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Ese encanto por los libros viejos

Por Carlo Retrepo   Foto Claudia Rubio

El Tiempo

Como sólidos troncos de madera sobrevivientes a un naufragio, las denominadas librerías de viejo subsisten vigorosas en medio de las adversidades de este mundo moderno, más obsesionado por lo digital y lo nuevo.

Y una de las razones para que estos santuarios repletos de verdaderas joyas impresas de literatura, poesía o ensayo jueguen un papel vital, no solo en Bogotá sino en las grandes capitales del mundo, es quizás su carácter de ser “guardianes de la memoria”.

Así lo cree Juan Manuel Salas, quien adquirió la tradicional librería Trilce, que reabrió sus puertas hace poco, luego de la muerte de su dueño, el recordado poeta y librero huilense Guillermo Martínez.

Allí, en pleno corazón de Chapinero, a dos cuadras de la iglesia de Lourdes, tenía Martínez su “refugio”, en donde solían reunirse varios intelectuales e investigadores que llegaban en busca de alguna rareza.

“Estos lugares, además de guardar la memoria, cumplen la función de transmitirla de un desconocido a otro desconocido”, dice Salas, recordado también por ser el alma de la desaparecida galería Mundo.

Por eso, cuando adquirió la librería de su amigo Guillermo, para Salas fue como encontrarse con un baúl lleno de tesoros. “Lo veo como una oportunidad porque yo sabía que a este espacio yo le podía aportar objetos, como fotografías históricas colombianas”, anota.

Y a pocas cuadras de Trilce, en la calle 67 con 11, está Quevedo: Libros y Antigüedades, otra de las librerías tradicionales del sector, junto con San Librario, unas calles al norte, en la calle 70 arriba de la Caracas.

“El encanto de estas librerías radica en atesorar ediciones que ya no se consiguen, con dedicatorias particulares o porque fueron de algún personaje muy famoso”, comenta a su turno Gabriel Corchuelo. Y bautizó Quevedo su librería en honor al español Francisco de Quevedo.

Este bogotano cumplirá, en el 2018, 40 años en un oficio que aprendió cuando terminó el bachillerato, gracias a su padre, que estaba al frente de la librería de la Academia de Historia.

“Mi primer mandado fue cuando mi papá me pidió que le llevara el libro Soatá, de Cayo Leonidas Peñuela, a don Eduardo Caballero Calderón. Recuerdo que él me atendió muy bien y me dio una propina”, comenta Corchuelo.

Junto a Trilce y Quevedo se unen otras librerías clásicas en este mundo de las publicaciones antiguas o de segunda, como El Dinosaurio, en el barrio Palermo, o Merlín, en el centro capitalino, entre otras.

Algunas se han especializado en temas: poesía, literatura colombiana del siglo XIX, primeras ediciones del ‘Boom’ latinoamericano, rarezas históricas y hasta incunables. Pero además, acorde con los nuevos tiempos, es posible encontrar discos de colección de jazz o música culta y hasta mapas extraños.