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La intimidad de la distancia: una carta desde Miami

Por Patricia Engel*  Foto Esteban Vega La-Rotta.

Revista Arcadia

Escribir es poder ocupar múltiples identidades y países a la vez. Para poder habitar dentro de personajes y escenarios, escribir exige abandonar la mente práctica, aquella que nos permite funcionar en nuestras vidas diarias, atender las necesidades y obligaciones del trabajo y del hogar, y perderse en la mente libre que existe en el fondo de la mente práctica; aquella que no tiene fronteras ni reglas, que no pertenece a un país ni a un idioma, y que no obedece a ninguna dictadura de la mente, como sí ocurre con la mente práctica, que tiene que considerar normas y leyes para evitar el fracaso.

Un escritor aprende a manejar la mente libre, a recuperar ese espíritu de diversión sin temor ni vergüenza de ser juzgado o criticado, con la pericia de un niño. Hablo de este espacio en la mente libre porque es en este lugar en donde nace mi identidad como escritora y su existencia es independiente de nación, ciudadanía, género e intelectualismo. Es un espacio de puro ensueño, sin ambición, sin ego, sin expectativas; un lugar de emoción y compasión en donde me siento más a gusto y en donde me siento más cerca de los demás.

Palabra por palabra, empiezo a escribir desde mi ventanita en la mente. Desde aquí veo los países que forman parte de mi vida: Colombia y Estados Unidos. Veo las historias que forman la larga narrativa de mi familia, de cómo dejamos un país para empezar una vida totalmente desconocida en otro país. No hay absolutos. No se puede decir que Colombia sea una burbuja más que cualquier otro país. Cada país se pierde en su propia identidad, penas y sueños, y se siente único en el mundo. Y lo es. Todos los países son burbujas y ningún país es una burbuja. Pero me parece más preciso decir que, desde mi posición de observadora, como partícipe de varias culturas e identidades en las que me pierdo anónimamente como extranjera invisible, la burbuja soy yo.

El riesgo que corremos todos como personas, pueblos o un país es el de ser víctimas de nuestra propia miopía. Todos la tenemos. No lo podemos negar. Solo podemos ver con claridad hasta cierta distancia. Necesitamos esforzarnos para ver más lejos o en la oscuridad. He viajado a más de cuarenta países. He entendido que este aislamiento pasivo no es nada especial. Sin embargo, como escritora considero que mi trabajo exige superar esa miopía, atravesar esas distancias que no solamente son geográficas y culturales, sino las distancias que ocurren dentro de mí misma: los prejuicios. Utilizo mi vida y experiencias como punto de referencia universal, lo cual es injusto y egoísta. Escribir es un desafío, una lucha constante de reconciliación con mis defectos que a veces nacen del mismo privilegio de tener tiempo para pensar y sacar ideas en lugar de tener que salir a pescar mi propia comida.

Hoy escribo desde Miami en donde vivo la mayor parte del tiempo. Hoy veo a Colombia desde mi ventana, más allá del mar y del cielo gris y lluvioso. Veo a Colombia en los vientos que murmullan a través de mi ventana. Prendo la televisión o miro las noticias en papel o en internet y ahí está Colombia, en imágenes, analizada con palabras de otros escritores. El país se convierte en algo descrito, difundido y otra vez imaginado. ¿Esto es Colombia? ¿O es Colombia lo que veo y siento, y vivo solamente cuando aterrizo en uno de sus aeropuertos, presento mi pasaporte colombiano a los de la aduana y me dan la bienvenida?

A la vez, desde Miami esta tarde, el Nueva York de mi infancia queda igual de lejos que Colombia. A mi Nueva York la veo hoy solo en mi memoria y en conversaciones pasadas con la familia y las amistades que dejé allá. Hoy, más que nunca, lo cual es decir más que ayer pero probablemente menos que mañana, siento de nuevo que la burbuja no es Colombia ni otra parte del mundo. Una burbuja es algo frágil que se puede romper. Colombia, como cualquier otro lugar, está hecha de carne y hueso, de tierra, montañas, selvas y mares. Y sigue muy viva. Un mundo dentro de otro mundo.

Como profesora de Narrativa, hablo con mis estudiantes sobre cómo un lugar cambia dependiendo de su perspectiva y del ángulo desde donde lo observamos.

Personalmente, aunque dependo de mi imaginación, investigo y estudio mucho antes de sentarme a escribir sobre un tema o un lugar. Con esto en mente, la Colombia que escribo, que vivo, que tengo en mi mente cuando estoy lejos y que me acompaña en una tarde lluviosa como la de hoy, es únicamente mi Colombia, filtrada por mi burbujita de ideas e imaginación, nostalgia y arte. La comparto en mis libros porque un país no es algo fijo, como tampoco lo son la mente y el corazón que no saben contenerse dentro de barreras ni fronteras. El país vive a través de su gente, que lo ha llevado en fragmentos a todos los extremos del mundo, y vive por la tecnología, el globalismo, la inmigración por las esquinas de cada país. Escribo mi Colombia sabiendo muy bien que no es la misma Colombia de los demás. Esto es lo más perfecto que tiene el arte: lo mío se convierte en lo tuyo y lo tuyo en lo mío.

*Escritora colombo-estadounidense. Autora de Vida, un libro de relatos, y tres novelas.