Revista Pijao
Tatiana Goransky: “El día que la escritura me empiece a aburrir, la dejaré. Yo siempre pongo la vida por delante”
Tatiana Goransky: “El día que la escritura me empiece a aburrir, la dejaré. Yo siempre pongo la vida por delante”

Por Miguel Barrero   Fotos Daniel Mordzinski

zendalibros.com

Tres mujeres pertenecientes a otras tantas generaciones de una misma familia que nacen con el extraño don de producir música a través de sus oídos y de forma espontánea. El modo en que esa habilidad influye en sus espacios íntimos, el estupor que causa tanto en la comunidad científica como en quienes las rodean, y su necesidad de buscar un sentido a sus propias existencias, vertebra una narración que hace gala de un estilo tan cuidado con el que sugerente y en el que las palabras fluyen con la misma naturalidad con que discurre la música que las transporta. La novela prosigue su andadura con tan buen paso que el 13 de septiembre su autora la presentará en sociedad en la neoyorquina Universidad de Columbia. Con formación cinematográfica, literaria y dramatúrgica, Goransky mantuvo durante diez años una columna sobre sexo en la prensa argentina, ha trabajado como negra literaria y permanece fiel a otra de sus grandes pasiones, la música, actuando como cantante de jazz. Se dio a conocer en nuestro país con una novela que se tituló, precisamente, ¿Quién mató a la cantante de jazz? (Cazador de Ratas, 2014). El año pasado publicó, también en Comba, Los impecables. Esos dos títulos le han abierto las puertas de un continente que espera seguir explorando con paso firme y pusieron en contacto su literatura con los lectores de este lado del océano. Nos encontramos a media mañana en una cafetería de Gijón, en vísperas de la que será la primera presentación española de su último libro, celebrada en el marco de la Semana Negra. 

Acaba de aterrizar en España con Fade out y en estos días ha venido escribiendo en sus perfiles de las redes sociales que este libro es «la más rosa de todas las novelas negras». Me gustaría comenzar la entrevista aclarando esta definición.

No [se ríe]. Como me muevo mucho por el mundo de la novela negra, en general los lectores tienen la percepción de que soy una escritora de género. Pero en realidad tengo seis novelas publicadas, aunque a España hayan llegado sólo tres, y sólo dos son negras. Lo que sí ocurre es que, en su momento, me dediqué a estudiar en profundidad el género policiaco y soy una gran lectora de ese tipo de novelas y no me molesta ver mi nombre asociado a los textos policiacos. Mira, cuando yo publiqué mi primera novela negra, ¿Quién mató a la cantante de jazz?, pasó algo muy curioso. La novela se publicó en Argentina en el año 2008. Entonces todavía no había regresado el boom de la novela negra, por lo que se leyó como una novela, digamos, sin color. Pero cuando un año y medio o dos después explotó de vuelta el boom del género negro, la novela se reeditó en tres o cuatro editoriales diferentes: una de los Estados Unidos, una de Mar del Plata, una en España… Fue como si la novela hubiese tenido una tercera, cuarta, quinta y sexta vida porque el contexto lo permitió. Y ahí ya empecé a ser vista como una escritora de género.

¿Y no cree que esa adjudicación de un género al que o se siente adscrita puede terminar encasillándola? ¿No es, además, injusta?

Claro, hay ese peligro. ¿Pero con quién te enojas o a quién culpas por eso? ¿A vos misma, por ir a los festivales a los que te invitan? ¡No! A mí me encanta el género negro, leí todo lo que pude, tanto teorías como novelas, y yo me encuentro bien en los festivales negros. Yo también escribo negro, aunque no sea lo único que escribo. Por eso pensé que valía la pena hacer la aclaración, porque Fade out es una novela muy amorosa. De ahí la broma.

Es una novela amorosa, pero no en el sentido que tiene tradicionalmente la expresión. Es un libro que explora el amor en casi todas sus vertientes.

Sí. Es una novela tan amorosa que lo único negro que tiene es un personaje de negro literario, que además constituye la faceta más perversa de la novela.

Una figura muy interesante porque es la que paulatinamente va evidenciando todas las posibles dobleces del argumento.

