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Cenizas de fénix

Cenizas de fénix

Líbano Tolima:

El 2 de mayo de 2020 murió, siendo ya inmortal, Eduardo Santa. Hoy traemos las cenizas de un fénix. Hoy sé que mi padre diría con Quevedo -pasión que compartimos-:

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

 

mas no, de estotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama el agua fría

y perder el respeto a ley severa.

 

Alma que a todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido,

 

su cuerpo dejará, no su cuidado

serán ceniza, mas tendrá sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

Hoy el polvo enamorado retorna a su tierra natal. Las médulas que siempre ardieron con el amor a su pueblo y a sus gentes nos han dejado las brasas encendidas de su obra para resguardarnos con su calor en tiempos aciagos, para seguir inflamando con el brillo de su inteligencia otros veneros de luz y otras antorchas. 

El compromiso de Eduardo Santa con su tierra vertebró su vida y su obra. Vinculado a las juventudes gaitanistas desde sus días de bachiller en el Instituto Isidro Parra, fue delegado estudiantil para dar el discurso de bienvenida al líder que prometía la transformación social del país en el teatro Olaya Herrera del Líbano Tolima. Siendo estudiante en la Universidad Nacional de Colombia, vivió en carne propia la violencia política de los años 50. Cuando el país naufragaba, como hoy, en arreboles de sangre, Eduardo Santa lanzó la frágil pero imperecedera balsa de sus palabras y se convirtió en la voz insurrecta que plasmó el horror en obras como Sin tierra para morir, “La noche también es roja” o “Los rostros del miedo”; en la inteligencia que repensó su país en libros como ¿Qué pasó el 9 de abril?, Sociología Política de Colombia o Las diez grietas del sistema. Las médulas enamoradas fueron exiliadas de su pueblo natal, fueron señaladas, fueron perseguidas, pero imantadas por su amor, nunca cedieron a esos ‘rostros del miedo’ que nos miran desde sus páginas, y siguieron retornando. Las médulas enamoradas tuvieron que salir en el baúl de un carro en una noche de terror. Pero siguieron volviendo y ya no saldrán nunca más. 

Eduardo Santa es, sin duda, un pilar de valentía, de compromiso y de honestidad intelectual. Un monumento a la búsqueda de la verdad, más vigente hoy, en la era de la post-verdad, un canto de memoria cuando quisiera imponerse el silencio y un tributo a la excelencia ante la mediocridad imperante y el mal gusto.

Mucho le deben El Líbano, el Tolima y Colombia a su pluma inmortal e inmortalizadora. El Líbano, transfigurado en “Aldeópolis” en La Provincia Perdida o en “Artemisa” en Cuarto Menguante es hoy una patria literaria como la Mancha cervantina con su cura y su barbero. Pero también es un objeto de investigación histórica y antropológica gracias a Arrieros y Fundadores a La Colonización Antioqueña o Los Oficios de Antaño. El Tolima fue, en su pluma, Premio Nacional de Literatura, y llevó en su cuello la Gran Orden de la Democracia, otorgada por el Congreso de la República. Con los méritos de este libanense, el país obtuvo una de las primeras becas Fulbright para investigación de postgrado en la Universidad de Columbia, y en su pecho lució La Gran Cruz de la Academia de Artes y Letras de Nueva York. Su labor lexicográfica como miembro honorario de la Academia Colombiana de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española contribuyó a la inclusión de nuestro vocabulario autóctono -del habla tolimense- al  Diccionario de la RAE, sin mencionar sus aportes como historiador, miembro del Instituto de Civilizaciones Diferentes de Bruselas, del de Geografía e Historia de México, miembro honorario de la Academia Colombiana de Historia o su importante labor como director de la Biblioteca Nacional de Colombia, fundamental para la actual configuración y políticas de preservación de dicha institución. 

Pero Eduardo Santa es, ante todo, la palabra moldeada del genio creador, del Poeta inmortal. Era su fértil ingenio un cielo cargado de tormenta. De sus manos de titán caían las palabras como relámpagos sobre su máquina de escribir con el estruendo de las tempestades cafeteras. Sin embargo, orfebre preciso, moldeaba cuidadosamente cada una de sus sílabas, fino tejedor de complejas filigranas de encabalgamientos, aliteraciones y metáforas. Porque las tormentas que estremecen al espectador al ser representadas son las que diseña el diestro pincel que logra el trampantojo. Eduardo Santa, en esta alquimia del arte, hizo que la sangre de su patria, hecha tinta, se filtrara en nuestros poros y que sus abismos nos legaran su vértigo y su arraigo. Alma de árbol milenario, transubstanciador del limo en fruto y de la vida en arte, hoy nos dice desde El paso de las nubes:

Me hicieron de raíces, 

simplemente.

Mis sueños también corren 

por cauces subterráneos,

por lechos penumbrosos.

He muerto muchas veces

como cualquier racimo

que cae sobre el suelo.

Me he convertido en podredumbre

ácida, y he vuelto a ser raíz,

como todos los muertos

que vuelven a la vida.

 

He sentido también

las voces misteriosas

debajo

de la tierra.

Miles, miles de voces

-las raíces horadando entre la oscuridad-

para no dejar que el bosque muera.

[…]

Cuando viene la noche, de nuevo,

se van levantando

todas las sombras

de los que no quisieron

tener raíces como el árbol.

Ellos no vuelven a la vida.

Apenas son las sombras

que duermen en los cauces

prendidas a las piedras.

 

Solo los hombres que aman las raíces,

que son como los árboles,

capaces de hundirse entre la tierra

más y más

y buscar en la oscuridad

el color de sus hojas

y el sabor de sus frutos,

solo esos hombres

podrán morir dos veces.

 

Por eso estoy en este bosque

desde el principio de los siglos.

 

Pero que nadie diga

que soy el habitante

de parajes sombríos.

 

Anticlerical y nietzscheano, Eduardo Santa no necesita vidas eternas transmundanas, no tienen cabida ante su colosal figura débiles espejismos. Eduardo Santa, con la inmortalidad de un clásico, sigue interpelándonos desde sus páginas. Por eso no te pediremos, Líbano Tolima, ni un minuto de silencio, porque honramos hoy a una vida llena de palabras.

 

Sara Santa-Aguilar

14/08/2021

 


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