Entrevistas

"Prefiero decir “literatura escrita por mujeres” que “literatura femenina”

 

Claudia Salazar (Lima, 1976) es de las que amortigua carcajadas con la palma de la mano. Cuando la hilaridad la vence, echa el cuerpo hacia atrás y empuja la risotada hacia dentro, haciéndola retroceder. Llegó hace más de diez años a Nueva York desde Lima, con dos objetivos: hacer un doctorado y conocer a Susan Sontag. Logró lo primero, pero la leucemia se llevó a la escritora el mismo año que ella se instaló en la ciudad. Desde entonces, su cabello se ha vuelto ceniciento como el legendario mechón de Sontag, y ahora Claudia también es escritora. De las que no contemplan la escritura como una herramienta para la complacencia, sino para la convulsión. 

Fue galardonada en 2014 con el Premio Las Américas a la mejor novela escrita en español por su obra La sangre de la aurora, y aún trata de descubrir cómo ocurrió. Conserva algo de esa perplejidad que le provocó escuchar a Fernando Iwasaki decir que leerla «es similar al dolor que provocan las esquirlas después de la explosión». Enseña en la universidad y forma parte de la pujante colonia de escritores latinoamericanos que va dominando la ciudad, pero secretamente desdeña la idealizada imagen de la vida literaria y bohemia. Nos cita en el Caffe Reggio una tarde de junio, con el Greenwich Village engalanado por el Orgullo Gay. Habla de Perú, de Nueva York, del terrorismo y de escribir. «Life isn’t a support system for art. It’s the other way around», se dice, parafraseando al maestro. 

Viniendo para aquí he escuchado este nuevo mantra de «vivo en Manhattan porque no puedo vivir en Brooklyn», ¿queda algo en Brooklyn que sea accesible si no eres escritor? 

A mí me gusta Hamilton Heights, el barrio de Manhattan donde vivo desde que llegué en 2004. Como vine con una beca doctoral, los precios de los alquileres eran lo más asequible que encontré, además de que es una zona con buen transporte, con mucha historia y buena arquitectura. Por aquí viven también la escritora mexicanaValeria Luiselli y su esposo Álvaro Enrigue; y en un barrio más al norte, la chilena Lina Meruane. El barrio también es parte del proceso de gentrificación desde hace unos cuatro años. Ves que cambian las caras de los vecinos, que se abren nuevos negocios, sobre todo cafés y restaurantes. Yo antes no caminaba tanto por mi barrio, pero ahora sí. Disfruto esa variedad, pero cabe pensar que el aumento de los alquileres hace que vecinos más antiguos no puedan seguir viviendo aquí. 

Brooklyn es como el barrio de moda ahora, y sus barrios atraviesan procesos de gentrificación bastante agresivos. La zona de Greenpoint, por ejemplo, que hace quince años era todavía accesible, muy económica, ahora tiene precios que ya están por las nubes. Williamsburg es el barrio bohemio, pero para vivir ahí hay que ser bohemio con plata. Igual hay zonas más económicas donde todavía se pueden encontrar alquileres vivibles: Crown Heights o Bushwick.

En la ciudad existe una colonia de escritores latinoamericanos muy potente, de la que formas parte. ¿Estáis tomando en secreto el panorama literario?

[Risas] Sí, en 2014 publiqué Escribir en Nueva York. Antología de narradores hispanoamericanos, basándome precisamente en esa idea de que había mucha gente de Hispanoamérica viviendo, trabajando y escribiendo aquí. Hay todo un flujo de gente escribiendo en español que desborda la ciudad. Tuvo mucho que ver que en 2007 abrieron en la Universidad de Nueva York una maestría de escritura creativa en español. Yo estaba estudiando el doctorado y nos dejaron tomar un par de cursos de la maestría, y ahí fue donde empecé a escribir La sangre de la aurora. Pero bueno, precisamente a la fundación de esa maestría se debe que ahora haya más escritores latinoamericanos y españoles en la ciudad. Me llama la atención que cada vez más hay escritores que, aunque no viven aquí, ni en Estados Unidos, quieren venir a presentar sus libros en la ciudad. Se ha convertido como en un gran objetivo. Por ejemplo, recientemente Juan Pablo Villalobos, el que ganó el premio Anagrama, vino aquí a presentar su novela.