El enigma está trabajado por esa vertiente, pero también hay mucho trabajo en otra faceta en la que he pensado mucho: ¿qué es la historia, si no la historia que cada uno se cuenta sobre uno mismo? ¿Cuál es la realidad de nuestro sentido? ¿Cuál es tu realidad, cuál es la mía, cuál es la realidad de cada uno de los personajes? A medida que uno cuenta su propia historia, la va reinterpretando, e incluso a medida que las cosas pasan, en vivo y en directo, se va elaborando esa reinterpretación. Como tengo experiencia como negra literaria, como estoy acostumbrada a escribir sobre gente real y sé que una autobiografía escrita por otra persona distinta a la que la protagoniza no deja de ser un texto de ficción, me interpelaban mucho todas esas cuestiones. A la hora de ponerme a escribir, siempre me hago esas preguntas. Siempre me planteo cómo son los propios mitos que uno mismo se va construyendo a lo largo de su existencia para poder sobrevivir. Dentro de Fade out, además del hecho de pensar qué personajes dicen la verdad o cuáles no, lo que se muestra en realidad es cómo todos vemos las cosas de una manera diferente. Las distintas voces pueden mostrar un lado distinto de cada uno, cómo cada uno ve las cosas. También está la idea de que hay trampas. Por ejemplo, el que un negro literario decida contar que la primera experiencia sexual de Kumiku fue armoniosa, con Claro de luna sonando de fondo, ¿cómo sabemos que la cosa sucedió así, que no es una licencia del negro literario para construir el relato de ese momento?

Son tres mujeres, o fundamentalmente dos, que viven en un mundo manejado por los hombres, pero son ellas quienes mantienen el control sobre la construcción del relato. Y es especialmente revelador el que sean ellas las únicas capaces de garantizar sus propios objetivos.

Me parece interesante eso. En mi novela las mujeres narran a los hombres, porque los personajes masculinos siempre están retratados a través de ellas, con la salvedad del negro literario. Kumiku es el primer eslabón de la cadena, toma las cosas tal y como vienen y encuentra el silencio casi sin proponérselo, a partir del vínculo que en su caso se traza con un hombre. Es un vínculo que no sé muy bien cómo expresar, porque la palabra «amor» está tan maleada que no sé si acierta a expresar lo que significa verdaderamente ese instante. En cambio, Renata decide estudiarse, no someterse a lo que otros estudien sobre ella. Tiene una búsqueda mucho más activa, aunque no por eso mejor. Mucho más resultadista, si se quiere. Por eso se «equivoca» tantas veces en el libro, porque toma el ejemplo de su madre y llega a pensar que sólo el amor o el sexo son las vías por las que encontrar ese silencio que busca.

A ese extremo quería llegar. Fade out es una novela engañosa porque se empieza pensando que lo importante es la música, pero lo realmente crucial es la búsqueda del silencio.

Eso es. La novela es una búsqueda del silencio de principio a fin. De hecho, hay incluso una reflexión sobre la escritura como lugar para el silencio. Y también hay, en esa misma línea, una pregunta que estuvo en el disparador desde el primer momento: ¿cuál es el próximo paso evolutivo en la especie? Esto ya me lo pregunté en Don del agua, que está dentro del libro Los impecables y giraba en torno a tres generaciones de hombres que tenían una maldición relacionada con el agua. Mirando para atrás, me doy cuenta que en aquel libro estaba ya la base de éste. En aquel caso, los hombres buscaban un tesoro que no existía, en realidad el tesoro consistía en aprender a respirar bajo el agua sin artilugios, también como exploración de esa pregunta acerca del futuro de la humanidad. En Fade out se habla de tres mujeres que emiten música por sus oídos, como una especie de llamada de amor, como un mecanismo para perpetuar la especie. Los cambios que se están dando en la manera en que nos relacionamos, tanto en el plano personal como en lo que tiene que ver con nuestros propios sentidos, me lleva a pensar en cuáles serán los próximos pasos de nuestro mecanismo evolutivo. De alguna manera, casi fantástica, lo que hago es preguntarme cómo va a ser mi nieta. ¿Será igual que yo? ¿Tendrá membranas, por irme a un extremo inverosímil? ¿Vamos a seguir así o vamos a tener muchas más capacidades para poder resistir?

Es interesante que haya empleado el adjetivo «fantástico», porque en determinados tramos de Fade out me venía a la mente el realismo mágico. No sé si porque existe un tópico instalado en la conciencia de los lectores de este lado del charco o si realmente usted, como escritora argentina, se siente deudora de esa tradición. También puede ser que ocurra lo contrario y pretenda desligarse de ella.

A mí me pasa algo muy extraño con eso. Por un lado, creo que cada uno tiene que armar su propia biblioteca. Hay que leer lo que te apetezca leer, nunca coger un libro por mandato. Yo leo lo que quiero, salvo cuando estoy haciendo una investigación y tengo que leer algunas obras concretas. Por otro, nunca me interesó quedarme en un género literario, siempre me interesó explorar. Nunca tuve la necesidad de matar a un padre literario ni a una madre literaria, ni he tenido ninguna mala relación con los escritores a los que he leído, estén vivos o muertos. Yendo al realismo mágico, yo creo que si tuviera que encuadrarme en algún lado sería en un realismo más delirante que mágico. Y sin embargo tampoco, porque todas las novelas tienen un componente muy alto de investigación. Cuando llego a una cierta altura del libro, necesito estar segura de que dispongo de una documentación exhaustiva que tiene que ver no sólo con lo documental, sino también con lo vivencial. Saberlo todo sobre las experiencias que van a vivir mis personajes. Cuando yo investigo, pongo mi propio cuerpo en la investigación. Cuando escribía Don del agua, me fui a un enclave portuario y estuve viviendo allí durante tres meses. No existe escritura sin cuerpo.

