Revista Pijao
Pablo Neruda inédito
Pablo Neruda inédito

Por El Cultural (Es)

El Cultural publica cuatro de estos inéditos, junto a sendos artículos de Luis María Anson y de Jorge Edwards, amigos y confidentes del poeta chileno. Darío Oses, director de la biblioteca de la Fundación y responsable de esta edición, explica que se han añadido un centenar de páginas inéditas que “completan algún relato o algún tema del libro o que tenían alguna marca que indicaba que podían haber sido escritos para ser incluidos en las memorias”. Porque, como escribió el propio Neruda, el poeta chileno jamás renunció a atesorar todo lo sentido, vivido, luchado “para seguir escribiendo el largo poema cíclico que aún no he terminado, porque lo terminará mi última palabra en el final instante de mi vida”.

El vagabundo de Valparaíso

Valparaíso está muy cerca de Santiago y parecen separarlas solo nuestras hirsutas montañas en cuyas cimas se levantan, como obeliscos, gigantescos cactus hostiles y floridos.

Pero la verdad es que algo infinitamente indefinible separa a Valparaíso de Santiago, capital de Chile. Santiago es una ciudad prisionera, cerrada por sus muros de nieve. Valparaíso abre sus puertas al infinito mar, a los gritos de las calles, a los ojos de los niños: todo es allí diferente. En el punto más desordenado de mi juventud nos metíamos de pronto en un tren, siempre de madrugada, siempre sin haber dormido, siempre en un vagón de tercera clase, sin un centavo en los bolsillos, dirigidos por la estrella de Valparaíso. Éramos poetas o pintores de poco más o menos veinte años y entre aquellos cuatro o cinco viajeros reuníamos una valiosa carga de locura irreflexiva que quería emplearse, extenderse, estallar. Valparaíso nos llamaba con su pulso magnético.

[...] No sé por qué entre mis viajes fantasiosos a Valparaíso uno se me ha quedado grabado, impregnado por el aroma de hierbas arrancadas a la intimidad de los campos. Contaré la historia.

Íbamos a despedir a un poeta y a un pintor que tal vez viajarían a Francia en una posibilidad de tercera clase de la P.S.N.C. (Pacific Steam Navegation Company) surto en la bahía. Allí estaba el navío lleno de luces y fumándose su gruesa chimenea: no había duda de que partiría. Como entre todos no teníamos para pagar ni el hotel más ratonil, buscamos a Novoa, uno de nuestros locos favoritos del gran Valparaíso. Sabíamos que él no desteñía y su casa en los cerros estaba siempre abierta de par en par a la locura. Era tarde en la noche cuando emprendimos la marcha. No era tan simple. Subiendo y resbalando interminablemente colinas y colinas hasta el infinito en la oscuridad veíamos imperturbable la silueta de Novoa que nos guiaba. Era un hombre grandísimo, de gruesos bigotazos y barba. Los faldones de su vestimenta oscura eran como alas en las cimas desconocidas de aquella cordillera que subíamos ciegos y abrumados.

Él no dejaba de hablar. Era un santo loco a quien solo nosotros los poetas habríamos canonizado. No daba importancia a esta consagración sino a las secretas relaciones, que solo él sabía, entre la salud corporal y los dones naturales de la tierra. Era, naturalmente, un naturista. Era un vegetariano vegetal, y él, sin dejar de predicarnos mientras marchaba, con voz tonante, hacia atrás, como si fuéramos sus discípulos, avanzaba imponente, tal como un san Cristóbal de los nocturnos, solitarios suburbios.

Por fin llegamos a su casa, que resultó ser una cabaña de dos habitaciones. Una de ellas la ocupaba la cama de nuestro san Cristóbal, la otra estancia la llenaba en gran parte un inmenso sillón de mimbre, obra maestra del siglo victoriano, profusamente entrecruzado por inútiles rosetones de paja y extraños cajoncitos adosados a sus brazos. [...]

Fui designado para ocupar el gran sillón para dormir aquella noche. Mis amigos extendieron en el suelo los diarios de la tarde y se acostaron parsimoniosamente sobre las noticias de la época. Pronto supe, por sus respiraciones y ronquidos, que ya dormían todos. A mí me era difícil dormir sentado en aquel mueble monumental. El cansancio me mantuvo insomne. [....]

