Crónicas

Los perros de Capri (III): el mar en miniatura

Por Jorge Carrión

The New York Times (Es)

En “Entre las ruinas”, su crónica sobre Capri, el mitómano, viajero y narcisista escritor británico Bruce Chatwin recuerda que en “la isla de las cabras” construyeron sus casas al borde de sendos acantilados “tres narcisistas”: Axel Munthe, el barón Jacques Adelswärd-Fersen y Curzio Malaparte. En esa brillante crónica de viaje, en que resume la biografía de los tres personajes mientras recorre sus escenarios (y que puede leerse como un autorretrato en espejo cóncavo por su interés por lo extraordinario y el ego desbordado), Chatwin menciona el libro de Malaparte Donna como me (1940), “una serie de fantasías autobiográficas con títulos como Una mujer como yo o Un perro como yo”. No hay duda de que la casa selfi fue también una fantasía trans, pero con vocación de testamento o sarcófago. No en vano escribió sobre Mussolini: “Muss, gran imbécil adorado, cadáver como yo”.

La Casa come Me va quedando atrás, pero siguen a mi lado los acantilados y los pinos, en esta anfibia Via Tragara que se abisma por momentos, pero que jamás pierde la urbanidad, la elegancia, pues al fin y al cabo bordea fincas privadas, carísimas, en uno de los centros mundiales del turismo pijo. Tras dejar abajo el antiguo puerto de Tragara —una playita con tumbonas y parasoles—, protegido por esas grandes moles erosionadas —viejos dioses en coma— que el mapa llama Faraglioni, me encuentro con otro de los edificios icónicos de Capri: el hotel Punta Tragara. Desde 1973 ofrece vistas privilegiadas desde sus terrazas y sus piscina, con un martini en una mano y una ostra en la otra; pero durante el medio siglo anterior fue una villa privada, que en la época de La piel alojó a los generales Dwight Eisenhower y Mark Clark, y al presidente Winston Churchill.

Trescientos metros más adelante, ya casi en el pueblo que abandoné hace cerca de tres horas, me detengo en el número 14 para espiar, tan discreta, la Casetta di Arturo donde pasó unos meses Pablo Neruda. Ninguna placa lo recuerda en la fachada, para que no se concentren los turistas, pero el cronista de viajes sabe que su obligación es ver lo que otros no vieron, de modo que ante la ausencia de respuesta en el interfono, escalo como una cabra caprese y miro.

Miro la escalera que desciende por el barranco y, sombreados por una gran encina, el patio y la casa que Edwin Cerio —patriarca de la familia más poderosa de la isla— prestó al poeta y a su nueva pareja, Matilde Urrutia. La invitación llegó como agua de mayo. Estamos en 1952 y, por presión de la dictadura chilena, el Ministerio del Interior de Italia ha emitido una orden de expulsión inmediata. Pero un grupo de intelectuales intercede y logra que la orden sea suspendida. Entonces: un telegrama, una invitación a pasar el invierno y la primavera en Capri. En lugar de ir con su mujer, Delia del Carril, lo hace con su amante. Lo que antes se llamaba su musa: gracias a ella escribió algunos versos memorables en Las uvas y el viento y Los versos del Capitán (“entonces al fondo de tú y al fondo de yo / descubrimos que estábamos ciegos / adentro de un pozo que ardía con nuestras tinieblas”); y por culpa de ella publicó otros que dan un poco de vergüenza ajena (“y luego en la miel oceánica navega la estatua de proa, / desnuda, enlazada por el incitante ciclón masculino”).

Neruda vivió en Capri una vida humilde en una casa humilde, impropia: una vida de aceitunas y vino, de odas elementales. Aunque política y artísticamente Malaparte y él sean antagónicos, me doy cuenta ahora de que interior de la Villa Malaparte, tal como se ve en las fotos y en las secuencias de La piel y de El desprecio, se parece muchísimo al interior de las casas de Neruda con vistas al mar: la de Valparaíso y sobre todo la de Isla Negra. La crónica de viaje tiende hacia la unidad aristotélica (de acción, de espacio y de tiempo), de modo que no abriré aquí una larga digresión sobre aquel viaje que, desde su torre en Santiago de Chile, me llevó a las tres casas de Neruda, a sus tres museos de coleccionista estrambótico, a sus tres arquitecturas poéticas. Pero las tres las imagino perfectamente en Capri, por ejemplo en la punta de Massullo.