¿Pero es solo una cuestión de glamour, de venir aquí a presentarlo, o tiene un sentido más allá del prestigio?

Es una buena pregunta. Creo que en parte es una cuestión de imagen, pero también un reconocimiento del poder simbólico y cultural de la ciudad, algo de eso que llamas glamour. Traer un libro aquí les da la posibilidad de entrar en un circuito donde pueden ser leídos por escritores de diversas nacionalidades. Nunca me he atrevido a preguntarles por qué lo hacen a quienes no viven aquí, pero quizás sea por eso… 

También puede existir la idea de que presentarlo aquí te acerque a la posibilidad de ser traducido al inglés, pero lo cierto es que no conozco casos donde algo así se haya dado. La realidad es que es bastante difícil entrar en el mercado editorial estadounidense, es todo un monstruo aparte. 

Publicaste en Lima La sangre de la aurora, y escogiste una pequeña editorial para hacerlo. ¿Fue una declaración de principios o no había más remedio? 

En ese momento, 2013, había como un pequeño boom de editoriales independientes en Perú, que en parte me interesaba porque sentí que me daba más posibilidades de controlar el proceso y de tener mayor libertad. Además, fue poner el último punto del manuscrito, después de muchas revisiones, en junio, y en mes y medio estuvo listo para la Feria del Libro de Lima. Yo sabía que eso podía hacerlo solo con una independiente, con una editorial grande no habría sido posible, porque manejan otros tiempos más largos. Pero, más allá de eso, lo central es que se trata de una novela con un lenguaje que no es masivo, ni general, sino que apuesta mucho por lo literario y reclama mucha atención por parte del lector. El tema que trata es controvertido y el punto de vista es muy distinto a lo que se ha hecho en Perú con ese tema: la violencia contra la mujer en el contexto de los años del terrorismo. Sentí que el lugar natural de una novela como La sangre de la aurora era una editorial independiente. Tenía buenas referencias del editor de Animal de Invierno, que tenía esa mirada de hacer otro tipo de cultura y de tener otro tipo de lectores, así que me decidí a trabajar con él. Como peruana viviendo en Nueva York, el hecho de publicar en Lima era como una manera de volver a mi casa. Era una novela sobre Perú, era mi primera novela… sentí que tenía que ser en Perú, por mucho que me guste Nueva York y vivir aquí.

Menuda acogida para una primera novela: Premio Las Américas, halagos de Fernando Iwasaki, traducción al inglés, grandes reseñas en el New York Times… ¿Cómo se logra eso desde una firma pequeña y debutando?

Pues no lo sé, aunque suene a broma. Una cosa es escribir haciéndolo lo mejor que puedes y otra es tener una recepción tan alucinante como la que tuvo mi novela. El tema es que, si publicas en Perú, la tirada es muy pequeña, entre quinientos y mil ejemplares. Si se publica en una independiente, no tienen capacidad de distribución fuera del país y tu novela se va a quedar ahí. En mi caso, pudo haber sido influyente el hecho de vivir en Nueva York, en medio de toda esta red de escritores que van y vienen. Lo que hice fue dársela personalmente a gente que quería que la leyera y cuya opinión como lectores me interesaba. Esa fue la manera en que la hice moverse fuera del Perú, pero también siguió su camino y otras personas la movieron, hasta el punto de que a día de hoy no sé cómo el jurado del Premio Las Américas se enteró de su existencia. Es un misterio. 

¿Quizás por Antonio Muñoz Molina?

