Entrevistas

Ian McEwan: "La literatura debe llegar hasta el último rincón de la vida humana"

2017 fue año de novela de Ian McEwan, como lo fueron 2014, 2012, 2010. El libro se llamó Cáscara de nuez (Anagrama) y fue distinto, en cierto sentido, a sus predecesores. También fue igual, igual de bien recibido. Casi como una muestra de gratitud, la Universidad Carlos III de Madrid invistió ayer doctor Honoris Causaal autor de Expiación

P. Ya que estamos en una universidad: ¿se ve a menudo en una clase, delante de 40 estudiantes? 

R. De vez en cuando. Si puedo elegir, les hablo de mis años de universitario. Fue en Sussex, en la Universidad de East Anglia. También estoy vinculado a la University of London. Y viví en Oxford una época ¡aunque nunca fui profesor!También está bien venir a escuchar. Muchos de mis lectores son estudiantes, está bien ponerles cara. 

P. Recuerdo una entrevista con John Banville en la que decía que los escritores irlandeses nunca se sienten cómodos con el idioma inglés, nunca tan cómodos como Ian McEwan. Y dijo su nombre. Pero que eso los hacía más intuitivos, mejores para los juegos y las sonoridades. 

R. Bueno, pero el inglés es, sobre todo, la lengua de Joyce, de Beckett y de YeatsSon los irlandeses los que dieron forma al inglés en el siglo XX. En cambio, he oído mil veces a amigos irlandeses recordar las clases de gaélico en el colegio como un suplicio. Lo odiaban. No creo que sea muy determinante eso de ser irlandés. Tenemos un idioma común con una tradición literaria enorme y cada uno de nosotros toma de ella lo que más le toca. Creo que Joyce me ha moldeado a mí tanto como si hubiese sido irlandés. 

P. Lo digo porque la voz de Cáscara de nuez está en primera persona y es cantarina y bromista. Eso es un cambio. 

R. Sí, sí lo es. Es un bebé que escribe desde la tripa de su madre y, obviamente, es una fantasía, un jeu d'esprit. Pero su lenguaje sigue siendo el de la clase educada inglesa, tampoco me salgo tanto del registro.

P. ¿Cómo suena su acento en inglés? ¿Clase media-alta? 

R. No sé decirle. Vengo de una familia de clase trabajadora, pero supongo que lo moldeé a la medida de mis profesores. 

P. ¿Le gustaría a veces ser otro escritor, tener talentos que no tiene? 

R. Lo intento en cada novela. 

P. ¿Y cuál es el talento que anhela? 

R.El reto es crear un lenguaje que sea preciso y lírico. Entiendo que el lirismo tiene que ver con hacer que la frase cante. También tiene que ver con la ambigüedad. Algo de ambigüedad está bien, mucha ambigüedad es un problema. Me gusta presentarme con claridad ante los lectores. O sea que el talento que deseo siempre es casar dos deseos parecen incompatibles: un poco de música, un poco de lirismo, un poco de belleza y, a la vez, la claridad

P. La música era importante en la trama de Ámsterdam y en La ley del menor

R. Y en Chesil Beach. La uso para perfilar los personajes. Tengo amigos compositores y les tengo envidia. La música no tiene que significar nada y a mí también me gustaría a veces escaparme del significado. Sé que hace un segundo hablaba de precisión y claridad, pero hay una parte de mí que querría estar flotando entre nubes y melodías. 

P. ¿Lee sus textos en voz alta? ¿Le gusta pensar que hay una melodía? 

R.. Sí, cada párrafo. Pero no busco melodías, busco ritmos. Cuando me invitan a hacer lecturas públicas, me gusta leer el work in progress del texto, no sólo la versión terminada porque así subrayo eso, que el ritmo se trabaja. En la melodía creo menos, quizá en la poesía exista pero incluso eso lo dudo. 

P. Recuerdo otra entrevista con un arquitecto. Decía que, al principio de un proyecto, cada decisión es aleatoria; que el trabajo consiste en hacer esas decisiones necesarias. ¿Le pasa eso? 

