Reseñas

A un lado y otro de una profunda frontera

Por Margara Averbach

Clarín (Ar)

La base de la última novela de Liliana Bodoc es el viaje, ese motivo ficcional más antiguo que la literatura. Elisa, la rosa inesperada es una novela “de viaje” por muchas razones. Porque su autora hizo un viaje físico de Santa Fe a Jujuy para escribirla, un viaje inclasificable, cuya complejidad se ve con claridad en el título de una de las partes: “De San Fe a Santa Salvador”. Porque ese viaje de pesadilla fabrica también un traslado emocional y mental, una iniciación. Porque la historia viaja de un extremo a otro de la sociedad: de la clase muy baja a la media alta; de la legalidad a los bajos fondos. Porque los recursos literarios se mueven del realismo a lo fantástico, de lo simbólico a lo mágico, como corresponde al sincretismo religioso del Noroeste argentino, el destino del viaje. Porque el texto camina entre narración y reflexión, entre oralidad y escritura, entre novela y cuaderno.

El viaje del libro destruye puentes falsos, puentes que, en realidad, son ilusiones ópticas, y al mismo tiempo construye otros, mucho más sólidos. Como pasa casi siempre en las obras de Bodoc, hay una mirada cruda que describe los horrores de la realidad y, junto a ella, una piedad intensa, una enorme comprensión y piedad para los personajes queribles que se mueven en ese universo, paralelo al que respira fuera de las páginas (por supuesto, a algunos no se los perdona y eso está bien). Este es un libro duro y sin embargo, cuando se cierra, no todo está perdido. Hay un rescate incompleto que lo convierte en necesario.

El mundo que pinta Bodoc en Elisa está partido en dos. Hay personas que viven de un lado de una frontera muy clara y otras que viven del otro. La línea es definitiva y se describe simbólicamente de la mejor manera: de un lado de esa línea hay ciertas plantas, se dice; en cambio, “rosas, solamente del otro lado de las vías”. Pero como se dijo, hay conexiones entre esos universos. Algunas se sostienen sobre el abuso, sobre la explotación; otras, son salvadoras. Abel Moreno, uno de los narradores, dice que entre el mundo de arriba y el de abajo hay un solo camino: el de la música. La narración encuentra otros, no menos importantes.

Bodoc no deja la historia en manos de una sola voz: la existencia de más de un narrador es parte de su concepción literaria. Si los que cuentan son varios, el poder de la palabra se distribuye, se democratiza. En Elisa, la voz principal está en tercera persona y sigue tanto a Elisa como a otros personajes secundarios, entre otros, Beatriz, una mujer de clase media; y Martín, el chico que se cruza con ella en el ómnibus hacia Tilcara.

Esa voz sabe lo que va a pasar más adelante y lo anticipa en un juego constante de suspenso, una tensión que de a ratos se convierte en terror. Pero desde el comienzo del libro, hay una primera persona, un hombre que se expresa en directo y que, en algún momento, alguien relaciona directamente con el bien, con Dios. El nombre de ese narrador lo marca con claridad como quien es: Abel (no Caín) y Moreno (porque es parte del grupo de los morenos, los de abajo).

Eso, en principio. Pero al final del libro, cuando los viajes están terminando (o tal vez a punto de empezar de nuevo) aparece la voz de Elisa. Y es interesante que ella se exprese no en la oralidad sino con la escritura, dibujando letras en un cuaderno, y en esta novela, los cuadernos son símbolos importantes. Sus palabras de adolescente, transcriptas para los lectores, son un recurso poderoso y mágico que cierra la historia con un comienzo de esperanza, un sentimiento que hacía tanta falta como el pensamiento directo de la protagonista.

Elisa, la rosa inesperada, Liliana Bodoc. Editorial Norma, 222 págs.