Revista Pijao
Por Armero aún doblan las campanas
Por Armero aún doblan las campanas

Por Germán Santamaría   Foto Crédito: Archivo Semana

Revista Arcadia

Bajo el sol abrasador, desde las montañas sobre el cañón del río Lagunilla, Armero brillaba fulgurante en el plan del río Magdalena, con sus techos de zinc luminosos y la cúpula impasible de su iglesia predestinada para una tragedia. Así la veíamos cuando veníamos del Líbano, el pueblo cafetero enclavado en un valle de las laderas del nevado del Ruiz. Al mirar Armero, nos atropellaba el vapor de la tierra caliente, extendida sobre las plantaciones de algodón, arroz y sorgo, en haciendas de nombres coloniales. Pero eso era en los días mucho anteriores a la desgracia.

Porque, de pronto, el día de la desgracia, el helicóptero sobrevoló Mariquita, y cuando después pasó sobre el río Sabandija, lo que vimos fue un horizonte vasto y limpio, como una playa inmensa, una planicie de arenas cenizas. Eran las 6:40 de aquel jueves de noviembre y el helicóptero contratado a la madrugada por el diario El Tiempo trazó un amplio círculo sobre esta planicie y pudimos ver abajo una superficie ajedrezada y una terraza de cemento rectangular y hacia allí se dirigió para aterrizar. Se posó sobre lo que era la plancha final del hospital, durante muchos años regido por monjas de almidonadas tocas. Cuando se abrió la puerta bajo las aspas rugientes, no tropezamos con una bocanada de calor sino con una brisa que helaba, y con un viento que soplaba con la fuerza yerta de los páramos andinos.

Bajamos para comprobar que del hospital solo quedaba esa terraza, porque alrededor era un tremedal de lodo, y un poco más allá la vista ajedrezada que se observaba desde la altura era el suelo físico del pueblo, los pisos de baldosines o azulejos coloreados de las casas, que se usaban así para soportar un poco el ardiente calor en todas las épocas del año. Entendimos una verdad aterradora en ese instante de noviembre: Armero había sido borrado del mapa, literalmente, el pueblo había sido arrancado de cuajo, rebanado de la Tierra, como se puede cortar o destajar con un cuchillo una presa de carne. Al otear en los ángulos del horizonte, abajo, el inmenso playón de arena ceniza y arriba, el cielo nublado, espeso y negro, con ese peso sombrío sobre la cordillera central, para arropar la cumbre máxima y en ese momento asesina: el volcán nevado del Ruiz.

Y allí, entre el viento y el helaje, empezamos a ver cómo de aquel lodazal salían los primeros cuerpos desnudos. De entre la empalizada, de los charcos, primero emergían las cabezas y después las manos y al final los cuerpos completos, cubiertos de barro y de sangre. Sus voces, sus lamentos, su mirada, sus manos pedían el socorro para salir de allí. Entonces, piloto, fotógrafo y reportero tendieron las primeras manos a aquellos seres que llevaban más de media noche entre el playón y el pantano, que era lo único que había quedado de la llamada ciudad blanca de Colombia, por el esplendor de sus algodonales, el pueblo donde vendían el fruto del mamey a la orilla de la calle central, donde pitaba todas las tardes la locomotora del tren de vapor que venía de La Dorada y que iba para Ibagué; el Armero que había sido el refugio para los huidos de la Violencia grande que había asolado toda la cordillera vecina, pero que tal vez había sido marcado por el destino, por el asesinato del cura del pueblo.

