Ensayos

Saint-Exupéry

Por Rafael Narbona

El Cultural Blog Entreclásicos (Es)

Pocos son los hombres que experimentan la fortuna de morir como han soñado. Es el caso de Saint-Exupéry, que finalizó sus días como piloto de guerra, luchando por el Hombre y por los sueños de su niñez. Antes del armisticio del 22 de junio de 1940 entre Francia y Alemania, el escritor se había presentado voluntario para surcar los cielos como piloto de combate, pero los médicos consideraron que no era apto para el servicio. Sus treinta y nueve años y las secuelas de sus accidentes de aviación sólo permitían asignarle un puesto de instructor. Saint-Exupéry no se resignó. No quería ser un intelectual que contemplaba la acción desde la retaguardia. Pensaba que el hombre que no se exponía al peligro carecía de autoridad moral para defender sus convicciones. Algunos intentaron disuadirle, argumentando que los científicos y los artistas no debían ser sacrificados en el frente, pues poseían un enorme valor para la sociedad. Saint-Exupéry replicó: “…pues si son la sal de la tierra deben mezclarse con ella”. Por fin, consiguió que lo destinaran a una escuadrilla de reconocimiento. Su misión no sería menos arriesgada que la de un piloto de combate, pues en esas fechas seis de cada siete escuadrillas de reconocimiento resultaban alcanzadas por el fuego enemigo. En las primeras tres semanas de mayo de 1940, diecisiete de las veintitrés tripulaciones de la escuadrilla de Saint-Exupéry fueron abatidas. “Nos fundimos como un cirio”, anotó el escritor. Se intentaba frenar el avance alemán, pero las flotillas francesas producían el mismo efecto que inofensivos vasos de agua sobre unas llamas gigantescas. Sin embargo, no había que lamentarse, pues -como escribiría en Piloto de guerra (1942)-, “hay que ser un incendio”. O dicho de otro modo: hay que aplacar el fuego con fuego.

Después de la vergonzosa firma del armisticio, Saint-Exupéry fue desmovilizado. Se marchó a Portugal y, más tarde, a Estados Unidos, con la intención de aprovechar su fama para persuadir a la sociedad norteamericana de la necesidad de combatir contra el nazismo. Despreciaba al Gobierno de Vichy, pero tampoco simpatizaba con la “Francia Libre” de Charles de Gaulle, al que consideraba un militar autoritario y mesiánico. Durante su estancia en Estados Unidos, escribió Piloto de guerra, Carta a un rehén, El Principito y Ciudadela, que no llegó a concluir. Es un período fructífero en el plano creativo, pero frustrante en lo vital y emocional. Siente que está incumpliendo su deber, observando cómo otros mueren en una lucha desigual contra el totalitarismo. Aunque el general De Gaulle se opone, pues no le perdona que le haya escatimado su apoyo, obtiene permiso para integrase en las Fuerzas Aéreas de la Francia Libre. Antes de partir, escribe a su esposa Consuelo, con la que había mantenido una relación plagada de infidelidades y desencuentros, confesándole su malestar interior: “Creo que serás más feliz sin mí y yo encontraré por fin la paz en la muerte”. Saint-Exupéry regresó a su escuadrilla, el grupo 2/33, con base en Argelia. Con cuarenta y tres años y la salud cada vez más frágil, comenzó a entrenarse con los Lightning P-38, unos aviones más modernos facilitados por los estadounidenses. Su oposición a los gaullistas le costará un amargo aislamiento: “Estoy complemente solo, aparte de los relámpagos”. Ascendido a comandante por su experiencia de vuelo, vuelve al servicio de reconocimiento fotográfico. Un aterrizaje fallido y su edad -el límite para pilotar un P-38 se había fijado en treinta y cinco años- lo envían a la reserva, pero de nuevo recurre a sus contactos para seguir volando. De forma excepcional, le conceden permiso para cinco misiones más. La mañana del 31 de julio de 1944 despega para realizar un reconocimiento geográfico sobre el valle del Ródano. Nunca regresó.

Saint-Exupéry, un hombre alto y corpulento, necesitaba ayuda para acomodarse en la cabina del P-38. La altitud le producía fiebre e intensos dolores articulares. Admite en una carta que ya no le produce alegría volar. Sólo es una forma de participar en la guerra contra la Alemania nazi, una horrible amenaza para la libertad de los pueblos. No esconde que odia su época, donde el hombre se muere de sed espiritual, incapaz de hallar una meta trascendente: “No se puede seguir viviendo sin poesía, sin color, sin amor. Tan sólo escuchando una canción campesina del siglo XV se comprende hasta dónde hemos descendido”. Su intención es mantenerse fiel al Hombre, a sus Derechos. En una era dominada por las máquinas, exaltar el espíritu es un imperativo ineludible, si no se quiere caer en la despersonalización de la masa. Volar es una manera de huir del hormiguero que han levantado las dictaduras, encadenando al individuo a una rutina embrutecedora. “Yo quisiera ser jardinero. Estar muerto”, reconoce en una carta. El 29 de junio de 1944 se desvía de su ruta para sobrevolar el castillo de Saint-Maurice, cerca de Lyon, donde había transcurrido su infancia de hijo de una empobrecida familia aristocrática. Es el día de su cumpleaños y la nostalgia pulveriza las objeciones del sentido común. Sus superiores le amonestan. Además, se ha averiado uno de los motores, obligándole a volar a baja altura, convirtiéndose en un blanco fácil para la artillería alemana, que le ha dejado pasar por razones milagrosas o incomprensibles. En sus notas, apunta: “Si soy derribado no lo lamentaré. La termita futura me espanta y odio su virtud de autómatas”. Y repite: “Yo estaba hecho para ser jardinero”. No fantasea con el suicido, sino con recobrar la patria perdida: la infancia, ese lugar mágico donde todo es posible, hasta domesticar a un zorro, cuidar una rosa o vivir en un asteroide del tamaño de una pequeña casa rural.