Creo que Antonio no fue. A él le conocí aquí, leyó una de las primeras versiones del libro, y me dio unos consejos importantes. Le pedí que me escribiera un texto de contraportada, junto a Diamela Eltit, porque considero a ambos mis maestros en Nueva York. Pensé: «Si les gusta a ellos, ya está. No me interesa más». Sabía que la novela podía generar muchas opiniones, pero… 

Pero sabías que había algo controvertido en ella.

Honestamente, no esperaba tantas reacciones. No la escribí pensando en eso, más bien lo hice en «voy a escribir como me dé la gana». Había partes muy duras, y creo que fue bueno no esperar nada, no pensar en un lector ideal, sino en alguien que simplemente pudiera y quisiera escuchar todo eso. Fue una de las cosas que rescato de los talleres de narrativa en la maestría, lo de aprender a escuchar las reacciones que tu texto pueda generar en el lector, o no. Habrá algunas de ellas que te interesen y sean provechosas para tu propuesta, otras, no tanto. En mi caso, como te comenté antes, busqué las reacciones de gente cuya interlocución me interesaba. En lo que se refiere al público masivo, eso ya no puedes controlarlo, y está bien que sea así, cada libro debe seguir buscando sus lectores. 

Hay una motivación en el libro que es hablar de ciertas cosas sobre las que la sociedad peruana no quería hablar. No había solo un interés puramente literario, ¿no? 

Lo pienso como en dos vertientes: una a nivel estético, en mi poética, en el trabajo de mi escritura, y, por otro lado, quería hacer una «intervención», lo que también puede ser literario. Todo lo que ya se había escrito sobre el tema de la violencia política sonaba como lo mismo de siempre: la visión masculina, personajes masculinos, todo dando vueltas en torno a lo patriarcal… Que no es el hecho de tener tantos personajes masculinos en sí, sino la mirada. La mirada se traduce en un tipo de escritura muy lineal, en contar el mismo tipo de historias, seguir con el mismo tipo de subjetividades… Es como: ¡Ya! ¿Hasta qué punto estas historias de guerra lo que hacen es reproducir esa misma violencia? ¿Hasta qué punto ese tipo de lenguaje literario, ese tipo de estética, está reproduciendo lo mismo? El problema es eso. ¿No estamos convirtiendo esa violencia en un objeto de consumo? Para mí eso era un problema ético, cómo acercarme a todo eso. ¿Cómo cuento yo esta historia para no caer en lo mismo? Lo más problemático era no caer ni en comodificar la violencia, ni en estetizarla hasta un punto en que se te vuelve un paquete simpático que puedes vender.  De ahí viene también la decisión de escoger una editorial independiente. Está todo mezclado. 

Yo me preguntaba, cuando hablamos de violencia, ¿de qué violencia hablamos? En estos años, desde el 80 que empezó el conflicto y que termina cuando capturan a Abimael Guzmán, en el 92, se han escrito ciento y pico novelas, cuentos… El problema era cómo contar eso, porque además no es un tipo de violencia que esté circunscrito a esos doce años, sino que abarca toda la historia peruana y global. La violencia contra la mujer. Va por ahí el tema. Hay mucha gente que me pregunta si es una novela sobre la violencia política y respondo que sí pero no solamente. Así que la intencionalidad no era solo introducir diversas subjetividades femeninas en el contexto de guerra, sino además pensar en el problema de cómo contarlo, de qué hacer con el lenguaje. Por eso la novela tiene pasajes fragmentarios, sobre todo los que tienen que ver con violaciones, con masacres, que no se podían contar con el lenguaje de siempre, porque la violencia misma está quebrando la realidad, y el lenguaje mismo tiene que quebrarse. Es un problema de representación. Si voy a usar las mismas «armas» de representación, voy a reproducir lo mismo. 