R.. Absolutamente. Al principio hay completa libertad para los caprichos. Después, con cada decisión que tomas, tus opciones se van estrechando. En realidad, eso hace que escribir la segunda mitad de las novelas sea más sencillo, es como seguir un manual de instrucciones. No lo digo como una queja. Escribir una novela es aprender a escribir esa novela y es muy grato el momento en el que ya estás en la meseta. 

P. ¿Y no está el riesgo de querer controlarlo todo demasiado? 

R. No, el control está bien. No por controlar la novela dejas de estar abierto a las sorpresas

P. Sus libros de los años 70 eran muy transgresores. Diría que ahora, en cambio, escribe con una gota de escepticismo hacia la idea de transgresión. 

R.No, no siento hostilidad hacia la literatura transgresora; la literatura debe llegar hasta el último rincón de la vida humana y eso incluye nuestra necesidad de transgresión. 

P. Estos días leo Solenoide de Cartarescu

R. No conozco ese libro. 

P. Bueno, es ese tipo de lecturas que ponen un poco a prueba al lector a cambio de la promesa de una epifanía. ¿Cree en las epifanías? 

R. Creo en ellas ¡cuando salen bien! Joyce, claro... Pero requieren mucho trabajo de preparación y tienen un problema: la epifanía la tiene que vivir el lector, no el escritor. Me parece bien lo de que los lectores lloren con una novela; cuando un escritor llora con su obra, eso lo veo más sospechoso. De modo que las epifanías no las controlas. ¿Le ha llegado la epifanía en ese libro? 

P. Aún no. 

R. Hay que tener paciencia. 

P. ¿Le parece relevante la palabra belleza?

R.. Sí. La relaciono con la música. La verdad es que nunca he conectado del todo con la música atonal y supongo que es porque no tiene mucho que ver con la belleza. En cambio, la gente nunca se cansa de escuchar a Schubert, a Bach, a Mozart. Pienso también en la expresión de una cara, o en algún soneto de Shakes-peare, algunas páginas de Joyce... Lo malo de la belleza es que es fácil reconocer-la pero es difícil explicarla. 

P. ¿Qué importa más, la belleza o el conocimiento? 

R. No se pueden separar. 

P. Todo esto de lo que hablamos: literatura, música, belleza... ¿Diría que es menos importante ahora que en la década de los 70? 

R. Cuando empecé en esto, en los 70, cada revista literaria sacó algún número que preguntaba en la portada «¿Está muerta la novela?». Obviamente, la respuesta era que no, de alguna manera ha sobrevivido. Ahora estamos en un momento parecido. Parece que las series de televisión le dan a la gente algo que, hasta ahora, sólo le daban las novelas: The wire, El ala Oeste, El cuento de la criada. Bueno, puede, pero ¿qué hay detrás de El cuento de la criada? Una novela. Magníficas las dos, en cualquier caso. No creo que hayamos encontrado ninguna otra herramienta para explorar el alma humana como la novela. Otra cosa es que ahora vendamos menos; ése es un problema real. 

P. Me he acordado de la biografía de Kim Phillby que salió hace un par de años. 

R. ¿La de Ben McIntyre

P. Ésa. La idea que quedaba es que las clases sociales son el tema central de la vida en Inglaterra. 

R. Es un tema importante, también en mis novelas. Pero bueno, no conozco ningún país en el que las clases sociales no importen. Además, ha cambiado la representación de las clases sociales; ya no importa los modismos de clase sino la confusión que existe. La confusión de la clase trabajadora que votó el Brexit, por poner un ejemplo. 

P. Debo preguntarle por el Brexit

R.Ni idea de qué va a ocurrir. Sólo sé que es una tragedia de la que sólo nos puede salvar un segundo referéndum.

P. ¿Es más optimista que hace un año? 

R.Soy más pesimista. El Partido Conservador se está destruyendo en público por este tema como lo lleva haciendo el Partido Laborista desde hace 15 años.Theresa May, que siempre fue partidaria de la Unión Europea, lidera el partido del Brexit; Jeremy Corbin, que siempre habló del Brexit, lidera el partido del Remain. Parece una comedia pero es un desastre.

(Tomado del diario El Mundo)