Revista Pijao
Hogares del Himalaya con 'muchos hombres'
Hogares del Himalaya con 'muchos hombres'

Por Ricardo Coler

Dolma tiene cuatro maridos y vive con los cuatro en la misma casa. Un ejemplo para todas las mujeres que prefieren no quedar atadas a un solo hombre y optar así por una vida más entretenida. La situación ideal para ser la reina del hogar con un hombre que la escuche, otro que le dé seguridad, un tercero que la sorprenda y por supuesto, un cuarto con quien divertirse.

Dolma tiene un dormitorio para ella sola y una agenda en la que anota el día de la semana que le corresponde a cada uno de sus compañeros. Por la noche y para que no haya malentendidos, el consorte que duerme con ella deja sus zapatos a la entrada del cuarto.

Mientras converso con sus maridos y me cuentan los entretelones de la casa, Dolma prepara algo parecido a un té. Cada tanto, cuando oye algún comentario, se da vuelta y nos mira.

Estoy sentado en una sala que funciona como cocina comedor en el campo de refugiados tibetanos de la región de Cachemira, provincia de Ladakh, India. En el Himalaya, la cadena montañosa más alta del mundo. Es una zona en conflicto. Por eso, antes de llegar, tuve un problema con un grupo de soldados indios alterados por los últimos incidentes con Pakistán. Me pidieron el pasaporte y cuando vieron que era argentino noté que les costaba decidir si eso era bueno o malo. Cerré los ojos y en silencio rogué que no me lo preguntaran a mí. Es una duda que hace mucho no puedo resolver.

 

En el hogar de Dolma y sus cuatro maridos nada de eso parece importante. Ella no es la única que tiene varios hombres. Su vecina tiene dos, a la vuelta una jovencita, tres, y calle abajo hay una señora con cuatro. En esta zona la poliandria es algo frecuente, una costumbre. Es una comunidad de tres mil familias en el barrio de refugiados tibetanos.

Les pregunto si compartir la mujer no les resulta problemático.

–Somos un equipo –me contesta el mayor.

–Es una mujer seria, no como otras que andan por ahí –agrega otro de sus hombres.

Antes de iniciar el viaje para conocer a Dolma, me preparé para encontrarme con alguien poco tradicional. Me equivoqué. A medida que pasan las horas, después de que me sirven el sexto té y me insisten con las mismas galletitas –es de mala educación rechazar– me doy cuenta de que en realidad es un hogar como cualquier otro.

En un costado de la mesa dos de los hijos menores se sientan para hacer los deberes supervisados por uno de los padres. Otro de los maridos se acomoda en el piso para reparar una silla. Dolma está atenta a que los chicos no se vayan desabrigados o sin merendar.

Es una tarde agradable, fresca pero luminosa. Por la ventana se ven las montañas. Apenas llegué preferí quedarme en Leh, la ciudad más importante de la zona. Necesitaba acostumbrarme a la altura, me costaba respirar, sentía que me faltaba el aire. En esos días conocí a varios hijos de madres con muchos maridos que, ya crecidos, abandonaron la casa de sus múltiples padres y su única madre. Todos trabajaban y habían formado nuevas familias. Cuando les preguntaba por la infancia siempre me hablaron con cariño de su madre y sus padres.

Dolma apaga el fuego y se limpia las manos con el delantal. Me llama y me pregunta si puedo acompañarla a la casa de una amiga. Hay varias bolsas para cargar.

En el camino hablamos del tiempo, de cómo es vivir en esta región. Ella va llevando la conversación y me pregunta sobre mi familia. Le contesto. Se queda callada unos minutos y me dice: –¿Sabes qué creo?

–No, no tengo idea, Dolma.

–Que en realidad vos y todos los que son como vos son unos irresponsables.

No puede ser, venir hasta el Himalaya para escuchar eso, me hubiera quedado en mi casa. Después entiendo que cuando dice “todos los que son como vos”, se refiere a los occidentales. Igual me sorprende. Ella vive con cuatro hombres y resulta que “todos los que son como yo” somos los irresponsables.