En ese momento, a las 6:40 de la mañana, todavía ni Colombia ni el mundo conocían la magnitud de la tragedia. Se ignoraba que la noche anterior el final había empezado hacia las 7:00 de la noche. Primero se desplomó una lluvia torrencial, un aguacero tropical que se convirtió en borrasca. Cesó de pronto, la noche se cerró por completo, todo se quedó quieto y hacia las 9:30 empezó una lluvia muy menuda de ceniza. Cuando esta se hizo más espesa, el alcalde de Armero, el intelectual y gestor cultural Ramón Rodríguez, trató de comunicarse con el gobernador del Tolima en Ibagué. Al no encontrar respuesta, salió a recorrer la calle principal y en ese momento se escuchó el último toque de las campanas de Armero. Después se difundió la versión de que el párroco de ese momento, personalmente, con las manos las había tocado para de inmediato abandonar el pueblo. Entre el clamor de las campanas y la lluvia de ceniza que se hacía cada vez más espesa, Ramón Rodríguez empezó a gritar por las calles para ordenar la evacuación masiva del pueblo, pero como nadie lo escuchaba regresó a la alcaldía para dirigirse por el amplificador de voz del palacio municipal. Siete semanas antes, Ramón Rodríguez había estado visitándonos en la redacción del periódico para contarnos que “una bomba de tiempo estaba que estallaba sobre Armero”. Lo contó y lo publicamos: que un derrumbe gigantesco de tierra y de rocas que se había convertido en un embalse o represa en el cañón del rio Lagunilla y que el día que reventara esa represa artificial, una avalancha iba a destruir por completo a Armero.

Pero Ramón Rodríguez aquella noche apenas alcanzó a hablar un instante por el megáfono. En ese momento se fue la luz. Cesó de repente la lluvia de ceniza. Y de golpe, sobre el filo de las 11:00 de la noche, todos escucharon un rugido lejano. Inmenso y alto. Como si fuera el estruendo de aviones a reacción, la explosión de sus turbinas. El estruendo se fue acercando como una marabunta y el pánico recorrió el pueblo, cuyos 25.000 habitantes se lanzaron a las calles huyendo hacia adelante. Pero la bombada de agua lodo y rocas ya había reventado en la curva del Lagunilla, en la cabecera del pueblo, y se abalanzaba sobre el lugar como la lava del Vesubio se había precipitado sobre Pompeya, más de 2000 años atrás. Era el final no de la última noche sino del último día de Armero.

Apenas 15 o 20 años antes, habíamos recorrido muchas veces sus calles. Viniendo del Líbano, el paso del puente sobre el río Lagunilla y abajo, el torrente estrepitoso. La estación de Rápido Tolima, afuera la venta de olorosos frutos de mamey y la calle larga, que pasaba por el parque de samanes y la iglesia de torres blancas. La plaza de mercado, de quioscos apretados, como un bazar árabe, donde una tarde vimos en una carnicería a un hombre manco con un cuchillo en su única mano apuñalar a otro para cobrar una deuda de la Violencia en la cordillera. También un acuario en una dentistería, de bailarinas rojas y negras, los talleres de tractores y los grandes remolques que transportaban las voluminosas pacas de algodón. Una heladería como un oasis entre el calor sofocante, un gran almacén de telas de comerciantes del otro Líbano, el de oriente. Una muchacha de falda de lino floreada y firmes senos, que seguramente murió en la avalancha pero que aún nos dice en la memoria que nos ama y nos espera. Sus dos cines, el Colombia y el otro, aquel sin techo, donde una noche no alcanzamos a ver el duelo final del gran western A la hora señalada, porque se precipitó también un torrencial aguacero, la gente salió corriendo, y el operador apagó la máquina de proyección y también salió corriendo. Y más abajo, por entre las casas de hormigón y techos de zinc, la estación del tren. Ese tren a vapor que aún escuchamos pitar, aquí en la memoria, y que a las 4:10 de la tarde abordábamos los domingos para viajar hacia Ibagué, cuando veníamos del Líbano. El tren que avanzaba por entre arboledas de matarratones y algodonales, que pasaba por entre las casonas de grandes haciendas como El Triunfo o Pajonales, que bordeaba el río Magdalena en Ambalema y que atravesaba el plan del Tolima entre llamaradas y bocanadas de vapor. Después sabríamos que aquellos viajes en el tren de Armero eran como una travesía por una novela de William Faulkner, a través de las esclavistas mansiones y plantaciones de algodón del Mississippi, todo aquello que, igual, también después el viento se llevó. Pero estas son apenas algunas postales en la memoria del Armero vivo…

