Entrevistas

Juan Madrid: “La literatura está hecha de palabras, pero eso no quiere decir que la palabra sea todo”

Por Miguel Barrero

zendalibros.com

Cuenta la leyenda que Juan Madrid (Málaga, 1947) entregó a la editorial el manuscrito de su última novela pocos días antes de sufrir el ictus que llenó de preocupación a sus lectores. Es un dato relevante porque, a lo largo de su vida, el escritor andaluz se ha hecho con un público fiel que permanece al tanto de sus novedades y no se cansa de proclamar que estamos ante el último gran clásico vivo de la novela negra española. Es una afirmación que se sustenta en toda una trayectoria que ha conocido títulos considerados ya referenciales y que parece haber alcanzado su plenitud en la que hasta la fecha es su última entrega. Son muchos quienes juzgan que Perros que duermen (Alianza) es la novela más redonda de todas las que ha dado a imprenta. La que mejor destila un universo personal que empezó a conformarse en plena Transición, y la que con más ahínco explora esas raíces ocultas de la historia reciente de España, en una indagación que, más que respuestas en firme, termina por dar con nuevos interrogantes.

Nos citamos con él en la terraza del hotel donde se hospeda. Es uno de esos veranos norteños en los que el sol no es ni siquiera una promesa. El cielo amenaza lluvia cuando él, con el equipaje recién deshecho, sale al exterior.

¿Cómo se encuentra?

Bueno, a medias. He recuperado mucha movilidad. A veces dejo el bastón, un poco porque me confío y un poco por presumir, pero empiezo a notar pronto que me cuesta.

Me dice que la enfermedad le dejó una temporada en el dique seco. Que tardó en recuperar sus costumbres, su vida ordinaria, su rutina de escribir. Ahora, poco a poco, vuelve a engrasar las máquinas. Anda a la caza de una depuración estilística que le permita decir las cosas con el menor número de palabras posible, «y en algunos casos ni siquiera contar, sino sugerir». No parece que el ictus haya hecho mucha mella en su organismo. Se expresa con su soltura y su lucidez habituales, y sus movimientos se mantienen firmes.  Ha dejado de fumar y pide una cerveza sin alcohol porque lo de beber también se lo han prohibido. No obstante, confiesa que guarda en su casa, «donde fui haciendo una bodega estupenda», unas siete u ocho botellas que tiene a buen recaudo por si en una de éstas hay que celebrar algo. «No se puede tirar todo, porque igual no hay otra vida», bromea.

Acaba de cumplir setenta años y llega a esa edad convertido en un referente del género negro…

Lo veo con cierto vértigo. Y después, tampoco me lo termino de creer. Escribir me sigue costando el mismo trabajo que cuando tenía veinticinco años.

Su primera novela se publicó en 1980, Un beso de amigo. En aquel momento, escribir novela negra en España casi era situarse en el vacío.

En la primera hornada que salió estábamos Manolo Vázquez Montalbán, Andreu Martin y yo. Hubo más, sobre todo en Cataluña. Escritores como Mario Cruz, que ya habían escrito novelas policiacas, y gente que escribía siguiendo la línea de Simenon. Pero hubo una escuela que inauguramos nosotros y en la que la novela policiaca era, sobre todo, una novela de denuncia. Un tipo de literatura que cuestionaba una sociedad. Eso no quiere decir que sea una literatura política. La literatura política es otra cosa.

¿Pero sí social?

