ha generado en la historia a partir de lo puramente espiritual, de la mera reflexión. Tenemos que dar a nuestra idea, sobre todo, visibilidad, insuflarle pasión, llevarla del plano ideológico al ámbito de la agitación y la organización e impregnarle, en lugar de un carácter lógico, un carácter demostrativo. En ese sentido práctico y organizativo habrán de concentrarse nuestros pensamientos y sugerencias, y cada uno de nosotros debe buscar, por la parte que le toca, otras posibilidades prácticas y psicológicas.

Permítanme, pues, intentar presentarles, en este sentido al menos, una sugerencia destinada a hacer visible nuestra idea: lo trágico de la idea europea reside en que, por naturaleza, no tiene ningún centro estable y bien cimentado.

Carecemos en nuestra Europa de una capital, ya que Ginebra, que en ese sentido debía haberse convertido en capital, no ha adquirido la condición de una ciudad como Washington, no es en absoluto una capital, sino que ha seguido siendo un centro de conferencias,

Supongamos que todos los congresos organizados en un año fueran trasladados por una vez a Helsinki, o a Praga o a Lyon, a Hamburgo, a Glasgow: excluyo con todo propósito las grandes urbes con millones de habitantes, como Londres, París o Berlín, porque son demasiado grandes como para que en ellas se haga visible aun la mayor concentración de personas extranjeras asistentes a un congreso. Pues bien, durante un mes, el nombre de esa ciudad quedaría inscrito en las banderas de todas las naciones, la ciudad se vería inundada y animada por el murmullo que genera la variedad de las lenguas europeas, las festividades se organizarían por sí solas y, por varias décadas, la memoria de esa ciudad y la del país entero estaría marcada por el recuerdo de haber sido por una vez ante el mundo la capital de Europa. No temamos a que esos festejos puedan tener cierto carácter de espectáculo, tengamos más bien claro que nada puede ser más importante para nuestra idea algo abstracta que lo que en Alemania llamamos la “puesta en escena”, la mise en scène de los franceses; dejemos a un lado, en ese aspecto, nuestra innata timidez.

Desde la Antigüedad, cualquier tipo de política ha aspirado siempre a ser visible, y una política europeísta ha de saber usar con todas sus fuerzas y toda su astucia las nuevas tecnologías europeas, la radio y los altavoces, los eventos deportivos y espectáculos, la movilización de grandes masas vivas, porque solo la masa visible causa impresión en la masa, y un movimiento fuerte en el espacio real apoya cualquier movimiento espiritual.

Peregrinemos, por lo tanto, de ciudad en ciudad, porque en ello reside la esperanza de que, en cualquier lugar en el que alguna vez se hayan reunido todas las clases y estratos en un Parlamento europeo, la idea del vínculo siga viva y sea fructífera, que la organización que fundemos allí no solo abarque a un efímero círculo de personas, sino que se nutra de todos los estratos y clases sociales, lo que nos permitiría abrigar la esperanza de que paulatinamente se materialice la popularización de nuestras ideas. Una ciudad querrá suceder a la otra, un país a otro país, y esa emulación, que tantas veces se ha agotado en hostilidad, hemos de intentar convertirla en una competencia del sentido común de la hospitalidad. [...]

No perdamos tiempo, porque el tiempo no obra en nuestro favor, sino en contra nuestra, no nos fiemos, en una época de contrasentidos, del mero sentido común, y dejemos atrás la vanidosa fe humanista de que con palabras, escritos y congresos podemos alcanzar algo en un mundo erizado de armas, lleno de desconfianza mutua. Recordemos aquel pasaje de Fausto en el que se rechaza resueltamente la interpretación de “En el principio era la Palabra”, y pongamos por delante, con toda decisión, una frase más verdadera: “En el principio era la Acción”.