– ¿Y por qué somos unos irresponsables? –le pregunto.

–Porque las mujeres de “ustedes” tienen un solo marido.

Es una ocasión perfecta para una exposición sobre las diferencias culturales y el respeto que se deben entre ellas. Ella vive de una manera, “los que son como yo” vivimos de otra. Cada cual con lo suyo y en paz.

Dolma niega con la cabeza.

–Una buena madre debe darles a sus hijos al menos cuatro padres. De esa manera siempre habrá un hombre en la casa, cuatro entradas de dinero, serán más para proteger el hogar y difícilmente los hijos se queden huérfanos de padre. Casarse con un solo hombre es de mala madre.

No tiene razón y no voy a quedarme callado. El problema es que no sé cómo contestarle. La familia de Dolma y las de las otras mujeres poliándricas parecen más sólidas que las nuestras. Se llevan bien, están juntos y difícilmente se separen. Había conocido a los hijos y, para ser sincero, se los veía mejor encaminados y más contentos con sus padres que la mayoría de nuestros jóvenes. Y la verdad es que es cierto que cuatro hombres trabajando juntos sostienen el hogar de manera más eficaz. ¿Entonces? Sólo me queda la razón moral que, ante la evidencia, de poco me serviría.

Las noches en el Himalaya son particularmente frías. Como alquilo un cuarto sin calefacción y se empieza a sentir el invierno, ceno temprano una decena de momos en el Summer Harvest –se lo recomiendo a todos los que vayan a pasar unos días al Himalaya–. A las ocho de la noche ya estoy en la cama y no me levanto hasta que a la mañana siguiente salga el sol. Dejo cerca una linterna, un libro y una libreta con un lápiz. Me pongo un gorro y me cubro con cuatro frazadas y una campera. Cuando oscurece, sacar una mano para dar vuelta la página es un acto de arrojo así que entre que me acuesto y me quedo dormido pasan alrededor de dos horas en las que lo único que puedo hacer es recordar lo que viví durante el día.

Voy a tratar de pensar sin prejuicios, algo fácil de decir y sumamente difícil de hacer. ¿Puedo comparar a Dolma con las mujeres de nuestra cultura? Me refiero a las que mantienen varias relaciones al mismo tiempo: marido y amante, dos novios, distintas relaciones informales. Dolma arma en su cuarto una alianza, su principal objetivo es su familia. ¿Funciona? Evidentemente sí. Son relaciones mucho más duraderas que las nuestras. Las mujeres que conocemos, en cambio, van en busca de otra cosa. Amor, erotismo, sentirse atractivas, queridas por un hombre o cualquiera de las múltiples razones que tanto nosotros y a veces ellas mismas ignoramos. Lo que es seguro es que no están tratando de armar un hogar con todos los protagonistas juntos y de manera oficial. ¿Sería entonces un sistema recomendable? Si la única función del hombre fuera perpetuar la especie, las familias como las de Dolma cumplirían perfectamente con el ciclo de nacer, crecer y reproducirse. Pero por suerte somos un poco más complejos que los efectos de nuestros neurotransmisores y el resultado de nuestra biología.

En la mayoría de las familias poliándricas se nota el cariño entre ellos, hay mucha conciencia de grupo y la mujer suele ser la reina de la casa. Pero es un afecto diferente, como una hermandad. Ni Dolma ni ninguno de sus maridos pretenden tener una relación amorosa. Al menos no la del amor moderno, el de la pareja que se quiere y se lleva más o menos bien. Eso marcaría una preferencia y desestabilizaría los vínculos. Ni siquiera con cuatro maridos puede evitar que algo siempre se pierda, no puede evitar que la vida sea una sábana corta.

 

Ricardo Coler es médico y autor, entre otros, de “El reino de las mujeres” y de “A corazón abierto”

 

Con información de la Revista Ñ (Ar)


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