Tenía un gran entronque social. En un momento dado, cuando ya tengo una trayectoria periodística y tengo claro que quiero escribir, me pregunto qué puedo escribir. Entonces me doy cuenta de que el tipo de literatura que se está dando en Europa no me interesa. Era ese nouveau roman objetivista donde los autores escribían sobre una casa y llenaban páginas y páginas contando cómo era la casa. Novelas con un realismo muy discursivo que a mí me aportaba poco. Sin embargo, existía en esa misma época una gran corriente que tenía una vertiente rusa y otra norteamericana, curiosamente, y que me interesaba mucho más por su vocación de explicar lo que ocurría. Eso permanece, ojo. Los norteamericanos siempre han hecho una novela muy pegada a su sociedad. Cuentan su sociedad. Y hay de todo, desde gente muy de izquierdas, como Steinbeck o Dos Passos, hasta personas adscritas al otro espectro. Al leerlos entendí que había una literatura diferente, una literatura que cuestionaba el sistema. Eso era lo que yo quería: cuestionar el sistema. Yo era reportero, llevaba ya cinco años trabajando en Cambio 16, y sabía que había un discurso oficial que era el que se estaba trasladando a toda la sociedad y que se estaba implantando entonces. Era un discurso oficial de régimen. Entonces yo me planteo escribir una novela contraria al régimen. Te hablo del año 1978, que fue cuando empecé a escribir Un beso de amigo. Era una novela que de alguna manera seguía a los norteamericanos y a los rusos. A mí me gustaba mucho Isaak Bábel, a quien yo tenía como mi maestro. La literatura empezó ahí a ser para mí un ajuste de cuentas con el sistema.

Un ajuste de cuentas que llega hasta hoy. Aunque sean novelas muy distintas, es imposible no ver en Perros que duermen las mismas vocaciones que dieron lugar a Un beso de amigo.

Es lo mismo. Hay que enterarse de esto. Para mí la literatura es intervencionista. Yo leo a Dashiel Hammett, a Isaak Bábel, a Anton Chéjov, y me hago una literatura así. Y escribo Un beso de amigo, donde un policía que ya no es policía tiene dos secretos: por qué odia a su padre y por qué lo echaron del cuerpo. Hasta la fecha hay uno resuelto, porque el otro todavía se mantiene. No lo conozco ni yo. Lo conoceré cuando escriba la próxima novela de la saga, si es que la escribo.

Se refiere a Toni Romano, protagonista de esa primera novela y de otras siete que ha venido publicando a lo largo de tres décadas.

Claro. Yo empiezo con ese policía en un momento en el que estamos planteando una nueva literatura. Y fue una novela que tuvo mucho éxito, sobre todo de público, porque la crítica no la miró con muy buenos ojos.

La crítica, al menos al principio, fue muy reacia a entrar por el aro de este tipo de novelas.

Absolutamente reacia. Eran novelas sin críticas. Para ellos la literatura policiaca no era arte. Pero bueno, eso también lo han dicho siempre los profesores de literatura y, en general, todo el sistema. Ahora estoy integrado en un nicho, pero no te creas, siguen sin darme cuartelillo. La novela negra continúa teniendo mala prensa porque cuenta cosas que no interesa que se sepan. La literatura que se promociona es otra, no es la que yo escribo. Ni siquiera lo que se promociona muchas veces como literatura negra lo es realmente. Es una literatura que no pone en cuestión nada, que no profundiza. A mí me gusta contar lo que pasa en este país. Se lleva la literatura que no tenga nada que ver con la vida, una literatura en la que sólo pesa la palabra bien escrita. «La novela está hecha de palabras», dicen. Claro, es una novela. La palabra es un instrumento. Pero eso no quiere decir que la palabra sea todo. Yo escribo diferente, y sé distinguir lo que está bien escrito de lo que está mal escrito. Tardo tres minutos. Los americanos escriben sobre su país. ¿Son capitalistas? Sí, pero tienen la virtud de escribir sobre lo que ven, y te hablan de putas, te hablan de mendigos, te hablan de los bajos fondos, de los altos ejecutivos. Hay novelas de todo tipo y sobre todos los asuntos. Eso aquí no ocurre, y como yo he querido ir por esa senda pues muchas veces he tenido problemas, en el sentido de que han silenciado o puesto cortapisas a las cosas que yo hago. Me ha pasado con las novelas, con la serie de Brigada Central, con la película que dirigí, Tánger… No me prohibieron dirigirla, pero me prohibieron que sacara a la policía. También me tienen vetado en algunos periódicos, y hay editoriales que no quieren saber nada de mí. ¡En el fondo soy un maldito!