Ahora estábamos allí, en su batalla entre la vida y la muerte. Esa noche había sucedido todo. La avalancha o bombada alcanzó los 30 metros de altura. Las tractomulas para transportar algodón navegaron como juguetes en las cresta de la ola. Una gigantesca piedra, equivalente a un edificio de cinco pisos, llegó desde la cordillera rodando como una bola de billar, trituró todo a su paso y se detuvo y se posó para siempre sobre lo que era la estación de policía de Armero. Otra ola menor, pero no menor a 10 metros de altura, se dirigió al hospital rumbo a Mariquita, y persiguió durante 3 kilómetros al arrocero Diego Uribe Londoño, que huía en una camioneta destapada acelerando a lo que más podía por entre la multitud en estampida, y uno de estos fugitivos le alcanzó a lanzar a un niño sobre el platón de la camioneta. Atrás quedaba el gerente del Banco de Colombia, que al escuchar la avalancha, empuñó su revólver, y se abalanzó a abrir la caja fuerte del banco para protegerse allí con sus tres hijas. Algunos alcanzaron a llegar a la colina del cementerio y allí se salvaron en compañía de los muertos del pueblo. Un borracho que llegó perdido a las 9:00 de la noche a su pieza en el barrio de tolerancia solo se despertó al día siguiente a las 8:00 de la mañana, y cuando abrió la puerta, todo el pueblo había desaparecido, menos su habitación.

En esa noche, el horror de la naturaleza desatada cabalgó como quiso por las calles y casas de Armero. De un tajo, 20.000 personas, o menos o más, la cifra es una crueldad más, enfrentaron su final en esa última noche de Armero. Pero como dijo el gran escritor Germán Arciniegas, esa noche allí en Armero existió un ser humano que alcanzó a sobrevivir casi 72 horas más para dejar su memoria en el mundo, como la gran testigo y el único rostro y la única voz de todos los muertos de Armero. Un testigo que no tuvo la Pompeya del Vesubio, como lo precisó el propio Germán Arciniegas en memorable texto sobre la gran tragedia del Tolima.

Se llamó Omayra Sánchez. Aún es famosa en casi todo el mundo, pero sobre todo en países como España, Francia o Japón, donde escuelas llevan su nombre y donde la prensa la ha llegado a ubicar entre los 50 personajes más importantes del siglo XX y donde se debate aún si la prensa global puede o no utilizar, desde la ética contemporánea, su tragedia como un hecho de validez periodístico. Unos pocos tuvimos la desgracia de presenciar su valor y su agonía.

Fue a las 5:00 de la tarde de ese jueves. Ya había pasado todo en lo poco que restaba de la noche y el infinito amanecer del miércoles y también había pasado ese jueves nublado con más de 20 helicópteros que sobrevolaban el planchón de arena y todo Colombia y el mundo ya se habían enterado y asombrado por la magnitud de la tragedia, y había pasado también otra larga noche y el viernes había amanecido ardiente de nuevo y el sol implacable caía sobre el valle donde había existido Armero. Habían pasado dos noches y dos días y ella estaba ahí.

Serena y apacible. Cobriza, tolimense del llano mestizo, el dolor, esas casi 48 horas de infame sufrimiento no habían podido borrar la impetuosa alegría de las colegialas provincianas, a sus escasos 13 años. Pero los ojos, esa mirada... no podían mentir: todo el dolor se empozaba allí, en su cuerpo frágil bajo las losas de cemento, entre aquella laguna repleta de granos de café, rodeada de un horizonte de escombros, emergiendo de su casa que fue su breve y única morada en este mundo, pero entre los cuales yacían varios de sus familiares más próximos.

El resto es sabido y es casi infame repetirlo. Sería pornografía del dolor. Que cantó, que no lloraba, que hablaba de su madre que había viajado a Bogotá y que también hablaba de las tareas que tenía que preparar para el día siguiente. La sostenían de los brazos un socorrista de la Cruz Roja y un curtido sargento de la Policía, para que no se hundiera entre el pantano de lodo y pepas de café.

