Revista Pijao
Al borde del abismo
Al borde del abismo

Por Manuel Rodríguez Rivero

El País (ES)

1. Metáforas

Uno se enamora a veces de una metáfora y ya no la suelta. Les ocurre a muchos pensadores, sobre todo si se meten en política: de repente, un día encuentran la que mejor expresa su opinión y, zas, la hacen suya para siempre. Le pasó, por ejemplo, a György Lukács (1885-1971), el más complejo de los filósofos comunistas, que en su larga vida tuvo tiempo de serlo casi todo en política: desde ministro en la efímera y ultraizquierdista República de los Consejos húngara (1919) hasta dócil intelectual estalinista que, tras sobrevivir a las Grandes Purgas, puso su granito de arena en la “depuración” de la Unión de Escritores Húngaros, para terminar como ministro (1956) del “reformista” Imre Nagy y, luego, volver a escapar de la feroz persecución de los “elementos antipartido” en la que cayó (ajusticiado) el propio Nagy. La metáfora de Lukács fue la del Hotel Abismo. La utilizó, por ejemplo, para criticar el sistema de Schopenhauer en El asalto a la razón (1954), un importantísimo ensayo acerca del irracionalismo que, al parecer, no hay editor/a que tenga lo que hay que tener para reeditarlo, y eso que la excelente traducción de Manuel Sacristán podría salirle barata. Y volvió a usarla en el prólogo que escribió en 1962 para su Teoría de la novela (1916), en el que se sirve de ella para caracterizar a la “intelectualidad alemana dirigente” (es decir, a los sobrevivientes de la Escuela de Fráncfort, y especialmente a Adorno), cuyos miembros se habrían instalado, con su “pesimismo histórico”, en el Gran Hotel Abismo, “un espléndido edificio dotado de todo confort y pintorescamente situado al borde de la Nada y del Sinsentido”, en el que “la diaria vista del Abismo, entre una y otra comida serenamente gozada o entre dos producciones artísticas, no puede sino exaltar la satisfacción producida por ese refinado confort”. Turner publicará el próximo otoño El gran hotel del Abismo, de Stuart Jeffries, que, casi medio siglo después del clásico de Martin Jay La imaginación dialéctica (Taurus, 1974; también inencontrable), constituye la mejor historia y el más eficaz retrato de grupo de aquel conjunto de mentes privilegiadas que dieron lustre a la llamada Escuela de Fráncfort. El libro de Jeffries, mucho más ágil y narrativo que el de Jay, no sólo explica la evolución del pensamiento —a partir de Marx, Freud, Hegel y Kant— de intelectuales como Horkheimer, Adorno, Fromm, Marcuse, Benjamin (un poco desde fuera) y Habermas, sino que también se centra en sus relaciones personales y en su influencia posterior. Un libro importante.

2. Zizek

Hoy las obras completas del gurú viral Slavoj Zizek (1949) podrían abultar tanto como las de Ortega y Gasset (10 tomos en Taurus) y acercarse a las de Lenin, que ocupaban 57 tomos en la edición de Progreso, de Moscú. En España fueron publicadas por Akal, la misma editorial que hoy publica a Zizek (incluyendo su reciente reescritura de Antígona, de Sófocles). Por cierto que, hace ya muchos años, conocí a un esforzado militante marxista-leninista (y antes seminarista) cuya biblioteca estaba ocupada, en un 80%, por las Obras completas de Vladímir Ilich; creo recordar que el resto del espacio se lo repartían algunos manuales de materialismo dialéctico (Politzer, Harnecker), un par de libros de Unamuno y el estupefaciente El Don apacible, de Shólojov. El provocador filósofo esloveno, que se doctoró con una tesis sobre la relevancia del estructuralismo francés y suele citar con parejo desparpajo a Lacan, Badiou, Robespierre, Micky Mouse o Mad Men, publicará en septiembre (en la editorial británica Verso) Lenin 2017, su aportación al centenario de la Revolución. En él Zizek sostiene que la verdadera grandeza de Lenin se percibe en los últimos años de su vida, cuando intentó un giro radical (“un repliegue estratégico”) para hacer frente a la terrible hambruna y al deterioro de un país hecho trizas. Zizek, que fue candidato de un partido de centro-izquierda en las primeras elecciones libres de Eslovenia, se refiere, entre otras cosas, a la Nueva Política Económica (NEP), por la que ya había abogado Trotski, y cuyas concesiones al “mercado” fueron justificadas como una transición al socialismo a través de cierto “capitalismo de Estado”.

3. Picotas

Hay cosas que no cambian. Observo que en la lista de los 10 best sellers del género mystery/detective de Publisher’s Weekly —la revista profesional más consultada del mundo— sólo hay uno que no ha sido publicado en 2017: And Then There Were None (“y entonces no quedó ninguno”), conocida en el ámbito hispánico como Diez negritos (en catalán, Deu negrets). El gran clásico del whodunnit fue publicado en Reino Unido en 1939 con el título —ahora insoportable— de Ten Little Niggers y, un año más tarde, en EE UU con el de Ten Little Indians, pronto tan políticamente incorrecto como el anterior, aunque ambos estuvieran basados en las letras de canciones infantiles en las que iban desapareciendo, una tras otra, 10 figuritas, tal como pasa en la novela con (casi todos, menos uno) los invitados a la misteriosa isla. Incidentalmente, confieso que vi una vez una película porno “inspirada” en la obra maestra de Christie en la que los personajes —que no paraban de hacérselo frenéticamente por delante y por detrás— también iban palmándola uno tras otro, a veces en pleno orgasmo. Observo que en el ámbito hispánico, donde aún parece sudárnosla (no se enfaden: el término lo recoge el DLE como “malsonante”) el asunto de las ofensas raciales, el libro sigue reeditándose como Diez negritos. No me extraña: hace poco vi en la frutería de mi barrio a una señora que le hacía carantoñas a una niña mientras le decía “¡qué mona, la negrita!”, y seguía atiborrando su bolsa de riquísimas picotas del valle del Jerte.


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