Seguí paseando por Capri después de espiar la casa adúltera de Neruda; leí y escribí mientras comía en un restaurante cercano a la casa de Yourcenar; visité el Centro Caprense Ignazio Cerio (recuerdo sobre todo los esqueletos de cabras); regresé a Nápoles y regresé a mi casa. Y seguí leyendo a Malaparte y sobre Malaparte, a los perros de Capri y sobre los perros de Capri. Y mirando películas y navegando por pantallas: uno nunca sabe cuándo empieza ni cuándo acaba una crónica.

Cuenta Malaparte en Diario de un extranjero en París que de niño era débil, enfermizo, alguien dominado por la imaginación. El hogar familiar se encontraba en la Via Magnolfi de Prato, el pueblo donde se crió: “A los dos años, quité un ladrillo del suelo de mi habitación y, viendo que debajo había arena, pensé que aquella arena era el mar. Me pasaba horas con el oído pegado a aquella arena, para escuchar el mar, la voz del mar”. Su padre le regaló una caracola y él construyó su propio mar en aquella habitación infantil con juguetes extraños. Se pasó la vida imaginando islas y cuando quiso darse cuenta él mismo era un volcán rodeado de desiertos.

El desprecio es cine sobre el cine: una construcción en abismo. Narra en segundo plano cómo Fritz Lang —que se interpreta a sí mismo— rueda en Cinecittà y en Capri una adaptación de La Odisea de Homero. Entre planos de estatuas griegas,  la tragedia de Penélope y Ulises la encarnan el personaje de Brigitte Bardot, rubia o morena según el momento de la película, y el de su pareja Michel Piccoli, dramaturgo que recibe el encargo de reescribir el guión, que no satisface al arrogante productor americano que la financia. La Villa Malaparte es en la ficción la mansión que acoge toda su arrogancia. Y en la ficción dentro de la ficción, en el rodaje que tiene lugar en su azotea, el cine y el amor son entregados en holocausto a los dioses antiguos, porque las escaleras en tecnicolor de la casa conducen a un gran altar que se prolonga en el horizonte azul.

Alberto Moravia, quien trabajó para Malaparte en La Stampa antes de la guerra y vivió en Capri con su esposa Elsa Morante, se divorció de ella al mismo tiempo que escribía El desprecio. Cuando Godard preparaba y ejecutaba la adaptación cinematográfica de esa novela, sufrió la crisis sentimental que lo llevaría al divorcio de la actriz Anna Karina y la crisis ideológica que lo volvió maoísta. Son los mismos años en que se fragua la última voluntad de Malaparte, fallecido en 1957, que donó su casa a la República Popular China, porque después del fascismo y antes de la muerte, todavía tuvo tiempo de idolatrar a Stalin y a Mao Zedong y de pedir —en los ciento veinte días de su agonía— que el Papa Pío XII fuera a visitarle a su habitación de moribundo. En el hospital recibió un mensaje del alcalde de Capri: la isla se reconciliaba con él, aunque él hubiera preferido que la despedida la firmaran sus perros.

Varias semanas después de regresar termino de leer Malaparte. Vidas y leyendas, la completísima biografía de Maurizio Serra. En el epílogo dice que cuando él visitó la villa en junio de 2010 conoció a una perrita, Luna, “aún asustadiza a causa de los malos tratos recibidos antes de llegar aquí, que se ofrece con cautela a nuestras caricias y prefiere ir a hurgar a un recinto de hierba, en el que Malaparte había creado un cementerio canino”. Menciona también a Alessia y Niccolò Rositani Suckert, que gestionan la casa. Busco en vano sus emails en la red, sus perfiles en Facebook. ¿A quién más menciona Serra?: una pianista, un finlandés, una mexicana. La busco en Messenger. La encuentro. Es la profesora Maya Segarra Lagunes. La contacto. Me responde.