Atardecía y los dos hombres dijeron que se requería una motobomba para sacar el agua del tremedal que la cercaba. Entonces, el helicóptero se elevó hacia Bogotá y en aquella noche mientras se escribía para la edición del periódico su historia, el subdirector por entonces de El Tiempo, Juan Manuel Santos Calderón, buscaba esa motobomba poderosa en los almacenes de maquinaria agrícola de la zona de Paloquemao en Bogotá.

Como todas las noches, era necesario desnudarse en el garaje para no entrar a la casa con la ropa llena de barro y de sangre, y después la larga espera hasta que comenzara el amanecer… viendo la niña hija de uno, también morena y tolimense, allí apacible y dormida, y pensando en la otra, que estaba allá sola entre el barro, en su valerosa agonía, con solo el cielo oscuro arriba y todo el lodo abajo.

El helicóptero aterrizó de nuevo en la colina, cuando apenas había amanecido. Ya la rodeaban entre el lodazal periodistas, policías, socorristas. Ya su rostro había recorrido todo el mundo. Pero la motobomba y aquellos hombres y la atención de la humanidad entera fue algo muy pequeño, inútil. Era como sacar agua del mar, donde jamás se hallará el fondo del abismo.

Hacia las 9:30 de la mañana de aquel sábado sucedió todo. Aquellos hombres curtidos lloraron. Y el último la soltó y ella se hundió y apenas se dibujó una burbujita entre el pantano, el lodazal con tantos granos de café. Se fue. Como se va la vida, sin importar que se tenga 13 años. Se fue con todo el valor y la dignidad del mundo, destruida pero jamás derrotada, como los personajes adultos y duros en las valientes historias de Ernest Hemingway. O, mejor, como la doncella que camina impasible hacia el altar del sacrificio, en la gran tragedia griega.

Ella y tantas otras historias de seres humanos valientes allí en Armero. Como la otra niña, Consuelo, allí en fondo de un socavón abierto en la entraña de la que también fue su morada. Y ese otro niño cuya resurrección también recorrió el mundo entero porque se levantó del lodo ya seco cuando las aspas del helicóptero levantaron el polvo de la tragedia, y sus manos anhelantes se dirigieron hacia la cámara del fotógrafo Jorge Parga, que lo captaba desde la máquina en vuelo rasante. O aquella otra mujer, espigada, hermosa, con la desnudez de una venus del barro, que emergió también de entre el lodazal, pero de la cual nunca se supo su nombre.

Pero la inmensa mayoría fueron muertos sin nombre. Como aquellos fantasmas blancos e hinchados que vimos en el fondo, más allá de la última colina, cerca de donde amaneció con su revólver en la mano el gerente del Banco, que intentó entrar con su familia a la caja fuerte. La avalancha le arrebató las hijas pero él mantuvo firme el arma. Durante dos días disparó contra varios de los reptiles que le asediaban y que habían escapado del famoso serpentario de Armero. Había guardado para sí mismo la última bala, pero fue encontrado también hacia el atardecer del viernes.

En el atardecer de aquel sábado, al tercer día de la tragedia, por fin las nubes se abrieron sobre el llano y la cordillera. Entonces apareció arriba la cumbre del volcán nevado del Ruiz, solo blanco en su techo y con sus rocosas y escurridas laderas de hielo brillando hacia lo más profundo del Tolima. Y su fumarola, ahora delgada, se levantaba primero recta pero después viraba rumbo hacia las otros picos que lo acompañan en estas cumbres, como el nevado del Cisne, el Santa Isabel y el cono más perfecto de Colombia, el nevado del Tolima. Era como si la línea de cumbres de los Andes se asomaran a mirar hacia abajo, hacia el plan donde existió Armero.

Pero en esa planicie el mundo había cambiado para siempre.

Volvimos varias veces, durante semanas o días, y vimos muchas cosas allí, incluso vimos llorar a un papa, Juan Pablo II, cuando se arrodilló bajo una gigantesca cruz de hormigón. La última vez que estuvimos fue el siguiente 13 de noviembre, cuando se cumplió el año exacto de la tragedia. Fue una noche hermosa, casi mágica. Entonces no había nubes, ni cenizas, ni aguacero, sino una luna doble, cuyo resplandor lo iluminaba todo. A las 11:00 de la noche, la trasparencia era tal que se podía caminar sin ayuda alguna por entre aquel cementerio sin muertos, porque muchísimas familias pusieron lápidas y cruces en los sitios donde calculaban que estaban situadas las casas de los suyos muertos en la tragedia.