Su debut como narradora se dio en la pasada década, pero usted no era una principiante. En sus textos se aprecia un proceso de maduración muy lento y muy meditado.

El primer libro salió en la Argentina en 2005, pero en realidad empecé a escribir hace veinte años. Antes de empezar a publicar hay que escribir. Yo nunca sentí una necesidad acuciante de publicar, aunque se haya dado la casualidad y en estos últimos meses hayan salido en España dos libros míos muy seguidos. Surgió la oportunidad y quise aprovecharla. Si no, no me obsesiono con eso. De hecho, la escritura de Don del agua me tomó unos cinco años. En el momento en que un libro sale, considero que ya es del lector. Sí me ocupo de acompañarlo, de estar en las presentaciones, de hablar con los lectores, pero considero que, hasta cierto punto, ya puedo desentenderme.

Su prosa tiene un estilo muy oral, hay páginas en la que juega un papel crucial la propia plástica del lenguaje. Supongo que eso se relaciona con su faceta de cantante de jazz.

Ahí hay algo que tiene que ver con una de las manías que tengo al sentarme a escribir. Digamos que al texto le tomo examen. Cada vez que me siento para retomar la escritura, no empiezo hasta que no he leído en voz alta lo que escribí el día anterior. Necesito volver a encontrarme con el texto como si fuera la primera vez y dejar que el texto mande. ¿Qué es lo que puedo conseguir con eso? Tratar de leer siempre mi propio texto como si fuera la primera vez que me enfrento a él. Esto no es un consejo, es simplemente lo que yo necesito como narradora. Me da una posibilidad de hacerme preguntas cada vez que me encuentro con el texto, volver a cuestionarme cosas, volver a verlo con ojos nuevos.

Acaba de desembarcar en España, un país que en estos últimos años ha empezado a visitar con bastante frecuencia. ¿No tiene la impresión de que los autores que escriben en español a uno y otro lado del charco están más desconectados de lo que sería deseable?

Salvo la gente que está teniendo la suerte de poder venir a España, y me incluyo, para conocer a los autores de aquí de primera mano y comprar sus libros, el diálogo no ha sido fácil. Recién ahora volvió a abrirse la exportación en la Argentina y empezamos a tenerlos a ustedes de aquel lado, porque durante mucho tiempo no los tuvimos. Creo que empezaremos a tener mucho más contacto.

En la primera pregunta salieron a colación las redes sociales, en las que usted es muy activa, y quería volver a traerlas a colación porque, de algún modo, la dinámica que han establecido a la hora de dibujar nuestras propias identidades también se relaciona con lo que les ocurre a las mujeres protagonistas de Fade out.

Las redes hacen que la percepción que la gente tiene sobre uno siembre muchos malentendidos. Por ceñirnos al aspecto literario, ahora hay muchos más prejuicios, no necesariamente negativos, a la hora de abrir un libro. Antes era más fácil abrir un libro sin más ideas preconcebidas que las que pudieran generar la portada o la contraportada. Es verdad que en las redes uno se construye todo el tiempo. Te encuentras a gente por la calle que te felicita por lo bien que se te ve cuando apenas te ha visto en todo el año, sólo porque ha podido ver las cinco fotos que has colgado en Facebook. Es posible que hayas tenido un año horrible y que sólo hayas colgado esas cinco fotos de una vez que te fuiste de vacaciones, pero eso les da igual, para ellos te está yendo estupendamente. Las redes son un arma de doble filo, pero también se han terminado convirtiendo en una necesidad para muchas cosas, entre otras para facilitar la relación con los lectores o con otros colegas, también para establecer ese diálogo del que hablamos entre los escritores de las dos orillas. Y es verdad que, en el fondo, todo esto se relaciona con lo que conforma el núcleo de Fade out: cómo se cuenta, desde dónde se cuenta, qué hacemos con todo ese ruido que provocamos nosotros mismos, ese sonido que insiste y que no nos deja buscarnos.

Empezó a escribir hace veinte años, y usted misma ha dicho que se toma la literatura como una carrera de fondo, sin prisas ni obsesiones por llegar a ningún sitio.

Sigo escribiendo, igual que lo he venido haciendo hasta ahora, sin sujetarme a ningún género ni sentirme atada a una temática concreta. Algunas veces me dicen que si escribiera cosas más identificables me resultaría mucho más fácil vender mis libros, pero yo quiero rebelarme contra eso. Creo que, como escritores, no debemos preocuparnos por la forma en la que se venden nuestros libros, eso tiene que ser cosa de los editores o de los agentes. Los escritores tenemos que sentirnos libres. El día que la escritura me empiece a aburrir, la dejaré. Yo siempre pongo la vida por delante.


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