Indisciplinado, infantil y obstinado (se negó a aprender una sola palabra de inglés durante su exilio norteamericano), el día de su muerte Saint-Exupéry despegó de la base aérea de Bastia, en Córcega, a primera hora de la mañana. No esperó a la llegada del general Gavoille, como establecía la ordenanza, pues temía que apareciera con su orden de desmovilización. Cuarenta y cinco minutos antes de lo habitual, se puso a los mandos de su P-38 y partió. Los radares lo perdieron al sobrevolar la costa de Francia. Se ha especulado que se desvió de su hoja de ruta y descendió por debajo de los 6.000 metros, la altitud fijada para quedar fuera del alcance de las baterías alemanas. No es imposible que se acercara otra vez a los escenarios de su infancia, ebrio de melancolía. A las 14:30, sus camaradas estimaron que ya no volvería a la base, pues se le había acabado el combustible. Se han esbozado distintas hipótesis sobre su final. Varios aviadores alemanes se atribuyeron la baja. En 2008, Horst Ripper se identificó como el piloto que abatió el P-38 de Saint-Exupéry. Su testimonio no está avalado por pruebas concluyentes. Otros, consideran más creíble la posibilidad de una avería. Algunos han hablado de suicidio, pero no parece probable. Cuando una periodista norteamericana le recriminó que se expusiera a ser derribado en sus misiones, privando al mundo de su talento literario, Saint-Exupéry respondió que también se puede “escribir con el cuerpo”. Aunque comentó que la perspectiva de la muerte le resultaba “vertiginosamente indiferente”, Saint-Exupéry no era un simple aventurero que disfrutaba explorando sus límites. Nunca concedió mucha importancia al valor físico, donde advertía grandes dosis de narcisismo. Tampoco anheló la fama, triste simulacro de la eternidad, cuya duración está sujeta al capricho de los hombres, por lo general volubles e inconstantes. Su ambición más profunda era prestar un servicio a la humanidad, cumplir con su deber, actuar de una forma ejemplar, ser humilde y sencillo.

Saint-Exupéry siempre pensó en el género humano en términos de comunidad. No se puede ser un simple individuo, sin traicionar a la civilización. Educado en el catolicismo, siempre desconfió de las convicciones que no exigen un compromiso y cierto sacrificio: “Cada uno carga con los pecados de todos los hombres. […] La Caridad funda al ser humano”. Ser pesimista no es una opción razonable, pues inhibe la acción, el trabajo, la solidaridad. A pesar de sus tendencias depresivas y sus explosiones de euforia, Saint-Exupéry se mantuvo fiel a sus responsabilidades como aviador, escritor, humanista y patriota. Siempre se declaró incapaz de odiar, pero no se cansó de exaltar la disciplina y la autoridad. Algunos le han reprochado un talante militarista, casi fascista, pero no es posible sostener esa acusación cuando se contrasta con sus libros. En Piloto de guerra, escribe: “Combatiré a todo el que pretenda imponer una costumbre particular a otras costumbres, un pueblo particular a otros pueblos, una raza particular a otras razas, un pensamiento particular a otros pensamientos”. Casi nadie ignora que Saint-Exupéry dedicó Carta a un rehén y El Principito a su amigo León Werth, judío, pacifista, anarquista y poeta, que sufrió la barbarie del antisemitismo nazi. Eso sí, el humanismo de Saint-Exupéry no puede estar más lejos del culto al individuo. “Combatiré por la primacía del Hombre sobre el individuo, lo mismo que de lo Universal sobre lo particular”, escribe en las páginas finales de Piloto de guerra, pero aclara: “Creo en que la primacía del Hombre funda la única Igualdad y la única Libertad que tiene significación. Creo en la Igualdad de los derechos del Hombre a través de cada individuo. Y creo que la Libertad es la ascensión del hombre”. Saint-Exupéry acaba su alegato con firmeza: “Combatiré por el Hombre. Contra sus enemigos. Pero también contra mí mismo”. La última frase es sumamente esclarecedora, pues revela que concebía la posibilidad de su propia muerte como un acto de servicio. Quizás suena un poco castrense, pero conviene recordar que Saint-Exupéry combatió a los nazis como oficial de aviación, no como civil. No le habría molestado escuchar que murió con honor, fiel a la bandera tricolor que encarna los valores de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

Personalmente, siempre asociaré su muerte a la última viñeta de Saint-Exupéry. El último vuelo (1995), el hermoso cómic de Hugo Pratt, donde el avión del escritor desaparece en un mar que se transforma en desierto, con una simple ondulación de la línea del horizonte. Creo que si alguien le hubiera preguntado a Saint-Exupéry cuál era su mayor anhelo, habría contestado con una expresión de Vuelo nocturno (1931): “Tengo hambre de luz”.