Hoy, en la mañana de este mes de agosto de 1973 en Isla Negra, al recordarlo, compruebo que todos mis amigos de aquella noche extraña y aromática ya se fueron a la muerte cumpliendo cada uno su trágico o tranquilo destino.

Este texto, en el que el poeta evoca sus vagabundeos juveniles por Valparaíso, fue escrito para las memorias, pero ahora se ofrece una nueva versión, fiel al original mecanografiado con correcciones manuscritas de Neruda.

El último amor del poeta Federico

Al llegar a Madrid en el año 1934, conocí a todos los amigos de García Lorca y de Alberti. Eran muchos y a los pocos días yo era uno más entre los poetas españoles. Naturalmente que españoles y americanos somos muy diferentes, y eso se lleva siempre con orgullo o con error por unos y por otros.

Yo encontré que los españoles de mi generación eran mucho más fraternales y solidarios que mis compañeros de América. Al mismo tiempo comprobé que nosotros éramos más universales, más metidos en otros lenguajes y en otras culturas. Eran muy pocos entre ellos los que hablaban idiomas. Cuando vinieron Desnos y Crevel a Madrid yo tenía que traducirles para que se entendieran. Federico no sabía decir ni cuatro palabras en francés. Naturalmente que había excepciones: Alberti, Guillén, Salinas habían viajado y el mundo era más extenso para ellos. Los españoles, por lo general, me parecieron provincianos de Europa. Esto me gustó mucho desde el principio. Más tarde he comprendido que la fuerza principal de España, su razón o sinrazón espiritual, es su limitación terrenal y tal vez también su tragedia.

En el círculo de amigos de Federico, que frecuenté cada día durante los años de mi vida en España, casi no había homosexuales. Tal vez Federico, que era vistoso como un gran torero, tenía sus amoríos en otra parte. Más tarde, en la tertulia nuestra, estuvo siempre acompañado por un muchachón muy recio, varonil y bien plantado. Poco a poco me fui dando cuenta de que era este muchacho el persistente amor de Federico, su último amor. Se llamaba Rafael Rapín [Rafael Rodríguez Rapún]. Era de origen obrero. Tímido, de pelo largo, rizado, no muy alto de cuerpo ni muy delgado, tenía esa sencillez popular española y una completa normalidad varonil. Me pareció que él y otros chicos que llegaban con él al café eran más bien desamparados sexuales, y así un día, como un buen papá, llevé a dos o tres, entre ellos el amigo de Federico, a un burdel cercano a la cervecería donde nos reuníamos. A mí, como americano precoz, me parecía inverosímil que esos muchachos no hubieran conocido mujer.

El hambre sexual de España era rabiosa. Una tarde que pasábamos por los suburbios hacia la Bombilla, clásico barrio popular de esparcimiento, bajábamos y bajábamos hacia el Manzanares por un camino polvoriento, cercado por tapias blancas que se prolongaban por kilómetros a cada lado. Me llamó la atención que los muros blancos de cal estuvieran en toda su extensión ennegrecidas de grafiti, al punto que oscurecían los interminables muros blancos.

Me bajé del coche para examinar las curiosas inscripciones. Pero en verdad todas tenían la misma fórmula con torpes letras de todas las dimensiones: “Por aquí pasó Pepe con ganas de joder!!”, “El día 3 de julio pasamos por este lugar P.S. y R. con ganas de joder!!”.

Ese erotismo hidrófobo formó parte de España, de su clausura, de su silencio, de su férrea armadura. Esto me resultaba escandaloso. Yo, casi impúber, anduve ya entre camas y cuerpos de mujeres. Aunque también la América española se aguantó la imposición de la castidad colonial, todo el mundo se las arregló para burlarla. Yo no di importancia al haber llevado a una aventura a aquellos muchachos, y Federico, hacia quien sin duda yo procedí con torpeza, no hizo sino reír del episodio. Lo cuento para que se comprenda lo poco que pesaba la desviación sentimental del poeta.

Porque a mí me parece que, así como en sus poemas sobre Nueva York, García Lorca fustiga con saña la perversión viciosa, él fue una pura criatura humana. Su ternura se volcó de manera irregular por orden sagrada de la naturaleza, que él no podía desobedecer.

