Revista Pijao
Juan Cárdenas: “El exilio genera una rabia que contamina la mirada”
Juan Cárdenas: “El exilio genera una rabia que contamina la mirada”

Por Jorge Morla  Foto Carlos Rosillo

El País (Es)

"¿Te has duchado a oscuras alguna vez?". En El diablo de las provincias (Periférica), última novela de Juan Cárdenas, que ahora presenta en España, un díler que surte de marihuana al protagonista le cuenta que, completamente colocado, tiene visiones al ducharse en la oscuridad. El propio Cárdenas (Popayán, 1978) también se daba duchas a oscuras, pero en los noventa, cuando Colombia sufría racionamiento de electricidad.

“Me gustaba la idea de que a este díler, a este personaje marginal, no se le niegue la complejidad al verlo desde fuera, retratar una conciencia propia, aunque sea con esta técnica de meditación plebeya”. El díler es uno más de los personajes a los que Cárdenas da voz en su última novela, protagonizada por un biólogo que regresa a Bogotá y a la pequeña ciudad en la que creció.

La vuelta a la tierra de la infancia es algo que Cárdenas vivió en primera persona, tras dejar Madrid en 2013 rumbo a Colombia. Al volver a su ciudad natal, el biólogo de la novela encuentra miseria y falta de educación, un imparable choque entre su mentalidad racional y una religión que empapa la sociedad que le rodea, y fuerzas brutales y violentas que parecen guiar a las personas. Pero esa es la historia del biólogo. ¿Qué encontró el propio Cárdenas al volver a Colombia? “Todavía lo estoy descifrando”, dice tomando aire. “Estoy en el proceso de construir críticamente mi propia mirada. La experiencia del exilio genera normalmente una actitud de rabia que contamina esa mirada. A veces la rabia es salud, pero te impide ver matices”, confiesa. “Me siento felizmente expatriado de una realidad que intento descifrar”, y se encoge de hombros.

Volvamos al asunto de la religión, omnipresente en la “ciudad enana” a la que vuelve el biólogo. “No es una denuncia frontal a la religiosidad, eso sería banalizar la situación”, explica. “Lo que intento es señalar la realidad compleja, en la que los lazos de la religiosidad popular, la economía y la cultura crean muchos sustratos del relato que nos rodea. Las fuerzas reales a las que se enfrenta un sujeto, como el biólogo, sensible a los indicios, son brutales”, explica. “La novela es la historia de alguien que se mide a esas fuerzas y actúa en consecuencia”, resume.

La lucha por el relato

La muerte del hermano del protagonista, envuelta en el misterio de su propia sexualidad, tiene dos posibles explicaciones: un crimen pasional o un ataque. Muerto en cualquier caso, “no es lo mismo una riña entre bujarrones que ser víctima de un atentado marxista”. La madre del protagonista, ni que sea inconscientemente, opta ante la ausencia de evidencias por la segunda opción.

En casi todas las novelas de Cárdenas, integrante de la prestigiosa lista de talentos literarios Bogotá39, hay una reflexión constante sobre el relato que nos domina y nos termina por definir. “Las sociedades son máquinas productoras de relatos”, explica. “En América Latina, por ejemplo, hay un trabajo de formar un relato legible contra las dictaduras. En el caso de Colombia y Centroamérica es distinto: las fuerzas con atrocidades más terribles han construido muchas máscaras y pulverizan los relatos, ramificándolos. Es imposible orientarse en ese espacio”. Y cita el caso de los 43 de Iguala: “Hay quien culpa al Estado, a los narcos, a la policía cómplice, pero también hay un pueblo que calla… Al final, toda esa confusión favorece a la impunidad”. “En estos países, los agentes de destrucción son más astutos a la hora de construir el relato y claro que, como dice Fernando Vallejo, hay que ponerle nombres propios a la infamia, pero la realidad es mucho más compleja”, cuenta.

De aquí y de allí, Cárdenas señala las similitudes entre el sur de Europa y Latinoamérica. “Personalidades abigarradas, promiscuas, con una enorme simultaneidad entre lo arcaico y lo moderno, y donde la verdadera modernidad va a contrapelo, ahondando en las cosas antiguas”. Y habla de que los pensamientos de la anciana que le vendía ispis fritos en el lago Titicaca son los mismos de la de una anciana en una aldea perdida en Portugal, país que visita siempre que puede.

Uno de sus personajes de la novela dice que a veces la vida va mejor si uno deja de darle vueltas a las cosas y se concentra en su trabajo. ¿Suscribe la frase el propio Cárdenas? “La novela funciona como fábula. Sobre la claudicación ante unas fuerzas, sobre seguir o no tu instinto. En ese contexto, ese no buscarse problemas vale para hacer funcionar algunas cosas. Ahora, ¿qué opino yo? Lo que yo opine es irrelevante”.


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