Leímos con avidez nombres de muertos, cuya vida y dolor nos eran desconocidos y ajenos pero íntimos y queridos en nuestra memoria humana. Ramón Rodríguez. Emma Pérez. Salvador Castellanos. Julian Guarnizo. Sofía Pedregosa. Tantos. Tantos. El resplandor de la luna bañaba sus tumbas simbólicas y era muy doloroso pensar en por qué tanta maldad o fuerza oscura de la naturaleza se había ensañado en el valle del pueblo de Armero.

Al fondo, más allá de la cruz del papa, por primera vez volvimos al lugarcito del mundo donde yacía Omayra Sánchez. Seis meses atrás, con mis hijas, hicimos una bandera blanca y escribimos el nombre de Omayra con la mancha de la pepa de aguacate, porque es eterna y viene de la Tierra, y las mandamos colocar con alguien allí y un año después apareció la foto de la tumba y su bandera en la portada de la revista dominical de The New York Times, con un gran artículo sobre la tragedia de Armero. Y esta noche la bandera blanca también se abatía victoriosa agitada por el viento, nítida en el resplandor de la luna. Estaba levantada sobre el promontorio de placas de acción de amor filial y de gratitud que peregrinos le solían llevar y aún le llevan a su tumba.

Y también esa noche mágica de silencio y dolor seguimos nuestro trasegar por aquel cementerio sin muertos, siempre bajo la apacible luz de la luna llena. Y llegamos hasta donde quedaba el hospital. Habían cavado en parte hasta del primer piso. Y allí encontramos dos cosas igualmente casi mágicas en aquel escenario de recuerdo y martirio. Apenas tocado por el barro, el último directorio de Armero, apenas un cuadernillo de 87 páginas, blancas y amarillas, con todos los nombres y teléfonos de las personas y establecimientos de Armero, desde los Sánchez Bonnet y los Murat hasta los Fernández Carrera, y de la Farmacia Especial hasta la heladería Glacial. La memoria perfecta, de cuando allí todos los seres y las cosas estaban vivos.

Y no lejos del hospital, tal vez donde estuvo un juzgado, encontramos entre el lodo seco una máquina de escribir que conservamos como una reliquia. Una Remington portátil, aún con su color negro perfecto y con la cinta al carbón intacta. Intacta es intacta, casi con la humedad de la tinta. Daría mucha emoción llevarla a un laboratorio para analizarla y saber qué fue lo último que alguien escribió en ella, tal vez una tarea escolar, tal vez una carta de amor, o la descripción de un asesinato…

Han pasado 30 años. Nos volvimos viejos. Pero no ahora, sino desde entonces. Porque los que estuvimos allí y vimos y sentimos lo que vimos y sentimos, de repente, y desde esa experiencia aterradora pero enriquecedora, porque fue verle de muy cerca la cara a la vida y a la muerte, nos sentimos desde ese momento y para siempre más viejos, mucho más viejos, pero un poquito sabios y sobre todo más humildes.

Treinta años después, y como en las pestes de tiempos medievales, es un viernes este 13 de noviembre del año del Señor de 2015 —de ese Señor del cual descreímos y renegamos en aquellos días porque no vimos su piedad ante tanto sacrificio humano—, y quizá sea una noche cerrada y tormentosa como lo fue aquella, o tan serena y luminosa bajo la luz de la luna como lo fue en su primer aniversario. Pero ya no estaremos allí, porque todos estamos muy lejos, en esta ocasión a la distancia de un océano, pero no importa porque esos muertos los llevamos en la memoria, como sus familias los sienten y aún los aman, y todas las campanas de Colombia y el mundo, como reclamó el poeta John Donne, siguen doblando por ellos y por nosotros, porque no solo se murieron ellos, también se murió parte de todos nosotros. De Colombia y de la humanidad entera.

*Lisboa, Portugal, noviembre de 2015.


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