Reseñas

La bestia humana

Por Romina Doval

Página 12 (Ar)

Las trece historias que componen Faunas, primer libro de cuentos de Patricia Ratto, están pobladas de todo tipo de animales: domésticos, salvajes, fantásticos, absurdos, monstruosos y figurados. Sin embargo, no son ellos sus protagonistas sino una fauna de hombres y mujeres tan diversa como la misma variedad que se da en la zoología. A pesar de esta multiplicidad de personas o modos de vida, se puede reconocer un factor en común: lo espantoso, y a veces lo espeluznante, perturba lo familiar. Esta intrusión de lo aterrador en lo conocido es precisamente una definición que Freud retoma de Ernst Jentsch cuando quiere dar cuenta de lo siniestro.

En el caso del primer cuento, las pesadillas de la protagonista y el inimaginable desenlace nos confirman que lo siniestro es lo hogareño, incluso lo íntimo, que ha sido reprimido y vuelve. Otro aspecto de lo siniestro se da cuando se instala la duda de que un ser inanimado sea viviente y, a la inversa, de que un objeto sin vida esté en alguna forma animado. Muestra de esto es una tejedora de figuras de animales. Las imágenes de los tejidos parecen cobrar vida y tienen consecuencias en la realidad de sus propietarios. El desconcertante final de este notable cuento nos lleva a un mundo donde el prodigio es posible.

A la incertidumbre entre lo que es inanimado y lo que es viviente se suma la que se da entre lo animal, lo humano e incluso lo divino cuando un joven empieza a considerar seriamente que Dios es un cerdo que cualquiera puede comerse a mordiscones. Incluso escapa a la mera nominación: “Si dios se llama Dios, ¿por qué nuestro perro no puede llamarse Perro?”, pregunta el dueño de una decadente estación de servicio, a lo que su mujer le responde: “Como si vos prefirieras llamarte Hombre”.

En la peluquería Amapola, donde se atienden personas y mascotas, un día se da un encadenamiento de hechos grotescos que desemboca en la procreación de un perro espeluznante que al fin de cuentas no es más temible que Karen y Yésica, las mujeres que llevan el negocio y que se parecen mucho. “Las dos están operadas, tienen unas tetas impresionantes, también se hicieron las narices y las bocas, que parece que siempre están inflamadas y como listas para dar besos.” La descripción nos remite, por un lado, a la temática del doble o del otro yo que tantos relatos ha dado a la literatura fantástica, especialmente a la de terror, por otro, a la idea de muñecas que nos hace pensar, por ejemplo, en la Olimpia de E.T.A Hoffmann. Claro que en el cuento de Patricia Ratto estas criaturas no son terroríficas ya que están caricaturizadas y mediante el humor terminan por reformular la  tradición literaria de los autómatas.

A los fenómenos insólitos, como la caída del cielo de un pichón de casoar australiano a los pies de un estudiante a quien le cambiará la vida, hay que sumarle una serie de extrañamientos que se dan en la vida cotidiana y que muchas veces tienen que ver con el punto de vista. Una pareja de enamorados –que en su primera cita no deja de mirar obsesivamente sus celulares– es vista por un simpático pajarraco que de algún modo se convierte en espectador de la estupidez humana. En Tandil, durante una tarde de domingo, una mujer que toma mate se dedica a observar y a repetir los movimientos mandibulares de la vaca de unos vecinos bajo la lluvia artificial de unos regadores que se han abierto fuera de horario y que hacen “que el animal, la vereda, el pasto y las plantas se vean tan brillantes, tan irreales, como si fueran parte de una postal plastificada”. En Tokio, un muchacho queda embelesado frente a la vidriera de un Neko café o bar de gatos donde la gente, por el precio de un café, puede acariciar y pasar un lindo momento junto a un hermoso felino de raza. Son seres solitarios que no dudan en hacer pasear un repollo con una correa aunque más no sea para seducir a una joven llena de prejuicios. Incluso la soledad tampoco escapa a lo ominoso cuando asistimos a la conciencia de un joven vegano que, obsesionado con la limpieza y con un subrepticio pensamiento eugenésico, acaba por revelar sus escatológicas perversiones sexuales con una mujer de piel oscura. Por último, y casi como una alegoría de todo el libro, la belleza y lo inmundo coexisten sin conflicto, como sucedió aquel día en que una mujer “se encontró una cagada fresca, grande y chata como un plato, toda llena de mariposas blancas, una al lado de otra, que batían las alas como en un hervor mientras libaban en la mierda.”

Al filo del realismo, el absurdo y el fantástico, los cuentos de Patricia Ratto se resisten a ser catalogados, es como si entraran en “una zona crepuscular”, según las palabras de Luis Sagasti en la contratapa, donde “las reglas son otras porque nada se presenta puro y neto”. Con un estilo fluido y un eficaz manejo de los tiempos narrativos, con una prosa limpia y depurada de barroquismos, Patricia Ratto, autora de tres reconocidas novelas, nos ofrece un libro de cuentos tan intrigante como incómodo e hilarante.

Faunas Patricia Ratto 176 páginas Adriana Hidalgo