Me responde que prefiere no opinar sobre la casa. Le digo que no quiero opiniones, sino hechos. Al cabo de dos días me da su correo electrónico y me dice que la propietaria de la villa, Alessia Rositani, y ella misma responderá a mis preguntas por e-mail. Tardan un mes en contestar, pero la espera merece la pena.

“Desde el primer momento, mi relación con la casa fue de profundo respeto y admiración; pero al mismo tiempo de obstinada fascinación por conocerla y comprenderla en cada uno de sus detalles, en cada una de sus soluciones”, me escribe Segarra Lagunes: “El objetivo es, en el futuro, seguir investigando sus secretos, para comprender a fondo el por qué de cada una de esas originales e intrigantes soluciones arquitectónicas, que no dejan todavía hoy de sorprender a la cultura arquitectónica mundial“.

Por eso precisamente entrevisto largamente a Alessia Rositani Suckert, que gestiona junto con su marido (bisnieto de Malaparte, hijo de Lucia Ronchi) los derechos y el legado del escritor,  porque descubro que son ellos quienes conocen más a fondo la casa autobiográfica. Me cuenta que Malaparte era consciente de que no existían relaciones legales entre China e Italia cuando, provocativamente, dejó supuestamente en herencia la casa al gobierno de Mao: “Fue un gesto para alentar el diálogo entre Oriente y Occidente, él siempre abogó por la libertad de expresión y por la apertura, la Casa come Me también representa eso”.

Se definen como una “familia tradicional, de valores católicos”, que trabaja junto con su hijo Tommaso en la defensa del legado malapartiano. La villa es parte esencial de ese legado: “Es muy delicada y es maltratada constantemente por el mar, la sal, la intemperie, precisa atenciones continuas, por eso contamos con un equipo de personas excepcionales que se encargan de la manutención, todas ellas hijas o nietas de empleados de Curzio, como el hijo de su tapizador”. Nunca han recibido dinero público para las obras: “Somos jóvenes y podemos trabajar para pagar nuestros gastos, el dinero del Estado debe ir a los hospitales y a los necesitados”.

Aunque se trate de una residencia privada y ellos vivan en Florencia, alojan regularmente en ella a escritores, traductores y arquitectos. Quienes sí viven permanentemente allí son las amas de llaves y los perros. No puedo evitar contarle que yo caminé por sus alrededores, imitando una secuencia de Godard, el pasado 9 de junio. Y que vi unos personajes a los lejos. Y un perrito: “Probablemente se tratara de mi hijo, o quizá de nuestro traductor al holandés, Jan Van der Haar, con Stephanie La Porte, que estaban trabajando en la casa. Y el perro podía ser una gran danés negra, llamada Agata; o nuestro querido Febo, un golden retriever; o Luna, nuestra pobre huérfana, a quien a menudo mandamos de expedición para que cace las gaviotas que nos arruinan el tejado”.

Le pregunto si Malaparte y Neruda se conocieron en Capri: “No lo sé, te lo investigo en el archivo”. Paso la hora y media de espera caminando por la via Tragara a través de Google Maps, buscando mi fantasma pixelado, sobrevolando la Casa como Me, buscando el cambio de perspectiva que me permita acabar esta búsqueda, esta crónica.

“He revisado desde el año 48 hasta el 55 y sólo he encontrado este artículo, que me parece intrigante”, leo tras minimizar la isla en 3D. Se trata de un texto publicado en La Nación de Chile el 25 de septiembre de 1953, que da testimonio del día en que Malaparte visitó en su casa de Santiago a Neruda. La describe pormenorizadamente y concluye: “Es un clima mágico: cada mueble tiene el valor de un ídolo o de un fetiche”.

La conversación, en francés, comienza en la entrada, prosigue en salón y en la biblioteca, termina en el jardín. Al escritor italiano le fascina la colonia de caracolas de mar que habita en la biblioteca: “No hay nada que dé la idea del mar como las conchas; del mar como arquitectura, como geografía, como patria”, escribe, y cuenta que Neruda llama a cada caracola por su nombre. Una viene de Java, otra de México, ésta de Ceylon, aquella otra de Valparaíso: “De Capri, de Cuba, del desierto de Atacama: todo el mar y todos los océanos del mundo están en estas caracolas”.

Que son casas en miniatura.