Ensayos

Dominica desde Jean Rhys y su recuerdo

Por Teresa Galarza   Foto DP

Jotdown (Es)

En algunas de estas mañanas, Jean Rhys se despertaba y en su cara se dibujaba una sonrisa dulce y plácida; se había acostado siendo una mujer de raza blanca, pero, al despertar, por unos instantes había pensado que se había vuelto negra. La noche anterior, justo antes de dormirse, había suplicado a Dios que la dejara ser negra.

Era muy joven durante los pocos años que pasó en el Caribe, pero ese sueño, ese deseo recurrente de ser una negra más, la persiguió, con mayor o menor fuerza, a lo largo de su vida. Hija de padre galés y madre caribeña de ascendencia escocesa, nació blanca en 1890. En aquellos días, a finales del siglo XIX, la isla apenas tenía carreteras y la gente se desplazaba en barca para ir de un pueblo a otro y evitar el caos de la selva. Había poblados tan alejados de la ciudad que se rumoreaba que estaban custodiados por hombres lobo y anacondas, y pocos eran los que realmente habían llegado a adentrarse en ellos, a zambullirse en el lago Esmeralda y atravesar el largo y escarpado valle de la Desolación para llegar al lago Hirviente. Rhys, a pesar de vivir en una ciudad con mucha gente, se sentía sola.

El racismo y las jerarquías basadas en el color de la piel tienen una larga historia en Dominica y en el resto del Caribe, por lo que tener la piel más clara a menudo sugiere riqueza y poder. Tener «el pelo bueno», desafortunadamente, significa tener el cabello lacio, no rizado, y las mujeres «demasiado negras» suelen resultar menos atractivas que las de piel clara o de «color mango». Fue Moreau de Saint-Méry quien afirmó, lleno de confianza, que en la isla La Española existían unas ciento veintiocho combinaciones raciales antes de la revolución haitiana.

Durante los años que vivió Rhys en Dominica, la segregación era una práctica común. En las iglesias, los blancos y negros entraban y salían por pasillos diferentes. Durante el Carnaval, la joven Rhys observaba desde la distancia cómo se divertían los negros y anhelaba ser una más, bailar bajo el sol al ritmo de la música, como escribió en su autobiografía: Sonríe, por favor. También recuerda cómo un día, en la escuela, sonrió a una estudiante no blanca, quien le devolvió una mirada llena de odio profundo. Recuerda también tener dos muñecas, una blanca y otra oscura, y querer mucho más a la negra; cuando le pidieron que le diera a su hermana la muñeca negra, Rhys cogió la blanca, la sacó afuera y con una piedra grande le destrozó la cabeza. Y recuerda también el ruido abominable de los disturbios lejanos una noche, el jaleo causado por hombres negros protestando contra un artículo escrito por su padre. Ante aquello, el padre de Rhys reaccionó como el señor Mason de Ancho mar de los Sargazos, es decir, dejando que los acontecimientos lo superaran. Pero, a diferencia de lo que sucede en la novela —los negros queman la casa de los señores—, la violencia no toca a la familia de Rhys, aunque el ambiente en su casa es tenso. La enviaron a vivir a Inglaterra con una tía.

A pesar de ser blanca, Rhys se sentía fuera de lugar en Gran Bretaña. Esta vez era su acento antillano lo que llamaba la atención y delataba su origen colonial. La expulsaron de la Real Academia de Arte porque sonaba demasiado caribeña, algo completamente inaceptable para el público inglés, y la humillada Rhys, después de que sus compañeros se burlaran de ella cruelmente, comenzó una práctica que continuó hasta el final de su vida: hablar en voz baja. Después conoció a Ford Madox Ford, quien le propuso que utilizase el nombre de «Jean Rhys» y la animó a publicar. Volvió a visitar Dominica solo una vez, en 1936. Recuerda Rhys observar con asombro la belleza del paisaje y compartir sus sentimientos con un hombre que había junto a ella en la cubierta del barco. El hombre, cortésmente, le preguntó si no había visitado Dominica antes. Cuando Rhys le contestó que había nacido en Roseau, el hombre la miró con extrañeza, desdén, hostilidad. A los dos meses, Rhys volvió a Inglaterra.

Dominica tenía el aspecto de un jardín del Edén tropical. De hecho, es posible que Dominica influyera en una traducción del libro del Génesis, pues John Layfield —uno de los cincuenta y cuatro traductores de la versión de la Biblia conocida como King James, encargado de traducir los primeros capítulos del Génesis— viajó a Dominica en 1593. Layfield describió un Edén primitivo de una abundancia sobredimensionada, que Henri Rousseau pintó con acierto siglos después.

Del mismo modo en que las pinturas de Rousseau transmiten grandiosidad, Rhys comprendía bien lo abrumadora que podía resultar la naturaleza: las hormigas invadiendo suelos, aparadores y encimeras, los techos devorados por el óxido, el calor asfixiante, la lluvia inundando los frágiles caminos y convirtiéndolos en barro, los ríos transformados en una furia espumeante azotando puentes.

Entre el lanzamiento de Buenos días, medianoche en 1939, que vendió poco y no tuvo buenas críticas, y la publicación de Ancho mar de los Sargazos en 1966, tanto Rhys como su carrera parecían haberse desvanecido. Los medios llegaron a afirmar que había muerto. Rhys comenzó a escribir Ancho mar de los Sargazos en 1945, pero la novela no vio la luz hasta los años sesenta, cuando las colonias empezaron a conseguir el estatus de Estados asociados del Imperio británico o se independizaban. Esto se puede interpretar como la respuesta de Rhys a un sentimiento y un resurgir nacionalista del que quiere formar parte y en el que quiere ocupar el lugar que le pertenece como autora antillana, con la intención añadida de dejar constancia de lo perdido, lo que al mismo tiempo le sirve para ilustrar su lucha interna con respecto a las contradicciones de su propia identidad.

En Ancho mar de los Sargazos Antoinette describe la hacienda Coulibri —el nombre de una parte real de Dominica— en términos tanto idílicos como abrumadores: «Nuestro jardín era grande y hermoso como el jardín de la Biblia: el árbol de la vida crecía allí. Pero se había vuelto loco. Los senderos estaban cubiertos de maleza y el olor a flores muertas se mezclaba con el fresco olor a vida. Toda la hacienda Coulibri se había vuelto salvaje, se había entremezclado con la maleza». De este modo describía las consecuencias de la Proclamación de Emancipación sirviéndose como ejemplo de la propiedad, ahora abandonada, salvaje y primigenia, y el fin de una era. Como en Aire, el poema de Walcott: «lo inaudito, omnívoro / mandíbulas de este bosque lluvioso / no solo lo devoran todo / sino que no permiten nada en vano».