Reseñas

Morir es un arte

Por Laura Galarza

Página 12 (Ar)

El final de Suicidio está al comienzo: la pareja sale vestida para ir a jugar al tenis pero antes de subirse al auto él le dice a ella que olvidó la raqueta. Vuelve a entrar a la casa, baja al sótano y se pega un tiro.

Días después de entregar este manuscrito a su editor, Édouard Levé (París, 1965), se ahorcó. Y dicen, que al leerlo, su editor sospechó y le preguntó a Levé si no tenía que ver con él. Quizás porque toda la obra de Levé –también pintor y fotógrafo– ronda de algún modo la muerte y la finitud detrás de lo que vemos. Como fotógrafo, una de sus series más famosas es la de Angoisse, un pueblo donde Levé se limitó a retratar de manera cruda y despojada el bar, la iglesia, el cementerio, la plaza, de tal forma que las fotos van generando sentido alrededor de ese significante (angustia). En su anterior libro, Autorretrato (también editado por Eterna Cadencia en 2016), ya podía leerse: “En épocas de depresión me hago la imagen mental del entierro que sigue a mi suicidio, hay muchos amigos, tristeza y belleza, el acontecimiento es tan conmovedor que me entran ganas de vivirlo”. Al cierre de ese libro, Levé cuenta la historia de un amigo que decide matarse a los 25 años. Y este amigo se convertirá en el protagonista de Suicidio, (el hombre que se dispara en el sótano mientras la mujer espera en el auto).

En este sentido habría dos puntuaciones por hacer. La primera, es que aún sabiendo cómo va a terminar todo (el libro y la vida de Levé) la lectura de Suicidio resiste cualquier intento de lectura lineal y previsible; y la siguiente, es que sería válido considerarlo como el último eslabón en la obra de un artista.

El narrador de Suicidio le habla a ese amigo-personaje (en segunda persona) haciendo una reconstrucción de su vida antes de la muerte: “Te levantaste, te vestiste y fuiste a almorzar con tu mujer. En la mesa reaccionabas a lo que ella quería con fórmulas vagas, que no implicaban respuesta. Así estuviste el resto del día como un sonámbulo”.  Levé, lejos de seguir un orden en la vida del protagonista,  hace una yuxtaposición de acontecimientos que termina funcionando como instantáneas, momentos en apariencia banales pero significativos en la línea de vida. “En el gran jardín de aquella casa burguesa del centro había una decena de parejas. Las chicas y los chicos de tu adolescencia habían venido con sus acompañantes. Ahora eran adultos, algunos habían traído a sus hijos. Mirabas las caras y apreciabas esa impresión extraña de ver cómo se superponían sus versiones actuales con tus recuerdos, como en esas películas en las que un morphing  convierte una figura en otra, en un mismo cuerpo y en unos pocos segundos”. El lector va a contar con pocos datos del protagonista: que es un hombre joven con todo a lo que puede aspirar un burgués, casa, auto, un trabajo  amigos. Navega además de jugar al tenis, y ya probó tres tipos diferentes de antidepresivos.

Aunque lo que sí se cuenta con detalle en Suicidio, es la interioridad. Al relatar la vida del otro (de este amigo al que le habla el narrador) de manera tan cercana e íntima, Levé logra un potente efecto disociativo. Por momentos, se pierde la noción de si a ese que le habla es el otro, o a él mismo en ese otro. Y por ese desdoblamiento Levé obliga a mirar el mundo de afuera, quitándole todo sentido y revestimiento. El protagonista –y con él el lector– además de estar atento a todos sus estados emocionales angustiosos, no logra entrar nunca en la gran ficción que es la vida. Hay una hiperconciencia de sí, de la muerte y del sinsentido de la vida; y al mismo tiempo, una desconexión con lo que podría remediar ese sinsentido. Porque en el vacío de este futuro suicida, ni siquiera el amor de los otros salva. En Suicidio, el protagonista no logra estar –luego ser– en ninguna parte. Ni en el asado con amigos, ni en los brazos de la mujer que ama. El mundo es como el lomo de un puercoespín, donde no hay posibilidad de relajarse. La idea de la muerte está tan presente, en todas las cosas y continuamente, que resulta insoportable. “El borde me atrae| El hueco me aspira| El fondo me aterra”. 

Y en ese fondo oscuro desde el que parece escribir Levé, los otros no pueden hacer nada. “Sabías que alguno de tus seres queridos se sentirían culpables de no haber anticipado tu decisión de morir, se lamentarían de no haber podido ayudarte  a desear vivir. No podías ser feliz por encargo. No te podían ordenar que quisieras vivir”.

Aunque resulta paradojal que el otro aparezca, emerja y tome consistencia ante la muerte. “¿Estás muerto si te hablo?”, se pregunta el narrador. Y al amigo muerto: “Tú que antes eras lejano, distante y tenebroso, ahora brillas cerca de mí”. Es decir “brilla”, una vez muerto. Y en ese punto no se puede dejar de pensar en qué efecto buscaba Levé al escribir y entregar Suicidio antes de morir. En el libro, el amigo que se mata deja abierta una revista de cómics arriba de la mesa para que los otros encuentren ahí la clave de su decisión. Pero el viento que entra por la ventana cierra la revista y entonces su mujer, su padre, los que lo aman, quedan inmersos en la incógnita. Es así: la pregunta de por qué alguien elige matarse siempre queda del lado de los vivos. 

Ahora bien, si el lector también entra a Suicidio buscando una respuesta, o si acaso pretendiera un diálogo con el suicida, se llevará una desilusión. En términos literarios, una grata desilusión (la explicación nunca le va a la buena literatura). A cambio, Levé logra hacer ver una porción de ese abismo en el que está inmerso el suicida. Logra aproximarse –y obliga al lector a aproximarse– a la vivencia de quien se siente fuera del mundo mucho antes de estar muerto.

Suicidio Édouard Levé Eterna Cadencia 93 páginas