Por momentos casi no lo hago, esa era mi duda mientras escribía, el asunto ético de reproducir o no lo mismo. Mi manera de resolverlo fue hacerlo duro, no por exhibición o por morbo, sino por atraer al lector a ese momento. Involucrarle de una manera más carnal. Porque no puede pasar que alguien lea eso y se quede tal cual. Porque eso pasó, y pasó de una manera terrible, ¿por qué no decir eso en un libro? Es fuerte porque tiene que ser fuerte: están matando a gente, están violando a mujeres… No te vas a quedar tranquilo, esa era la idea de la novela. Y, si lo haces, pregúntate por qué. 

Hay gente que me ha contado que tenía hasta pesadillas con ciertos pasajes, que retuvieron las imágenes por varios días. Lo decían con un tono de «guau» y también de reproche.

Cuando te han preguntado cuál ha sido el mejor momento de tu vida como escritora, has contestado: «Cuando puse punto y final a la novela y la mandé al editor». ¿Eres de los que disfruta más de haber escrito que de escribir? 

Me gusta corregir, editar. Esa parte la disfruté mucho cuando escribí La sangre de la aurora. Me gusta escribir, pero en esa novela hubo partes con las que terminé muy mal, ya sabes, con las escenas más duras. Tenía que tomarme días sin escribir después de las escenas más fuertes. Pero, una vez que tenía todo el material, me gustó mucho la parte de armar las piezas, de pulirlas. Literalmente tenía todos los fragmentos ahí, con fichas de colores para cada personaje, y esa vez fue muy interesante porque iba reorganizándola y veía que los personajes tomaban más forma. Con este material sobre un tema tan difícil y tratándose de mi primera novela, sí fue uno de los mejores momentos haberla terminado, que haya logrado ser publicada.

Es curioso, cuando te reseñan parecen muy interesados en remarcar que «tardó seis años en escribir su primera novela».

[Risas] Sí, es cierto. Pero no fue que pasé esos seis años exclusivamente dedicada a la novela, sino que en medio tenía que hacer la tesis doctoral. En realidad, fueron dos años de dedicación exclusiva, después de terminar y defender la tesis. Ambas estaban muy imbricadas. Tuve que parar una para terminar la otra. Pero después ya me ha tomado menos tiempo publicar varios libros: una antología (Escribir en Nueva York), un libro de cuentos (Coordenadas temporales) y, recientemente, una novela juvenil histórica (1814. Año de la independencia). Ahora, con mi segunda novela, a ver qué pasará. 

Quería hablar de Voces para Lilith, que salió en 2011. ¿De verdad fue la primera antología lésbica sudamericana? 

Sí. En España ya había varias sobre ese tema, pero sudamericanas, no. Y no me extraña, ¿eh? 

¿Había ya antologías homosexuales de hombres?

Sí. De hombres me parece que ya había una en Chile, otra en Puerto Rico y en Argentina. De chicos, siempre. [Risas] Heteros, homosexuales, bisexuales… pero las mujeres siempre a lo último. Invisibles. El libro surgió en una visita a Lima conversando con una amiga, y nos preguntamos: «No hay antologías del tema, ¿no?». Y no, claro que no. Nos lanzamos a hacerlo. Ella es la poeta peruana Melissa Ghezzi, la idea inicial fue suya y me invitó a participar, así que acepté porque me pareció que era un libro muy necesario. 

¿Fue sencillo publicarlo?

Pues, honestamente, nos ayudó mucho el Centro Cultural de España en Lima. Fue el que financió la publicación con una editorial independiente. Los independientes aceptan por la financiación, si hubiéramos ido nosotras individualmente quizás no lo habrían publicado, porque además era un libro grande, lo que encarecía sus costos de impresión. Melissa quería hacer una antología de escritoras lesbianas, pero yo le dije que, si aceptaba participar en el proyecto, tenía que ser algo literario. Le dije que no me interesaba hacer un «catálogo de lesbianas», porque ese no era un criterio literario, sino que nos enfocaríamos en que los textos fueran de temática lésbica independientemente de la orientación sexual de quien escribía. Recuerdo que, mientras convocábamos a autoras, algunas se negaban a participar porque decían que ser parte de un libro así les iba a malograr la carrera. Y eso fue en 2011, que es ayer, pero no tanto. 

