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La historia de Alberti contada por sus casas

Por Madeleine Sautié

Granma (Cu)

Claro está que las casas que habitamos saben más de nuestro mundo que nosotros mismos. Más allá de sus paredes, excepcionales testigos  de nuestros días, hablan con precisión fotográfica los  objetos que nos acompañan, la relación que establecemos con ellos, los modos de pasar en sus espacios la vida.

Muy atinado resulta acercarse a la vida de un hombre contorneando las casas que lo moraron –digámoslo así– pues como mismo ellas se abren para ser vividas, también terminan  anidando en quienes las han elegido. De esas indelebles razones dan fe Los espacios habitados de Rafael Alberti, del escritor catalán Joan Carles Fogo Vila, presentado recientemente en Casa de las Américas, cuando se recuerda al autor de Marinero en tierra, en el aniversario 115 de su nacimiento. Pero el libro de 499 páginas, extensión infrecuente en una propuesta de la Colección Sur, es mucho más que esa circunvalación en la que podría pensarse cuando se está frente a su portada. 

Adentrarse en el mundo de letras que ha concebido en exhaustiva investigación este arquitecto y ensayista, autor además de La arquitectura en la literatura de la generación del 27 y La generación del 27 y los paraísos perdidos, no es por separado biografía ni crónica ni poesía ni memorias ni valoraciones, y sin embargo, es todo eso a un tiempo.

Un  prólogo de Virgilio López Lemus  acredita  el valor referencial de la arquitectura en la obra del bardo,  que yendo a espacios diversos como una casa, una edificación, un simple aposento regresa inevitablemente al mar que se le antoja también como «construcción planetaria».  También unas palabras del poeta español Luis García Montero celebran el texto al reconocerle que pocas veces ha visto la cercanía  a la obra de Alberti de una forma tan inteligente, honrada e iluminadora.

Sin que afecte en absoluto el ritmo coherente de una lectura que se disfruta con la curiosidad de lo que vendrá, el autor, en una magistral selección de intervenciones de los implicados –díganse confesiones del propio Alberti; de su esposa María Teresa León; Aitana Alberti, hija de ambos; poetas; conocidos excepcionales con válidos testimonios– serpentea la historia en pleno ensayo, de modo que por momentos los protagonistas «actúan» en la novela de sus propias existencias.

Junto al bardo del Puerto de Santa María, en Cádiz,  María Teresa y Aitana, tendremos la voz referencial de León Felipe, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Juan Chabás, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Jorge Guillén y Pedro Salinas, por solo citar algunos de sus amigos y compañeros de la generación del 27 a la que perteneció y de la que fuera el más longevo de sus integrantes. Algunos solo serán citados en la trama, otros aportarán un «color» que agradece el lector en tanto permite ver al hombre en humanas conexiones con otros grandes de las letras españolas.

Sin descuidar lo que para Fogo Vila resulta primordial, la indisoluble relación de Alberti con su hábitat, desde el natal, pasando por los de su formación y madurez política y hasta el de su muerte, acaecida en 1999, el libro se abre a la descripción de momentos cruciales de la vida de la familia Alberti-León, donde el lirismo de las situaciones, calzado con el de la pluma vivencial  de los propios «personajes», toca hondo en el lector, que aprende a  la par que se identifica con las emociones.

Diez capítulos donde se insertan fotografías, planos de viviendas, y poemas alcanzan para llevarnos consigo las esencias del poeta surtidas en entornos que a su vez le hablaron y contribuyeron a los sucesos de los que fue centro. Por momentos pueden aparecer impresiones, escritos y dibujos de determinados viajes, tales como el que emprendieron Lorca, Alberti y el arquitecto Le Corbusier a la ciudad de Nueva York, entre 1929 y 1930, como también de su visita a La Habana,  estampa enriquecida con imágenes y textos de Eliseo Diego y Alejo Carpentier, entre otros esbozos.

Fotografías y la historia que cuenta cómo llegó la pareja a la cueva del Corb Marí, en la isla de Ibiza, donde se refugiaron por semanas tras la noticia del alzamiento militar con que se inició la  Guerra Civil española; el valeroso rescate de las obras más importantes del Museo del Prado, en el que ambos participaron,  cuando fue dañado por los bombardeos fascistas,  las diversas casas ocupadas en Argentina, sitio donde fijaron su exilio por 23 años y donde naciera su hija, cuentan entre los intervalos que perfilan estas páginas.

Otras estancias como la que ocupara la familia en la propiedad de Muñoz Azpiri, en la quinta del río Paraná; la Gallarda, proyectada por el arquitecto Antoni Bonet, en  Punta del Este, Uruguay; y  las que habitaran en Italia son también reseñadas en estos espacios que dejan la impresión de haber conocido muy de cerca a la familia.

Hacia los últimos capítulos el declive humano toma posesión y lo hace primero con el desenlace de la vida de María Teresa, quien sufre por años Alzheimer, lo que impide poder terminar de escribir su Memoria de la melancolía y perder los cada vez más escasos recuerdos del exilio. La residencia Ballesol Majadahonda, donde fue cuidada en su enfermedad,  y la morada final, donde fueron grabadas las palabras de su esposo «Esta mañana, amor, tenemos veinte años», tienen en este ensayo también sus evocaciones. 

Once años después Alberti fallecía de un paro respiratorio, a los 97 años de edad. Imposible no retomar ante el de-senlace los versos de Marinero en tierra: Si mi voz muriera en tierra, / llevadla al nivel del mar / y dejadla en la ribera. Por voluntad propia su último refugio fue el mar de la rada de Cádiz. Sus cenizas, esparcidas desde un barco fueron vertidas en  ese  piélago portuense al que tanto cantó para «al menos tornar a los orígenes marinos y renacer en la vegetación subacuática, entre las sirenas y los tritones de la mitología de la bahía».