Se acaba de referir a la serie Brigada Central, cuyos guiones escribió usted. Pese a lo que dice, esa serie, cuyos protagonistas eran policías, se rodó y se pasó por televisión y tuvo un éxito importante.

¡Joder, pero porque vino un policía a la serie para controlarlo todo!

¿Ah, sí?

Pactaron con el director. Estuvo en el rodaje un policía, transformando los guiones como le salió de los cojones. ¡Es que los jóvenes no sabéis esas cosas! Yo fui un día al rodaje y lo vi allí, al poli, repasando los guiones. Entonces dije: «Yo lo único que tengo es lo que escribo». Y decidí publicar mis guiones originales. No tuvieron tanto éxito como la serie, pero la gente que quiso leerlos, y que había visto los capítulos por televisión, se dio cuenta de la diferencia. Otros, los que no habían visto la serie, se hicieron al leer los libros una idea equivocada porque dieron por hecho que me habían respetado los textos. Paco Ignacio Taibo, tras leer los guiones, me dijo: «Joder, qué serie más de puta madre». Y en los Estados Unidos, cuando se enteraban de que había sido el guionista único de una serie de ese calibre, pensaban que aquí pagaban igual que allí y me preguntaban que dónde me había comprado el rancho.

En su última novela, Perros que duermen, creo que pesa especialmente esa voluntad de desentrañar los lados más oscuros del pasado reciente de España. Quizá influya en esa percepción el hecho de que usted mismo se coloque tras el núcleo argumental.

Está gustando mucho a la gente, pero date cuenta de una cosa: todavía no se ha publicado ninguna crítica sobre ella. Bueno, sí, una en La Razón, y poniéndome a parir. Yo creo, honestamente, que me ha salido una buena novela. La propia editora me lo dijo: «Juan, esto es un novelón».

Es una novela en la que se conjuga la memoria histórica con la memoria familiar, de una forma muy natural y vinculando en todo momento la una a la otra.

Es un homenaje a la II República, que de alguna manera queda personalizada en mis padres. Hay un personaje ficticio que se llama como yo, y mis padres eran republicanos. Yo quería hablar de esa generación y de la propia Guerra Civil. Nadie sabe qué fue la Guerra Civil, ni siquiera se estudia ya en los colegios, y yo quería contarla desde esa óptica de la que nadie habla.

Hay una crónica personal de la guerra, pero también hay una subtrama negra, o negrísima, que se ambienta en Burgos, en los años en los que la ciudad acogía el cuartel general de los mandos franquistas. Hasta sale el propio Generalísimo, retratado con mucha mala leche.

No, ¿mala leche por qué? Hay estudios médicos. Franco era así. Un tío frío, frígido, que no hablaba, que no se movía apenas. De joven se le ve sonriente en alguna foto, pero luego no volvió a reír. Y tuvo que tener una vida sexual. La tendría hecha una pena, pero la tenía.

Ha sugerido antes la posibilidad de una nueva novela protagonizada por Toni Romano. Cuando uno crea un personaje tan potente, tan respaldado por los lectores, ¿hasta qué punto es libre para desentenderse o prescindir de él?

Sí, voy a hacer una novela de Toni Romano. Hay una cosa que me frena un poco, y es que la serie de Toni Romano está escrita en primera persona y a mí me gustan más las novelas en tercera persona. Pero como tengo ahí a Juan Delforo (el personaje que protagoniza Perros que duermen), que ya había salido en las novelas de Romano, puede que lo use para que el texto me permita saltar de una persona a otra. Respecto a lo que dices de los personajes, en realidad uno no es su dueño. Llega un momento en el que el personaje es de los lectores. Ellos son los que me preguntan cuándo vuelve Toni Romano, aunque también hay que decir que eso es algo que se está perdiendo. La lectura ya no tiene importancia ninguna, aunque curiosamente ahora todo el mundo escriba. Todos dentro de lo que les dice el sistema, eso sí.

¿La literatura española está desideologizada?

Sí, efectivamente. Eso, por otra parte, significa que está ideologizada, sólo que en el sentido que le gusta al sistema. Pero bueno, es así. Y es así porque el sistema ha ganado. Hay que asumirlo.