Reseñas

La guerra no se olvida

Sólo hasta hace pocos días conocí la existencia de Lucía Carnés, una escritora inexistente para mí.

La conocí porque me atrajo la portada de su libro titulado “Trece cuentos (1931-1963)”. Nadie me habló de ella antes, no me recomendaron su lectura, solo fue la fuerza de la portada la culpable.

En ella se exhibe el retrato de una mujer apacible, que inspira ternura, como si su inocencia presagiara un mundo impredecible en sus páginas. Ese hermoso rostro no es otro que el de la autora, que no expresa la vigorosa defensa de la mujer que lleva en sus textos incluidos, de una fortaleza que pocas veces he encontrado en una autora hispanoamericana.

El libro estaba exhibido con profusión en las vitrinas de las librerías. Yo lo conseguí en la librería de El Corte Inglés.

Lucía Carnés nació en Madrid, España, en 1903, en el tradicional barrio Las Letras, y murió en México en 1963. Su padre era obrero y su madre lavandera. A los once años comenzó a trabajar en un taller de sombreros, luego como camarera en un salón de té.

Y desde muy joven comenzó a publicar sus primeros textos, como su colección de narraciones breves “Peregrinos de calvario”, en 1928. Firmaba sus colaboraciones en la prensa como Clarita Montes.

Su primer éxito fue su novela “Tea Rooms, mujeres obreras” que, precisamente habla de mujeres como ella, las que conoció en el Salón de Té donde trabajó, y es revelación de sus experiencias y observaciones de su vida en el trabajo cotidiano.

En 1937 se hace miembro del partido comunista, cuando la guerra civil estaba en marcha (1936-1939). Colabora activamente en el bando republicano hasta su derrota y luego se exilia, primero en Francia y luego en México. Ahí muere bastante joven, 59 años, para convertirse en la autora de la Generación del 27 más olvidada e injustamente desconocida.

“Trece cuentos” es un rescate de esta autora que hizo de la defensa de los explotados de Madrid, de los horrores de la guerra civil, de la crueldad hacia la mujer, sus temas centrales.

Son trece cuentos duros, aunque breves, sacados de la vida, que demuestran su gran capacidad de observación. Son el retrato de una época sacrificada donde se desnuda la crueldad de la dictadura y las estrategias de supervivencia de una población horrorizada por la guerra.

Su lenguaje es llano, certero, sin grandes adornos y, salvo algunos vocablos de época, fluye con sus historias de manera natural. Tampoco exhibe ninguna pretensión estilística que obstaculice la comprensión de su contenido.

Lucía Carnés acompañó mi experiencia del verano madrileño. Su fuerza narrativa me cautivó tanto, que no me arrepiento de haberme dejado llevar por ese rostro inocente, cargado de ternura.