Reseñas

Mi gran erotismo griego

Por Sergio Olguín

Página 12 (Ar)

Los cuentos que aparecían en la edición original de Las griegas habían sido escritos entre 1989 y 1995. El libro apareció recién en 1999 en una edición autogestionada junto con los libros de otros dos autores (Pedro B. Rey y Claudio Zeiger). Los tres participábamos de la revista V de Vian que apareció entre 1990 y 1999. Así que Las griegas acompañaron la existencia de esa revista que fundamos con Rey y Karina Galperín y a la que Zeiger se incorporó en 1991. La tapa del libro tenía como imagen una foto de Jeanloup Sieff, la misma que usamos en el número uno de la revista. Me resulta imposible separar la historia de Las griegas de la de V de Vian. Y los dos proyectos están unidos por esa cosa tan difícil de definir que fue la cultura alternativa porteña de los 90.

Pasaron dieciocho años para que se reedite mi primer libro. Entre una edición y la otra publiqué doce novelas (entre juveniles y para adultos) que me permiten ver en perspectiva aquella recopilación de cuentos. Por esa razón hice algunos cambios no carentes de importancia. Saqué un cuento, “Eurídice, último canto”, justamente el más viejo de todos, escrito en 1989 bajo el fragor de la Primera Bienal de Arte Joven. Podría haberlo sacado por malo y pretensioso, pero no fue esa la razón. El cuento narraba la historia de un escritor “viejo”, treinta o cuarentañero, que mataba a su amante, una adolescente que concurría a su taller literario, mientras cogían. Recuerdo haberlo escrito como consecuencia de las historias que se contaban entonces de los escritores que daban talleres literarios (que tenían sexo con los participantes, no que los mataban) y a la pedantería que yo notaba en esos tipos que entonces me llevaban entre diez y veinte años. Lo que era una mirada irónica sobre esos escritores a fines de los 80, leído desde mis cincuenta años actuales me parecía una actitud condescendiente, machista y, lo que es peor, intrascendente. Así que para bien de los lectores (porque además era genuinamente malo) decidí volarlo.

Para compensar, al menos en cantidad, decidí incluir un cuento bastante posterior a la publicación de Las griegas, “Los trenes de la muerte”. Fue escrito a pedido para una antología sobre trenes a cargo de Christian Kupchik, otro integrante fundamental de V de Vian desde 1992. Escribí ese cuento poco después de mi segunda novela Filo y en él aparece por primera vez Verónica Rosenthal, la protagonista de tres de mis novelas. De hecho, “Los trenes de la muerte” es una versión resumida de La fragilidad de los cuerpos, pero con un final distinto a la historia de la periodista y el maquinista del Sarmiento, Lucio Valrossa. En este cuento Verónica Rosenthal todavía no es la chica contradictoria pero lúcida de las novelas. Sus preocupaciones personales no son las mismas. Cuando escribí La fragilidad... partí del cuento, pero en un momento me di cuenta de que Verónica no podía ser una simple “hierve conejos”, ni tan pasiva a las decisiones de los hombres. Me gusta más la Vero de las novelas que la que aparece en “Los trenes de la muerte”.

En cuanto al resto del libro, mantuve los mismos cuentos. Les cambié el orden de aparición, más por divertirme que por otra cosa. Esos ocho relatos marcan bastante bien mis preocupaciones e intereses literarios de aquellos años, no muy distintos a los actuales. En V de Vian solíamos fustigar duramente a los autores de la generación anterior por haber desatendido dos temas que, al menos a mí, me parecían fundamentales: el sexo y la política. El menemismo había terminado de vaciar de contenido todo lo referido a la política y la metaficción había hecho lo propio con los cuerpos sudados. La suma dio una literatura anodina, rebuscada y aburrida, pensada más para satisfacer el espíritu onanista de los profesores de teoría literaria (de acá y de algunas universidades extranjeras muy dispuesta a dar becas y prebendas a autores locales).

En la mayoría de los relatos de Las griegas -bah, en todos- mi preocupación pasaba por cómo narrar los hechos vinculados a la sexualidad. ¿Cómo narrar el sexo? Por un lado, recuperar el cuerpo que había quedado escondido en cierta narrativa de los 80, pero hacerlo más detallado en sus descripciones y en sus acciones. Hoy, los cuentos de Las griegas me resultan un poco pudorosos, salvo “El intruso” que reescribí unos años más tarde para una antología (justo después de haber escrito Oscura monótona sangre, donde creo haber encontrado mi forma más convincente de narrar los hechos sexuales).

Muy vinculados a la estética de V de Vian están los cuentos que tienen como tema el mundo de la moda, temática que hasta a mí me extraña el grado de conocimiento que poseía en esos años. Un crítico literario de la época, cuyo nombre ya he olvidado, criticó a V de Vian sin nombrarla diciendo: “no se puede hablar de literatura en una revista que pone una mujer desnuda en tapa”. Casualmente en ese número habíamos puesto a cuatro modelos para horror del crítico. Pero la nuestra no era una mirada inocente sobre la estética fashion sino que se apoyaba en la frase de Georges Perec: “La moda está de parte de la violencia”. En mis cuentos me interesaba remarcar los cruces peligrosos de ese mundo con el poder, ya sea a partir de un abuso sexual o de la irrupción inesperada de la dictadura militar en un set de fotografía publicitaria en plenos años 90. A los lectores jóvenes habría que recordar que en esos años los genocidas andaban por las calles como si nada y uno se los podía cruzar en los lugares más impensados, que faltaban todavía unos años para que fueran a parar a donde merecían estar: muriéndose en una cárcel común.

Hay otro cuento que se nutre de la historia reciente de Argentina: “Clarisa o la historia de una señorita”. El título está tomado de un novelón inglés del siglo XVIII de Samuel Richardson. Lo que se cuenta es más cercano a nosotros: la vida amorosa y combativa de Clarisa Lea Place, una guerrillera del ERP que murió asesinada en Trelew. La vida íntima, los gestos eróticos vistos como políticos. Si el menemismo intentaba despolitizar la política, había que hacer lo contrario: politizar lo íntimo. En V de Vian publicamos varios textos vinculados a la política ya no desde lo partidario sino desde la sexualidad, las tribus urbanas, los colectivos reivindicativos. En ese momento todo sonaba nuevo. Hoy, por suerte, es algo que hemos incorporado a nuestras vidas.

A comienzos de 2001 quise volver a publicar Las griegas, pero entonces quería hacerlo en una editorial “en serio”. Con Vian Ediciones habíamos hecho solo 300 ejemplares que un año y pico después casi no se conseguían. Recuerdo que lo hablé con Gabriela Franco que era editora de Norma y me sugirió que primero escribiera una novela para después negociar una nueva edición de Las griegas. Le di la razón y escribí Lanús que salió en Norma a comienzos del 2002. No insistí con reeditar los cuentos. Creo que todos nos olvidamos de Las griegas. Hasta que Odelia, una editorial nueva pero atenta, me ofreció retomar mi primer libro. Obstinadamente, Las griegas volvió de la mano de una editorial independiente, desprejuiciada y con ganas de hacer historia en esta cosa tan difícil de definir qué es la cultura alternativa porteña de estos tiempos.

Las griegas Sergio Olguín Odelia 173 páginas