Revista Pijao
Desventura de un mundo feliz
Desventura de un mundo feliz

Por Fernán Cisnero

A menudo se lo vincula con la llamada "Generación X", una promoción tirada a cierta posmodernidad muy de la década de 1990. Pero Ray Loriga prefiera hacer una precisión histórica: "Cuando salió todo eso de la generación X, yo ya tenía tres novelas". Con el tiempo y una docena de libros, varios guiones cinematográficos, Loriga (que este año cumplió 50) hace tiempo demostró que su literatura está más allá de coyunturas.

Eso lo dejó clarísimo el premio Alfaguara que recibió por Rendición, su última novela, probablemente la mejor en ganar ese importante galardón en muchos, muchos años. Es una contundente historia sobre un mundo en guerra y un personaje discutible que enfrenta una situación novedosa y preocupante en un mundo particular, pero que puede estar sucediendo en este preciso momento. La novela puede ser leída como una alegoría, una utopía entre Kafka y Huxley que se hace tan real.

—En el final de Rendición hay una frase reveladora: "Uno tiene que saber cuándo su tiempo ya ha pasado...

—...y aprender a admirar otras victorias". ¡Qué cáustico eso! ¡Es tan de mala hostia!

— ¿Cómo llega a una cosa así?

—Es curioso pero no tenía esa frase pensada en concreto, pero cuando llegué a ella sentí que todo el viaje había sido hecho para decirla. Que todo este periplo y haber hecho sufrir tanto a ese hombre cerraba el círculo con esa frase. Que eso era lo que quería decir.

—Y ese comienzo: "Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar". ¿Por qué así de oscuro?

—Me parecía que era necesario para llegar a la epifanía final, a la victoria pírrica, íntima, personal e intransferible tras ese calvario.

— ¿La novela puede funcionar como un diagnóstico del hoy?

—Es más como una sensación que de alguna manera yo llevaba adentro. Me interesaba un personaje que pasase por eso hasta darse cuenta (a los golpes, claro) de lo que estaba sucediendo. Si la vida no hubiese cambiado, si sus hijos hubieran regresado de la batalla, si hubiera vuelto a su equilibrio, capaz que no se hubiera dado cuenta. Por eso hablo de quiénes somos y si somos así por contexto o por el grupo social. Esas eran las cosas que quería indagar.

—O sea que ese planteo estaba antes de armar la historia.

—Se juntaron fondo y forma y un cúmulo de sensaciones. No es que pensase "esto es lo que quiero contar y así lo tengo que contar", todo fue caminando junto. Eché a andar con la primera frase y las primeras 10, 12 páginas salieron de un tirón.

—El fallo del jurado se refiere a Rendición como kafkiana y orwelliana. ¿Lo ve así?

—Nunca lo hubiera dicho porque son unos escritores de tal tamaño que ponerse a su lado es...desmerecer. Otra cosa es que lo diga Elena Poniatowska y el jurado, y bienvenido sea. Entiendo por dónde viene la asociación, es muy básica. Como una referencia a Kafka con una sociedad que excede al protagonista. Pero no lo pensé explícitamente. Alguien también me ha hablado de Por último corazón de Margaret Atwood. No es que haya pensado en Kafka, pero han mencionado a otros (Huxley, Ballard). Y sí, todo eso me permeó como escritor. Y Bernhard, Canetti o Dostoievski.

— ¿Y hay alguna referencia que nadie se haya dado cuenta?

—Hay una que sí estaba en el origen de mi proceso de escritura: Los viajes de Gulliver. Era la fuente más inocente y nadie dijo nada. Pero está ahí en la historia de una persona que cambia absolutamene de contexto y de identidad y se pregunta "¿Quién soy? ¿Qué es lo que soy?, ¿Soy solo un mero reflejo de un grupo o tengo un tamaño determinado?". Swift era un escritor prodigioso y la idea era tan sencilla como Los viajes de Gulliver, pero busqué un contexto rural, de progreso, presuntamente una sociedad de consenso, semiperfecta.

— ¿Hay una banda de sonido de esta novela?

—El otro día pensé en The Future de Leonard Cohen con toda esa especie de espacio militar bíblico simbólico que te da una impresión del signo de los tiempos. O tal vez Nick Cave.

— ¿Cómo es el personaje narrador?

—Es un tío que tiene bastante, precisamente, de El idiota de Dostoievski. Es un memo de narices y de lo que se cree que sabe no tiene idea. Tiene una sabiduría de verdades de perogrullo.

—La forma de la prosa es importante en toda su literatura.

—Esa es la esencia de todo mi trabajo y lo que más me gusta. En las entrevistas es normal hablar solo de la trama pero yo a veces escojo un tema solo como excusa para desarrollar un lenguaje. Es lo que me interesa de la escritura. En ese sentido, a veces cuando doy con un tema que me parece factible para ocupar la estructura narrativa que requiere una novela, me doy por contento por tener el esqueleto suficiente para poder trabajar con la escritura. Por ejemplo, Tokio ya no nos quiere (de 1999) fue una excusa para escribir de esa manera entrecortada con la razón de la desmemoria. Ese es mi mecanismo de trabajo: que mi excusa de fondo me permita trabajar una forma.

—¿Y qué buscaba en Rendición?

—Me interesaba indagar en las posibilidades del lenguaje, de fraseo y de escritura que tenía el personaje elegido. Una especie de sabiduría popular, de tradición reinventada que hable con unos refranes pero que no acuda al refranero sino a la ecuación del refranero: verdades que sirvan para una cosa y para nada.

—Y con todo ese cuidado por la escritura, ¿en qué momento da por terminada una obra?

—Soy muy pesado con las correcciones e incluso después del premio estuve dando la lata con eso. Siempre estoy intentando afinar, hasta lo último. Y la termino en el momento en que me doy cuenta que la estoy estropeando.

¿Por qué lo premió el jurado del Alfaguara?

El jurado del XX Premio Alfaguara de novela, presidido por Elena Poniatowska, concluyó que Rendición es "una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva, una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada y al juicio de todos. A través de una voz humilde y reflexiva con inesperados golpes de humor, el autor construye una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos."

La novela transcurre en un mundo en guerra donde una pareja y un niño huérfano son enviados a Ciudad Transparente, donde no hay intimidad y todo parece tan feliz aunque sea a la fuerza. Escrita con delicadeza y llena de ideas, es una confirmación que la carrera de Loriga ha ido solo en ascenso.


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