Revista Pijao
Y por favor, miénteme: que las mentiras a veces son un bálsamo
Y por favor, miénteme: que las mentiras a veces son un bálsamo

Por Maria Paula Lizarazo

El Espectador

Quizás el corazón se le quedó en Cartagena las veces que tuvo que vivir fuera del país y también cuando regresó a quedarse en el corazón geográfico de Colombia. Quizás  no solo los afectos se quedaron allá, quizás estuvieron en compañía de pensamientos impulsados por rabias y decepciones que lo llevarían a descubrimientos años después, porque nunca dejó que los recuerdos y las intuiciones de entonces se esfumaran hasta lo más profundo de las células cerebrales.

Entre todos esos hilos de pensamientos que siempre le han alimentado la mente, había nacido uno que lo obsesionó: el de escribir una novela, es decir, el de darse la oportunidad de volver a contar lo que es y ha sido la vida humana desde lo que ha podido reflexionar en su virtuoso detalle observador, que empezó a desarrollar profundizando un partido de fútbol, una obra de teatro o la forma de hablar y gesticular de una persona.

Tuvieron que pasar muchos años, con sus conversaciones, con sus sueños del subconsciente, con sus reflexiones y sus descubrimientos, con sus enamoramientos, con sus dolores, con sus páginas en blanco y con los renglones que ya no daban abasto, con sus lecturas, con las encantadoras historias de la revolución rusa, cubana y mexicana, con Nietszche, y Cioran (sus favoritos), con sus discos de salsa, de tango y de Silvio Rodríguez, con los madrazos viendo a Millonarios, con el goce de la ópera, con días de hambre, con sus decepciones y sus orgullos, con su ir y venir de un diario a otro, con sus desencantos, con sus cigarros, con sus tazas de café, con sus películas, con su rabia.

Con su estado de escribir. Matar a Dios, a la familia, a la iglesia, a los falsos valores de escuela  y a la patria le permitiría avanzar en ese estado de escribir, ese estado que lo ha llevado a ser de una naturaleza lo menos falsa posible en medio de un país que no sigue sino el ejemplo de los otros, en el que estamos atiborrados de verdades y casillas, de metas y manuales, de antifaces y sonrisas, de fórmulas para la eterna juventud y tips para encontrar el amor; de concursos, de premios, y de producción en serie, pero no de autenticidad.

Ese estado, el de ver a cada individuo como un personaje de libro y descifrarlo, el de entender que detrás de la amabilidad en demasía se esconde un cobarde frustrado, el de no sacarse una frase de una canción o un texto hasta concebir qué quería decir el poeta, el de comprender cuáles son las verdades impuestas -todas- y descomponerlas, el de descubrir la coincidente posición de los medios de comunicación y las redes sociales para imponer esas verdades de tal modo que la gente se comporte igual y no se interese en cuestionar nada: “Compraron la prensa, pues la prensa decía la verdad… Compraron la educación para preservar su sistema e impartir sus códigos… Compraron la moda y la patria, la ciencia, el arte y el pensamiento, el ruido y el silencio…Compraron la idea de que todo es inmodificable, cuando en realidad todo es modificable: las leyes, el amor, los dioses, la historia, e incluso, los hombres”, como le diría Roldan a Helena, en referencia a la familia Vila: una maraña de favores políticos y negocios astutos.

Fernando Araújo Vélez pasó 12 años pensando y escribiendo Y por favor miénteme; nutrió la novela de anteriores escritos y, por supuesto, de su cofre mental de historias. Tuvo que pasar miles de días investigando, impulsado por su infinita y no transgredida curiosidad, esa que lo llevó a las conclusiones de Pena máxima, El fútbol detrás del fútbol, Del domingo al vacío, 8.848 Everest, Sueño de uno sueño de todos;y  Tráfico de pecados (e-book). Tuvo que escribir quién sabe cuántos caminantes, su columna dominical de El Espectador, para no dejar de conocer al ser humano y así componer una mínima estructura de lo que sería en su totalidad la familia cartagenera de los Vila.

Araújo no cree en la gente que deja que las cosas pasen, ni cree en la magia del destino. Cree en la voluntad humana: la voluntad de luchar por lo que soñamos. Cree profundamente que se hace camino al andar, no cree que haya ‘camino para…’.

Tampoco cree en el periodismo, sino en algunos periodistas. No cree en el amor, sino en los amantes. No cree en la poesía, sino en los poetas. No cree en el arte, sino en los artistas. No cree en las verdades absolutas, cree en la verdad que cada quien construye de algo: cree en la valentía que hay detrás de la deconstrucción de lo que tanto imponen, y repite esta frase de Nietzsche: “La verdad, aunque haya que amar a nuestro enemigo y odiar a nuestro amigo”.

Los hay quienes dirían que nunca buscó hacer una novela, ni que trabajó los personajes de la familia Vila; dirían que fue a la inversa, que los personajes de la novela lo buscaron a él para que les diera voz entre tantas voces no escuchadas, algo similar a lo que hace en la sección cultural de El Espectador, en la que le da voz a artistas aún no reconocidos, que no pertenecen a los círculos y las industrias del arte, todo gracias a la libertad que le permite el diario.

Pero evidentemente, en el caso de la novela, no fue así: fue el autor el que buscó a los personajes mientras buscaba libertad en medio de un mundo con el que no concuerda, “Hoy lo sé. Hoy sé también que la libertad es una utopía, y que sólo con mi destartalada máquina de escribir podré llegar a ella”, dijo en alguna página Carmen Romero.

Para Helena Vila, la libertad vino la noche de su boda, cuando se encerró a llorar y fue señalada de loca y perturbada; perturbada por no aceptar lo más inmodificable: el amor, la presión de encontrar un hombre de buena familia que la complementara para toda la vida.

Y para Dionisio, la libertad vino cuando se le notificó de sus falsedades jurídicas, porque en ese momento sólo se imaginó a la corona de sus fantasías, Helena, tomándole la mano. Fue un instante similar al de Meursault (de Camus) en la cárcel, cuando comprendió que la libertad no le había sido arrebatada, pues “un hombre que no hubiera vivido más que un solo día podría, sin dificultad, vivir cien años en una prisión. Tendría bastantes recuerdos para no aburrirse”.

Quizás el corazón y la rabia no se han ido de Cartagena.


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