Reseñas

Fernando González Ochoa: El payaso interior

Por Fernando Araúijo Vélez

El Espectador

Doña Margarita recordó toda su vida aquella pálida mañana en la que su padre la llamó aparte para hablarle del matrimonio y, más puntualmente, de su prometido, aquel Fernando González a quien había visto un par de veces, pero a quien había leído mucho más. “¿Es cierto que te vas a casar con ese loco?”, le preguntó, tratando de controlar sus nervios. Ella le respondió que sí, que a fin de cuentas no perdería nada, pues a sus amigas no es que les hubiera ido muy bien con sus esposos serios y juiciosos. Con los años, González se convirtió en uno de los mejores amigos de don Carlos E. Restrepo. Se escribían, conversaban sobre política y literatura, revisaban textos y hasta se daban tiempo para el humor.

Algunas veces, González Ochoa, aquel loco de Envigado que solía conversar con las estrellas para “tomarle el pulso al universo”, escribió sobre don Carlos E. y su período presidencial. Era crítico, siempre fue crítico. Por ello su esposa revisaba cada una de sus notas. Era ella la que decidía qué podría publicarse y qué no. Era ella, incluso, la que arrojaba al cesto de la basura lo que consideraba inapropiado. González le confiaba casi todo. Sus cinco hijos, su vida, sus libretas y hasta el dolor que le producían aquellos que se regocijaban insultándolo, creyendo que así lo acallarían. Jamás pudieron silenciarlo, porque González siempre fue un rebelde en estado de pureza. Cuentan que en 1955, cuando Jean Paul Sartre y el escritor norteamericano Thornton Wilder lo propusieron para el Nobel de literatura y las élites literarias y políticas colombianas se opusieron, prefiriendo a Ramón Menéndez Pidal, González lloró, desconsolado, pero su amargura era por la condición humana de sus coterráneos, no por la negativa del Nobel. Él, que amaba la vida y a su tierra por encima de todo, no podía terminar de comprender las razones de la insidia.

González forjó su pensamiento filosófico a partir de la idiosincrasia colombiana utilizando el lenguaje del pueblo, un modo de hablar y de escribir que le valió ser calificado de mal hablado. Escandalizó, pero al mismo tiempo abrió derroteros hacia la autenticidad. Lo condenaron por ateo y, no obstante, fue un místico. Escribió en una prosa limpia e innovadora, pero “para lectores lejanos”. Se proclamó maestro, pero, según sus mismas palabras, no buscaba crear discípulos, sino solitarios. Su obra siempre fue nueva, fresca y controvertida. Y su vida fue un eterno viaje de la rebeldía al éxtasis, como escribió Javier Henao Hidrón (sic: Ernesto Ochoa Moreno).

Fernando González Ochoa nació el 24 de abril de 1895 en Envigado. “Yo era blanco —escribió— paliducho, lombriciento, silencioso, solitario. Con frecuencia me quedaba por ahí parado en los rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba, y me revolcaba en el caño cada vez que peleaba con los de mi casa”. Cursó la primaria en una escuela religiosa. Luego estudió hasta quinto de bachillerato como interno en el Colegio de San Ignacio de Loyola, dirigido por los padres jesuitas, pero fue expulsado por sus precoces y excesivas lecturas, por transmitir sus inquietudes filosóficas a sus compañeros y por su desatención a las estrictas normas religiosas. Tiempo después escribió: “Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Suramérica. Dios me salvó, pues lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendos Padres. Tan bueno es Dios, que me salvó, inspirándome que lo negara”. Luego de su expulsión anduvo tres años por ahí, pensando, tomando notas, tachando, charlando, y de allí surgió su primera obra, Pensamientos de un viejo. Un año más tarde se graduó de bachiller y se matriculó en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Antioquia, pero en el camino se inclinó por las leyes. Su segundo escándalo fue el título de su tesis, El derecho a no obedecer, que tuvo que cambiar por el de Una tesis.

Fue magistrado del Tribunal Superior de Manizales, juez segundo del Circuito de Medellín, asesor jurídico de la Junta de Valorización de Medellín y cónsul de Colombia en Génova, Marsella, Bilbao y Rótterdam. En 1929 publicó Viaje a pie. De ahí en adelante escribió Mi Simón Bolívar, 1930; Don Mirócletes, 1932; El hermafrodita dormido, 1933; Mi compadre, 1934; Cartas a Estanislao, 1935; Los negroides, 1936, y Santander, 1940. En 1946 (sic: 1941) sacó El maestro de escuela, e ingresó en una especie de introspección de la que saldría a finales de los 50 con el Libro de los viajes o de las presencias.

Por aquellos años conoció a Gabriela Mistral, para quien la obra del Loco de Envigado fue todo un suceso: “Los libros de Fernando me sacuden hondamente. Hay en él una riqueza tan viva, un fermento tan prodigioso, que ello me recuerda la irrupción de los almácigos en humus negro. ¡Es muy lindo estar tan vivo!”. Por los mismos años (sic), el poeta Ernesto Cardenal, decía: “¿Quién es Fernando González? Es un escritor inclasificable: místico, novelista, filósofo, poeta, ensayista, humorista, teólogo, anarquista, malhablado, beato y a la vez irreverente, sensual y casto... ¿Qué más? Un escritor originalísimo, como no hay otro en América Latina ni en ninguna otra parte que yo sepa”.

“González fue odiado por quienes no lo comprendieron, por quienes se escandalizaron con su verdad desnuda. Él no odió a nadie, no quiso ofender a nadie: sus ofensas no eran a personas o instituciones, sino a la vanidad en ellas. Si la verdad duele es porque mata en nosotros la mentira de que vivimos”, dijo poco antes de morir Gonzalo Arango. Él intentó seguirlo, fue uno de sus discípulos, su referente, el espejo en el que siempre quiso mirarse, y jamás lo negó.