Durante la guerra la insurrección armada de las fuerzas reaccionarias terminó con la vida de aquel poeta feliz.

Pocas semanas después de su muerte, Rafael Rapín, protagonista de aquel extraño idilio, pagó también su tributo a la muerte.

Cayó en el fondo de Teruel. Estaba a cargo de una batería. La metralla del enemigo dio justo en su puesto de combate [...].

Neruda escribió este texto pensando en incluirlo en sus memorias, pero temía que el público no estuviese “suficientemente desprovisto de prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico sin menoscabar su prestigio”

La persistente influencia de los árboles

La poesía debe ser orgánica en cada poeta, fluido de su sangre, pulso y palpitación de toda su persona. Es una materia de tal intimidad que no se presta al examen, y sin embargo debe afrontar tempestades.

Yo empecé a escribir muy joven. Tal vez no he hecho otra cosa buena o mala que escribir mis poemas. Tuve siempre una influencia persistente de los grandes árboles, de la salvaje naturaleza del sur de mi país, que es también el extremo sur del mundo. Es una comarca de gran soledad, apenas habitada y llueve gran parte del año. Escribí una poesía melancólica, derivada de aquel ambiente oscuro y desierto.

En aquellos tiempos tuve muchos amigos lejanos. Muchos de ellos venían de Rusia. Eran personajes, incidencias, intensos dolores, fuertes alegrías, todo el contenido extraordinario de una gran literatura que poblaba las soledades de mi adolescencia con vidas desgarradoras. Nunca olvidaré esas noches de lectura afiebrada en que los sentimientos del príncipe Muichkine o las peripecias de Tomás Gordeiev se mezclaban en mi corazón con el estrépito de las olas de los archipiélagos australes.

He escrito muchos versos de amor, muchos versos sobre la muerte y sobre la vida, he dedicado gran parte de mi poesía a las intensas, extraordinarias luchas de los pueblos americanos. Cada sitio del inmenso espacio del continente está marcado con sangre, con agonías, con victorias y dolores. No hay geografía en América, ni hay poesía de América si no se toma en cuenta el martirizado corazón del hombre americano. Rapaces explotadores llegaron de todas partes, como pájaros de presa, a todos los rincones, y alguien tiene que contar y que cantar esta historia.

Sin embargo no creo que la poesía deba ser totalmente política. Los poetas deben tener los sentidos abiertos a todos los horizontes. Estos horizontes pueden ser desconocidos. Algunos de los más grandes poemas han sido una especie de diálogo con la oscuridad. Dos de ellos: las Coplas de Jorge Manrique y la Elegía de Thomas Gray son toques de aldabón en las puertas cerradas de la Muerte. Esos golpes se siguen escuchando, y serán oídos mientras el hombre exista.

En mis poemas he querido hablar de las cosas más sencillas, más corrientes, y más primordiales. He hecho poemas sobre la madera, el aire, la piedra, el reloj, el mar, los tomates, la ciruela, la cebolla. Son poemas de alegría desbordante, en ellos he querido volver a cantar todo lo cantado, para que todo vuelva a vivir. Así como creí un deber del poeta revivir la trágica historia de la sangre y la explotación en América india, creí deber del poeta lavar y limpiar las cosas usuales, poner un mantel nuevo para todas las vidas.

Es extraño, pero no he sido bastante comprendido por aquellos que más debían comprender. Un periódico dirigido por jóvenes [...] me pidió con insistencia unas poesías. Les envié una sobre el maíz y otra sobre las ciruelas. Son dos poemas sencillos, con la claridad y la alegría de esta parte de mi obra. No los publicaron. No les gustaron. Sin embargo me dieron como un regalo extraordinario la sensación de que estos jóvenes eran tal vez más viejos que yo.

Escrito originalmente para una edición de Odas elementales, en este inédito Neruda proclama sus principios poéticos, su afán de “hablar de las cosas más sencillas”.