Es curioso porque, si trasladamos eso a España, no sería descartable que sentase mal que alguien heterosexual participase en un tipo de antología así. Como si estuvieran cogiendo su espacio. 

Cierto. Para mí ese detalle es muy particular. Yo creo que al final es una cuestión de presencia y de representación, de plantear jerárquicamente las relaciones entre experiencia y escritura. Discrepo de que solamente puede escribir de un determinado tema quien se identifica con él. Me parece de lo más reductor que hay, y pienso que la literatura es un espacio de libertad. El problema es que, si tú dices que solo puede escribir de un tema alguien que lo conozca personalmente, ¿dónde queda el espacio de la imaginación, que es el espacio literario? 

Aquí en Estados Unidos es un tema muy boga, todo el asunto de la apropiación cultural. ¿Exactamente qué es apropiación cultural? Y me pienso yo como migrante: si asumo cosas de la cultura en la que estoy viviendo, ¿hasta qué punto me lo estoy apropiando, me estoy acoplando, lo estoy asimilando o viviendo? Me molesta ver la cultura como una serie de cotos cerrados, porque implica la cultura como algo estático, y para mí es algo que está siempre en movimiento, que no puedes acotarlo, ni enjaularlo. Esa mirada me perturba mucho. Y pienso en eso que dices, de lo que ocurriría en España, por ejemplo, y me parece —aunque suene un poco políticamente incorrecto— que defender cotos cerrados en los ámbitos culturales es preocupante. Porque puede excluir y crear fronteras, más muros, de los que ya estamos hartos.

Precisamente aquí en Estados Unidos el tema de la «apropiación cultural» está generando polémicas día sí, día también. 

Así es. Se habla mucho, sobre todo desde las culturas afroamericanas, y hay un componente político muy fuerte, que tiene que ver con toda la violencia que se ejerce contra ese grupo. Es inevitable empatizar con ese reclamo porque viene de comunidades que están siendo discriminadas, violentadas y masacradas. No es un reclamo de lo cultural como accesorio, sino de lo cultural como un espacio de vida. Pero cuando ese reclamo toma tintes de censura hay que discutirlo también. 

Porque, si no se discutiera, ¿no sería condescendiente?  

Exacto. Hace poco ha habido una polémica muy fuerte en la Bienal del Whitney sobre un cuadro que representaba a Emmett Till, el chico afroamericano linchado en los cincuenta en Mississippi. Muchos lo consideraron apropiación cultural porque estaba pintado por una artista blanca, Dana Schutz. Una crítica cuestionó: «¿Por qué esta artista blanca tiene que representar a un chico afroamericano muerto?».  Y yo digo, ¿por qué no? Pero, además, es que el reclamo no era solo crítico, es que además instigaron un boicot para vetarlo y que no estuviera en el museo, incluso pidieron destruirlo. Es importante que existan voces discordantes y cuestionadoras, pero la censura es otra cosa. Cuando un reclamo de apropiación cultural lleva a la censura, tenemos un problema. Está bien reclamar contra la violencia que se está ejerciendo contra un grupo, pero de ahí a querer anular una voz distinta por no compartir tu legado cultural… 

¿Existe el derecho a no ser ofendido?

Es un tema muy delicado y bastante controversial, porque, si terminamos protegiendo a todo el mundo de ser ofendido, ¿dónde quedaría entonces la capacidad disruptiva del arte y la literatura? ¿Pasamos a censurar todo lo que pueda ofender? No, gracias. Pero hay varias aristas de este asunto en las que convendría pensar más. ¿Qué pasó en España con lo del bus de Hazte Oír? Era un caso distinto a lo del Whitney, porque lo que proclamaba ese bus era un mensaje, más que ofensivo, peligroso. Sobre todo, para niños trans. ¿Te imaginas a cuánta gente le puede afectar la vida eso? Y digo afectar, no simplemente ofender. Es muy sencillo ser un hombre, blanco y heterosexual, y reclamar el respeto a la libertad de expresión; pero yo entonces pregunto: ¿es libertad de expresión si involucra la incitación a un crimen de odio?, ¿y si prolonga la discriminación de grupos que son vilipendiados y discriminados? Yo soy muy prolibertad, pero pienso que ese es el límite: el punto de empatía con el otro, de escucharlo y respetar esas vidas que pueden tener una historia muy diferente de la nuestra. 

