Revista Pijao
Susurros y cruces transatlánticos
Susurros y cruces transatlánticos

Por Daniel Gigena

La literatura de Eduardo Muslip suele infundir más vida a la vida. Con un tono amortiguado, que se confunde con el de la melancolía o la pereza, la voz narrativa revela una densidad imprevista, que se aparta de las expectativas generadas por los inicios de sus cuentos y novelas cortas, en los que parece “hablar para adentro”. Esa característica, la de hablar bajo, se convierte en una virtud resplandeciente y provista de gracia.

En Florentina transcurren existencias enteras en pocas páginas, viajes transatlánticos; desfilan generaciones de una familia precedente y por eso mismo desconocida, tanto como la realidad del pasado ajeno. De entrada, la imagen de la abuela del narrador, un narrador similar al de otros libros de Muslip, se aparece ante él y lo remonta a los momentos compartidos a media luz en el living de la casa de unos tíos adinerados, al menos más que los padres del narrador. En este caso, el espacio hace al monje: “Me iba de la cocina-comedor hacia el living, y mi abuela también: ella se sentaba en un sillón, y yo me quedaba en el piso, hojeando las enciclopedias de la biblioteca”.

El living de aspiraciones burguesas, donde las pertenencias se presentan en sociedad como si fueran huéspedes, opera como una alfombra mágica que transporta a Galicia, a un barco que cruza el océano, a un barrio de Buenos Aires cerca del Riachuelo, el río monstruo. Es sutil el mecanismo por el que el niño desplaza al narrador adulto al que la imagen se le impone como fuente del relato. Para contar la historia de la abuela anticlerical que viajó desde una Galicia edénica para casarse con Manuel en Buenos Aires, la medida de la escritura será la anulación de la distancia.

Un relato hecho con voces familiares, con frases y observaciones de los personajes se sacude cuando al presente lo rasga una reflexión. La historia es, en Florentina, una pantalla y la voz del narrador, una linterna. Hay, como en todos los libros de Muslip, un humor que se afloja por medio de la trivialidad, de la afinidad que crea la anécdota o que restablece la atmósfera del recuerdo. Cuando los tíos “presentan” a un perro pequinés, ni la abuela ni el nieto que lee en el living se inmutan. Sin embargo, quedan registradas la escena y el personaje: “El tenía actitudes impacientes, le gustaba estar con gente pero lo cansaba la vida familiar”. Exasperado por el volumen de la radio, el pequinés se refugia con la abuela inmigrante y el nieto, demasiado chico para jugar con los grandes como ya mayor para soportar a los primos más pequeños.

El pequinés resulta ser la versión antipática del perro adorado por el abuelo (aunque no tanto por la mujer). Porque la novela también cuenta la formación de una sensibilidad atenta a las analogías, las semejanzas y diferencias, los quiebres de sentido que se hacen con un sentido que regresa. En ese registro, los inmigrantes como su abuela que viajaban como ganado de un país a otro se asemejan al ganado que por las rutas argentinas viaja al matadero: “Un viaje sacrificado para ir al sacrificio”.

Florentina es una historia de fantasmas que, antes de convertirse ellos mismos en espíritus, habían creído en demonios, en brujas y apariciones. Los espíritus podían provocar enfermedades y llevarse a los seres queridos. Para destrabar esa mitología funesta, una profesora de portugués le acerca una clave al narrador: “Cuando un espíritu le dicta a alguien, el elegido por el espíritu escribe de corrido. El que escribe lo hace con la letra del muerto que dicta”. Quizás porque la abuela que protagoniza la historia había sido una mujer de frases cortas y cortantes, quién sino el nieto que leía Las mil y una noches en un living de Barracas cambiará ese dictado por una narración fluida, mágica y perdurable.

 

Florentina, Eduardo Muslip. Blatt & Ríos, 140 págs.

 

Con información de la Revista Ñ


Más notas de Actualidad