El paisaje del Sur

Entre idas y venidas, amores fugaces y reprobables mi juventud fue tomando conciencia no solo de la tierra natural sino de los conflictos, dolores y depredaciones que se extendían entre las sementeras y los bosques. La conquista española fue en los reinos antiguos de México y en el Perú un hecho fulgurante, como un rayo maligno, los dos imperios indígenas ya carcomidos, divisionistas y parasitarios sucumbieron sin pena ni gloria frente a los barbudos invasores. En Chile fue diferente la historia.

La historia fue una larga masacre mutua que duró tres siglos. Los defensores indios y los conquistadores españoles se exterminaron mutuamente, sin embargo los soldados de la conquista y sus familias, aunque reducidos a la miseria por la guerra implacable, dejaron en la tierra un sistema de haciendas que persistiría inexplicablemente. La verdad es que solo el primer gobierno popular de Chile, es decir, el del presidente Salvador Allende, dividió los latifundios entre el año 1971 y estos meses de 1973 en que estoy escribiendo estas memorias. Está claro que las memorias son, en general, memoraciones personales. Pero de alguna manera mi país, con sus problemas, ha andado conmigo en todas partes. Aunque alguien en Europa, en Asia o en Estados Unidos pueda interesarse en mi poesía le parecerá tal vez que Chile, este país largo y delgadísimo como un planetoide, es apenas visible desde el cielo en la geografía del mundo. No ha sido así para mí. Los chilenos venimos en parte de un extraño linaje. En el resto de América los mestizos descienden de indias violadas por la soldadesca ibérica. Nosotros, los chilenos, descendemos también del rapto de las mujeres españolas por los guerreros de Arauco. Durante estos siglos de la más larga guerra patria, los indios chilenos, tan implacables como los españoles, no dejaban en las ciudades o fortalezas arrasadas por ellos, un solo español con vida. Pero curiosamente, nunca mataron a una mujer. No sé a qué se debe esta costumbre de su guerra, los araucanos cuya sangre también heredé siguen siendo para mí tan misteriosos, remotos y ensimismados como aquellos que desde el siglo XVI aparecieron semidesnudos y provistos de flechas primitivas, oponiéndose a los invencibles conquistadores.

Las cautivas españolas dieron hijos a sus raptores indios, estos son los chilenos. Venimos de bien extrañas circunstancias. Cuando desde 1810, expulsada la monarquía hispánica, Chile tuvo gobierno nacional, mis compatriotas recién llegados, se sintieron cómodos dentro del anacrónico sistema. Se inventaron títulos, se designaron a sí mismos nobles y mayorazgos, y siguieron viviendo del trabajo ajeno. Para extenderse continuaron también matando indios. A esta etapa sangrienta de Chile independiente, la historia burguesa la denomina con repulsiva hipocresía: “Pacificación de la Araucanía”.

Los pacificadores arrasaron militarmente con los araucanos y sus posesiones. [...] Eran tierras sangrientas estas por donde yo paseaba a caballo. La gente esforzada como los Hernández, metidos en las montañas con sus trilladoras, eran como los primeros soldados de una nueva guerrilla. Después llegaban los indiferentes propietarios. La oligarquía santiaguina, que ya había devorado las extensas provincias del vino, se ensanchó por todo el sur. Se dividió la vida entre algunos escasos señores agrícolas y una impresionante multitud de campesinos pobres, tan chilenos como los nuevos propietarios, pero desnutridos, descalzos, ignorantes y harapientos. Esta ha sido la organización social en la que creció mi juventud; consumidos por el amor y la melancolía, íbamos aprendiendo con espanto la historia oculta del país. [...]

Conocí la existencia de un pequeño libro heroico que contaba las atrocidades cometidas durante esos mismos años. Se titulaba La Patagonia trágica y solo treinta y cinco años después pude obtener un ejemplar del perseguido documento.

Ahí estaba la historia descarnada que borró de la tierra a los últimos hombres onas. Esta gente pastoril era la única que sobre el planeta conservaba los usos y costumbres de la edad de piedra. Pero estos títulos no asustan a nadie. Eran pobres tribus pescadoras que sobrevivían sobre la tierra más dura del mundo entero. Pero no sobrevivieron a los Menéndez, a los Montes. Estos consideraron que para la crianza de sus ovejas era peligroso tener como vecinos a estos escuálidos patagones y los buscaron hombre a hombre y asesinaron mujer por mujer y niño por niño.


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