Una cosa que me ha llamado la atención, respecto a la de aquí y la de allí, es la cantidad de gente muy mayor que ha acudido al desfile del orgullo LGTB. Aquí había muchísima gente de edad avanzada, el ambiente no era tan «joven». 

Sí, es cierto. Es algo que siempre se ve en las marchas neoyorquinas y creo que tiene que ver con que se trata de la generación que lucho por los derechos LGTB desde el inicio. Verlos marchar es como un recordatorio de que esos derechos no fueron un regalo y de que hay toda una historia detrás. En el Times vi que la marcha de ayer fue una de las más multitudinarias, quizás como una reacción a ciertas medidas legislativas que puede tomar el nuevo Gobierno y que pongan en peligro las libertades ya ganadas.

Pero, bueno, para cerrar todo el asunto diré que la antología Voces para Lilith, que era de donde venía todo esto que estamos hablando, sigue siendo algo necesario en el Perú. Porque ahora mismo, en 2017, se está viviendo un coletazo conservador muy fuerte. Hay una campaña que se llama «Con mis hijos no te metas» porque el nuevo Gobierno quiso introducir la perspectiva de género en el currículo educativo nacional. Se trataba de algo muy sencillo y necesario. Pues han salido todas las iglesias a protestar contra esa iniciativa, que ellos han convenido en llamar la «ideología de género», alegando que el Estado no tiene por qué meterse en la educación de sus hijos. Es aberrante. Perú es el país que tiene el segundo lugar en violaciones a nivel mundial, sobre todo a mujeres menores de dieciocho años. Es un superranking, ¿eh? Y ni hablar de la violencia de género. ¿Con qué cara vienes a decir que no se hable de género, cuando tienes niñas abusadas en su propia casa desde los seis años? No tiene sentido. El coletazo es muy fuerte, ya ni siquiera te hablo de lo que ocurre con los crímenes de odio o con el matrimonio igualitario, que no está en un horizonte cercano. Y eso a pesar de que Argentina hace como cinco años que lo aprobó, en Colombia, que está al norte del Perú, hace dos años que lo tiene, en Chile ya tienen la unión civil… ¿Qué diablos pasa con Perú? Yo digo lo de siempre: Perú sigue siendo, como siempre fue, el último bastión de la colonia. Fue el último país de Sudamérica en dejar de ser colonia española y hoy sigue siendo un país de mentalidad muy muy colonial, y va a tomar todavía años. Y cuando hablo de mentalidad colonial, me refiero a esa manera jerarquizada de entender la sociedad, de mantener los privilegios de una élite. A pesar de que hay una línea progresista muy fuerte, la reacción conservadora está siendo muy violenta. 

El problema de fondo es la cuestión educativa, que continúa siendo muy conservadora y muy precaria. También es una cuestión de clases y de pobreza, porque la gente más pobre está menos educada y tiene más influencia de la Iglesia. Y no solo la católica. Veía las entrevistas que le hacían a la gente que encabezaba el movimiento contra la «ideología de género» y, cuando les preguntaban en contra de qué estaban, no sabían explicarlo: «Me lo dijo el pastor, que van a incluirlo en el currículo». Pero reconocían que ni siquiera lo habían leído. «¿Qué es el género?», preguntaban. Y no sabían la respuesta o decían: «Quieren homosexualizar a nuestros hijos». Eso es fuerte, porque, si no hay pensamiento y no hay educación, hay pura reacción de odio. Es grave.